Cuando un músico genera más noticias por su vida privada (habitualmente, sus excesos con las drogas y otras relaciones tumultuosas) que por su actividad discográfica, se corre el riesgo de que la gente, haciéndose eco del sensacionalismo de algunos sectores de la prensa musical, busque en un concierto entretenerse más a costa de ese ‘way of life’ que de su interpretación exclusivamente musical. Si, además, una mayoría significativa de la audiencia es adolescente, y mayoritariamente menores de 18 años, la manera en la que se desarrolló el concierto no por previsible resulta menos decepcionante, al menos en el enfoque.

Con una hora inusual (20.00h) para estos lares (condicionada, imagino, por cierto partido de fútbol que se disputaba ayer), se subió al escenario en primer lugar el grupo capitaneado por Amy Jo, la hermana de Pete, The Ezra Beats. Siendo plenamente conscientes de la situación en la que se encontraban, pusieron toda su voluntad en entretener, a pesar de que eso les condenaba a ser un mero prólogo, ameno pero intrascendente. Ya sea por la dicharachería mostrada por el grupo, hablando castellano con dignidad, y defendiendo su cancionero con solvencia, a lo largo de 45 minutos conseguían fugaz pero repetidamente arrancar palmas del público, o colaboración para sus coros, aunque sin poder evitar el insoportable (por irrespetuoso) murmullo continuo de fondo.

Me resulta indiferente si se trataba de demostrar el alborozo por el inicio vacacional, la duda de si podríamos ver entero el partido, la incógnita de su resultado o, lo que sería más lógico, la impaciencia por comprobar el estado de forma del último mito surgido del rock alternativo, elevado a los altares más por sus múltiples drogadicciones, juicios, relaciones y excentricidades que por su innegable pero irregular talento, pero es de las veces en el que la falta de civismo y educación por parte del público más me ha amargado un concierto (si bien más marcado con los teloneros, se mantenían muchas conversaciones paralelas cuando actuaba Pete Doherty). Los teloneros sabían dónde estaban y cumplieron su función, aprovechando la oportunidad que se les presenta de alcanzar un público mayor del que conseguirían por su música y más receptivo del que cabría esperar, y presentaron temas de su próximo lanzamiento Tonic & Gin.

Dieron lo que se puede esperar de dos acústicas y un austero set de batería interpretadas con jovialidad en las canciones más dinámicas y euforizantes, y demasiado livianos en las canciones más tiernas, con una frontwoman espontánea y divertida, con una estética llamativa y los suficientes guiños al lugar para agradar (Pulpo escrito en un brazo, bonitas palabras para la ciudad, muestras sinceras de agradecimiento…). Lo mejor: una frescura amateur agradable, cierto componente bohemio de barrio cosmopolita, y el encanto de esa gente que prolonga lo máximo posible su intercambio Erasmus. Posiblemente les faltan bagaje y temas para que nos los tomemos en serio, pero aunque tan sólo sea por los lejanos posos que recuerdan a Lidia Damunt en una versión “jipiosa/perrofláutica” y por su entusiasmo, merecen el aprobado.

Tras un retraso de 50 minutos (para únicamente quitar la batería del combo anterior, y afinar sus guitarras; inaceptable) salió a escena Pete Doherty, el único músico que puede competir en ojeras, tambaleos y peinado con Julián Casablancas y, al igual que él, un talento cada vez más irregular pero que no se ha estancado y al que merece la pena por si cae alguna nueva joya que, aunque palidezca respecto a sus obras cumbre, todavía nos hace guardar la esperanza.

