Pink Floyd — A Saucerful of Secrets (1968): el precio de la genialidad

Nadie duda de que con The Piper at the Gates of Dawn, el cuarteto de estudiantes que se hacían llamar Pink Floyd consiguieron cuajar uno de los mejores álbumes debut de la historia, y aunque su despertar mediático ya había comenzado con la publicación de singles como ‘Arnold Layne’ o ‘See Emily Play’, la verdadera explosión se produjo con su primer larga duración. A pesar de ello, no todo eran alegrías en el seno de una banda que era adorada e incomprendida a partes iguales.

El abuso de las drogas por parte de Syd Barrett provocaba que el líder de la banda estuviera cada vez más alejado de la realidad, algo que no sólo tenían que sufrir sus compañeros de puertas adentro, sino que también se hacía patente en las presentaciones en directo, cuando el cantante llegaba a desconectar por completo de la actuación. De este modo, la misma causa de su genialidad se estaba convirtiendo en el principal peligro para la estabilidad del conjunto, haciendo de él un arma de doble filo cada vez más insostenible.

Valga como ejemplo la ocasión en que la banda fue elegida para telonear a Jimi Hendrix en su gira británica, a mitad de la cual Barrett tuvo que ser sustituido de forma temportal por David O’List, por aquel entonces guitarrista de The Nice, para poder completar las fechas. A pesar de todo, él se esforzaba por intentar demostrar a sus compañeros que podía seguir siendo estable, aunque de forma infructuosa como demuestra la triste anécdota de la canción llamada ‘Have You Got It Yet?’, que Barrett no conseguía enseñar a sus compañeros a pesar de sus reiterados esfuerzos dado que cada vez que se ponía a tocarla, lo hacía de una manera distinta.

La verdad es que siempre que leo sobre esta etapa de la banda me emociono bastante, pues puedo imaginar lo difícil que tuvo que ser para todos ver cómo Barrett se deshacía ante sus ojos sin que pudieran hacer nada para evitarlo. Naturalmente, sólo había una salida posible para el bien de todos, pero eso no hizo que tomar la decisión de apartarle del grupo fuera más fácil, como prueban estas palabras de Roger Waters:

“Él era nuestro amigo, pero la mayor parte del tiempo queríamos estrangularlo”.

La entrada de David Gilmour

Ya en 1968 la banda decidió pedir a David Gilmour, amigo del propio Barrett, que se incorporara al grupo para poder sustituirle allá donde ya no conseguía llegar. De puertas para fuera fue presentado como un quinto miembro que actuaría de segundo guitarrista, pero internamente todos eran conscientes de que estaban ante un reemplazo en toda regla. En realidad, la formación original ya había comenzado la grabación de su segundo disco meses antes, pero no se le empezó a dar verdadera forma hasta que Gilmour estuvo en el equipo.

De hecho, el ya decadente líder no pudo seguir con la banda hasta la finalización de las sesiones de grabación, dejando la banda en marzo del 68, y como consecuencia de ello encontramos tres canciones en las que participa él, y cuatro en las que se acredita a su sustituto. Esta heterogeneidad también se hace patente en las líneas vocales de las distintas canciones, pues éste es el único trabajo de su discografía donde los cinco miembros de la banda figuran como cantante principal en al menos un tema, hasta Nick Mason.

En el terreno compositivo, el peso principal recayó en Roger Waters, dándose así el pistoletazo de salida a la etapa creativa liderada por el bajista; en contraposición sólo se incluyó un corte escrito por Barrett, la juglaresca ‘Jugband Blues’, que además actúa como cierre del disco. Otros temas también salidos de su desquiciada mente como ‘Vegetable Man’ o ‘Scream Thy Last Scream’ quedaron fuera del corte, y fueron lanzados más tarde en otros formatos.

En contraposición, encontramos temas que empiezan a mostrar la nueva senda que seguirán Pink Floyd ahora que Waters había tomado los mandos, como una de mis favoritas personales de todos los tiempos, ‘Set the Controls for the Heart of the Sun’ (YouTube). Los senderos del space rock no eran nuevos para el grupo, como bien demuestran ‘Interstellar Overdrive’ o ‘Astronomy Domine’, pero lo que en dichos temas era libertad y descontrol, ahora se convierte en introspección y onirismo.

Podríamos decir que la banda empieza a hacerse mayor con este álbum, pero sin olvidar del todo las locuras y la inocencia de la adolescencia que dominaban el debut y la mente de Barrett. El tema de apertura ‘Let There Be More Light’ ejemplifica perfectamente a qué me refiero, incluyendo al mismo tiempo coros y teclados puramente psicodélicos con elementos mucho más distintivos de la futura etapa progresiva, como el primer solo de guitarra firmado por Gilmour. Por cierto, podría oír esa intro de bajo un millón de veces seguidas, y no me cansaría.

El tema que da nombre al álbum bien podría ser considerado como el sucesor espiritual de ‘Interstellar Overdrive’, tanto por su naturaleza instrumental como por su duración cercana a los 10 minutos, marca que en este caso superaron por primera vez. No obstante, una vez más nos encontramos con que sus pretensiones van más allá, entrando en terrenos más ambiciosos al dividir la composición en cuatro movimientos que represetan las distintas fases de una batalla, desde sus comienzos hasta la muerte de los contendientes.

Una amarga despedida y nuevos horizontes

Seguimos estando ante un disco plagado de imperfecciones, donde la complicada situación en la banda impregnó al conjunto de un tono más oscuro, casi deprimente en algunos puntos y más difícil de entender si cabe. Syd Barrett fue uno de los genios más grandes que ha conocido la música moderna, pero el precio que había que pagar por ello era demasiado alto como para que el grupo pudiera seguir sosteniéndose.

Una vez más, muchos no supieron entender este disco cuando se publicó en junio de 1968, y hasta su productor Norman Smith les decía durante las sesiones de grabación que no podían pasarse tantos minutos “haciendo ridículos ruidos”. Como ocurre en todas las cosas, el tiempo ha terminado poniendo cada cosa en su sitio, y hoy en día este disco es considerado con toda justicia como la obra maestra que es, quizás no tan deslumbrante como su predecesor o varios de sus sucesores, pero no por ello menos imprescindible.

Pink Floyd: Discografía

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