Pink Floyd — Meddle (1971): ecos de grandeza

Pink Floyd - Meddle (1971)

Además de ser la pieza central de la trilogía de discos que metió de lleno a Pink Floyd en el terreno progresivo, iniciada un año antes por Atom Heart Mother y completada en el 72 con la banda sonora de Obscured By Clouds, Meddle es también el mejor de estos trabajos que sirvieron de preludio para la era dorada de la formación británica.

Estructuralmente existen algunos innegables paralelismos entre este disco y su antecesor, pues una vez más encontramos un tema central que monopoliza la mayor parte de la atención, acompañado de canciones más cortas y de calidad dispar. De nuevo, sólo un año distanció a ambos lanzamientos, buena prueba del tormentoso ritmo creativo que gastaban los músicos en aquellos años, pero no creáis por ello que el proceso fue precisamente rápido.

De hecho, para la composición de este álbum la banda se vio sumida en un pequeño estancamiento creativo, una falta de ideas producto de no tener clara qué dirección querían tomar con su música. A día de hoy resulta extraño leer esto, pues escuchando Meddle se hace obvio hacía donde se dirigían, pero obviamente eso no eran capaces de verlo en su momento, y producto de ello se enfrascaron en interminables sesiones de experimentación en el estudio que muchas veces no servían de nada. John Leckie, el técnico que trabajó con ellos, lo explicaba así:

“Las sesiones empezaban por la tarde y terminaban a la mañana siguiente, y durante ese tiempo no se llegaba a hacer nada. No había contacto con la compañía discográfica, excepto cuando su manager aparecía de vez en cuando con un par de botellas de vino y unos porros”

Si no se te ajustan las reglas, reescríbelas

Si un músico sufre algún bloqueo creativo, lo lógico es pensar que debería esperar a que la inspiración le llegase para ponerse a trabajar en un nuevo álbum. Pink Floyd no eran capaces de quedarse quietos, y se lanzaban a por cualquier cosa que les viniese a la mente aunque después quedaran decepcionados con su propio trabajo, como es el caso de Atom Heart Mother; lo que no sabían es que con ello estaban ampliando los horizontes del rock como nadie más lo había hecho antes.

El caso era probar, arriesgar, inventar como hace muchos años que ya nadie inventa en esto de la música… Y si las grabadoras de ocho pistas de Abbey Road se les quedaban cortas para todo lo que ellos querían meter en sus canciones, se iban en busca de otros estudios donde pudieran disponer de equipos más modernos con dieciséis pistas. Hasta por tres estudios londinenses se pasaron, con sus cintas debajo del brazo, buscando plasmar de la forma más fiel posible las ideas que rugían en sus cabezas.

Tanto movimiento y la falta de un norte claro a la hora de componer hace mella en canciones cuya calidad viene y va, pero que a pesar de ello se mantiene bastante alta por regla general. En esta ocasión el tema más grande lo dejaron para la segunda cara, empezando la primera con la agresividad instrumental de ‘One of These Days’, voluptuosa gracias a sus dos líneas de bajo y creciendo mucho gracias a la mejor progresión que habían hecho hasta esa fecha.

En contraposición a la garra del arranque, ‘A Pillow of Winds’ nos devuelve a los Pink Floyd más oníricos en una canción acústica que, cosa rara en el grupo, habla del amor. Es junto a la absurda ‘Seamus’ y sus ladridos la canción que menos me gusta de este disco, pero entre ambas encontramos dos cortes que sí dan la talla: ‘Fearless’ imprescindible para los seguidores del Liverpool con el mítico himno futbolero ‘You’ll Never Walk Alone’ de fondo, y ‘San Tropez’ donde Waters se pone el disfraz de Barrett por última vez.

Probablemente quien más crece de los cuatro en este disco es David Gilmour, más protagonista que nunca con la guitarra y mucho más maduro en las voces, siendo por tanto uno de los pasos más importantes que se dan hacia la nueva era de la banda. A pesar de que, como ya he comentado, en su momento no supieran muy bien hacia dónde se dirigian con este trabajo, a posteriori las piezas encajan mucho mejor, como demuestran estas palabras del propio Gilmour:

“Meddle es realmente el álbum donde los cuatro encontramos nuestro camino, aquello que queríamos que Pink Floyd fuera. Aunque nuestros dos álbumes previos, Ummagumma y Atom Heart Mother, ya tenían algunos puntos que indicaban a dónde llegaríamos, éstos no son tan significativos”.

El tamaño sí importa

Pero una vez más, es inevitable percibir la primera parte del disco en su conjunto como una mera comparsa puesta para acompañar al verdadero corazón, al centro y razón de ser de todo esto: ‘Echoes’ (YouTube, parte 1). A pesar de sus colosales dimensiones (recordemos que es la segunda composición más larga que lanzaron en una pieza, tras ‘Atom Heart Mother’), no está estructurada como una suite con diferentes etapas, sino como una única canción que crece y decrece, con mundos propios dentro de esta galaxia sonora de 23 minutos.

Gran parte de los experimentos que la banda realizó en las fases previas de este álbum sirvieron de semilla para este tema, y las versiones previas compuestas principalmente de retazos creados por cada uno de los miembros de forma separada recibieron el título de ‘The Son of Nothing’ primero, y ‘The Return of the Son of Nothing’ después. La temática también cambió bastante con el tiempo, pues su letra en un primer momento giraba en torno al espacio, pero Waters decidió cambiarla para hablar del mundo subactuático y dejar así de lado los estereotipos space rock que les rodeaban.

Esa idea se refleja también en la extraña portada, que es literalmente la foto de una oreja debajo del agua. A pesar de su sencillez, siempre ha tenido algo de perturbador para mí, haciendo que me sienta extraño y confundido al observarla con detenimiento. Es una sensación similar a la que me produce la carátula de In the Court of the Crimson King, pero aún más acentuada e inquietante.

Volviendo a la música, los pasajes instrumentales dominan buena parte de la pieza, siendo imposible encontrar ya ni un solo atisbo de psicodelia a estas alturas. Efectos imposibles, algunos intencionados y otros fruto de errores que dieron sorprendentes resultados, en una construcción que nada tiene que envidiar a las que desplegarían en sus obras cumbres de mediados y finales de los 70.

Seis meses se pasaron para crear esta maravilla que dejaba en mantillas cualquier otra propuesta de rock mínimamente ambiciosa que se hubiera grabado hasta esa fecha, y donde cada uno de los cuatro miembros se convierten ya en verdaderos referentes de su instrumento. Por cierto, si hay alguien en la sala que no conozca la versión en directo de este tema grabada para el Live at Pompeii, ya tiene trabajo para la próxima media hora (YouTube, parte 3).

Meddle se convierte por tanto en un nuevo paso hacia los Pink Floyd más celebrados, con una primera mitad algo irregular que le impide estar entre los discos más grandes de la banda, algo que sin duda sí merece el tema que ocupa su segunda mitad. Los 70 ya habían empezado, y los británicos aún matenían su brutal ritmo de un disco como mínimo al año, algo que cambiaría poco después con el arranque de sus grandes obras maestras. Una banda sonora más, y empezamos con ellas.

9/10

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