Reconozco que iba con la mosca detrás de la oreja. La actuación con Babyshambles en la última (y única) edición del Saturday Night Fiber había sido decepcionante (por la falta de profesionalidad del grupo, en unas condiciones inadecuadas tras haber actuado el día anterior en el FIB), por lo que, sobre todo teniendo en cuenta que en esta ocasión Pete se presentaba sólo con su guitarra, era más que evidente que lo necesitábamos sereno y mínimamente centrado. Si bien se mostraba torpe en sus movimientos, le molestaban los focos con los que le enfocaban y le habían preparado una suculenta mesa (dos cubatas, 3 cervezas — que luego tiró a la audiencia -, y tabaco que le iban cediendo cada pocos temas… y el que le tiraban desde el público), como músico se mostró generoso (casi 2 horas) y ensimismado con la acústica, con multitud de interludios y ágiles fraseos entre las canciones que, a medio camino entre la improvisación y la prolongación o introducción de los temas, estructuraba el show y demostraba que como intérprete sus desnudas versiones de incluso los temas eléctricos no perdían ni su esencia ni su nervio.

El inicio con ‘Delivery’ marcó la tendencia del concerto, en el que la mayor de adolescents conocían, básicamente, su etapa en Babyshambles (de la que también caerían ‘Carry on up the morning’, ‘Back from the dead’, una sentida ‘Albion’, ‘There she goes’ o la emblemática ‘Fuck forever’), y en el que se celebraban más los tragos, guiños, y torpezas del cantante que su música. Si bien el músico no elige a su público, la verdad es que Pete no evitaba la complicidad con ellos, bebiendo a su salud, regalando todas las púas que podía, recogiendo los insistentes mensajes del público (y sujetadores, y tabaco, y tampones…). No tengo nada en contra de la espontaneidad de los frontman (como hace no tanto con Neil Hannon), pero creo que no era necesario este exceso de interrupciones (sólo destacaría el cumpleaños feliz que le cantó a Macarena, una chica del público), y no le hacen ningún favor en sus shows.

Dado lo variado de su repertorio, colándose canciones de toads sus etapas, tanto singles (acertadísimas ‘The Delaney’, ‘Music when the lights go out’, o los bloques centrales compuestos, fundamentalmente, por canciones de los Libertines: ‘Don’t look back into the Sun’ — ‘What a waster’ — ‘What Katie did’, y ‘Can’t stand me now’ — ‘Albion’ — ‘Fuck forever’ — ‘Last of English roses’) como rarezas y otras caras B (‘Their way’, ‘Sheepskin tearaway’, ‘For lovers’) y otros temas que no habían recibido protagonismo en sus discos y que repescó con acierto (como ‘Tell the king’ o ‘The good old days’ del Up the bracket), dejándonos un repertorio heterogéneo, relativamente equilibrado entre sus tres etapas distintas (The Libertines, Babyshambles y en solitario), no podemos quejarnos del repertorio (sea version hacia el final de ‘Time for heroes’ llevo esperando años para escucharla en directo), y tampoco de un Pete que aunque no estuviese acertado de cara a la galería, se mostró hábil con su guitarra (y la acústica para ‘Albion’) y bastante aseado en la voz.

¿Es eso suficiente? En mi caso, una vez que me conseguí abstraer de los chavales que acudían en masa para ver a un ídolo de tabloide más que a un músico, disfruté de un concierto más digno de lo que esperaba, aunque no memorable. Más allá de lo entrañable que pueden resultar los genios irregulares (en cualquier disciplina artística o deportiva), y de la incertidumbre que rodea de cara a su siguiente lanzamiento discográfico (¿seguirá en solitario? ¿Recuperará alguna antigua formación o se unirá a nuevos músicos?), puede ser un buen momento para reconciliarse con sus directos, en los que, por ejemplo, sorprendió al incorporar esporádicamente a dos bailarinas. Seguirá siendo una lástima que esté desaprovechando sus (supongo) mejores años entre escándalos y cierto erratismo en sus propuestas musicales desde que abandonó una de las sociedades compositivas más talentosas y exitosas de los últimos años (con Carl Bârat, también de capa caída), pero si progresivamente ofrece conciertos más consistentes y profesionales, bienvenidos sean.

Imágenes | Pista Oculta
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