Pink Floyd — The Division Bell (1994): el canto de cisne merecido

Pink Floyd - The Division Bell (1994) Pink Floyd - The Division Bell (1994)

Después de muchos meses, hoy ponemos fin a nuestro especial sobre Pink Floyd con el artículo dedicado a su álbum de despedida, The Division Bell. A lo largo de este tiempo hemos ido viendo cómo los discos de la formación británica se podían conectar en grupos de tres o cuatro, y también ocurre eso con este trabajo que pone cierre no solo a la discografía de la banda, sino a una terna final de lanzamientos muy inferior al talento demostrado por estos músicos.

De dicha trilogía, The Division Bell es sin duda lo mejor que podemos encontrar, justificando en cierta medida esta tormentosa etapa final de la banda que vio reflejada sus conflictos internos en la bajada del listón de sus obras. El decimocuarto disco de estudio de la banda salió a la venta en marzo de 1994, seguido de una gira de conciertos registrada en el directo Pulse que sería su definitivo final.

Como buena muestra de que las cosas ya no funcionaban como es debido, vemos que el periodo que separó este trabajo de su antecesor, A Momentary Lapse of Reason, fue el más largo que sufrieron. Por el camino cayeron numerosas demandas entre Roger Waters y el resto de miembros, así como incontables acusaciones cruzadas. Por cierto, el ex bajista no fue muy complaciente al escuchar la obra de sus antiguos compañeros:

“Simple basura… Un sinsentido desde el principio hasta el final.”

Pink Floyd caminando hacia su propia catarsis

Pero a pesar de las críticas de Waters, evidentemente condicionadas por las rencillas personales, estamos ante un disco muy meritorio y un digno final para toda una era. Por aquel entonces, la banda estaba formada oficialmente por David Gilmour y Nick Mason, quienes muy acertadamente devolvieron a Richard Wright un rol importante en la concepción de este álbum.

No es de extrañar que tardaran tanto en volver al estudio, pues a los problemas propios de la banda se sumaban conflictos externos, como el divorcio de Gilmour y su posterior adicción a la cocaína. Esta ruptura sentimental tendría un peso importante en el nuevo disco pues su nueva pareja, Polly Samson, aportaría su pluma a las letras de casi todas las canciones que lo forman.

Fue en enero del 93, con las cosas más calmadas, cuando se pusieron manos a la obra, una vez más con la inestimable ayuda del productor Bob Ezrin. El trabajo se prolongó durante meses en localizaciones como los Britannia Row Studios, el Olympia Studio y el barco Astoria de Gilmour. Después de los tormentosos procesos creativos de sus últimos discos, Pink Floyd por fin pudieron concebir un álbum con relativa tranquilidad, como refleja esta cita de Mason:

“Este disco transmite un sabor más casero, como el de una banda tocando junta en un único espacio. Creo que Rick en particular se ha sentido mucho más integrado en el proceso esta vez, comparado con Momentary Lapse. Ha sido genial tenerlo de vuelta.”

The Division Bell, cuando todavía queda algo por comunicar

Aunque no se trate de un disco conceptual, The Division Bell cuenta con la comunicación como principal leitmotiv de sus canciones. El propio título del disco, extraído de la letra de ‘High Hopes’, es una buena muestra de ello, pues hace referencia a la campana que se hace sonar en el Parlamento Británico cuando va a tener lugar una votación.

‘Poles Apart’ nos habla de los cambios a veces imperceptibles que se producen en las personas, y que acaban haciendo de ellas completos desconocidos, ‘Wearing the Inside Out’ nos recuerda en cierto modo a The Wall al tratar sobre las barreras que levantamos para ocultarnos de otras personas y ‘Keep Talking’ resalta como ninguna la importancia de la comunicación. Los conflictos bélicos y la intolerancia humana, otros temas recurrentes en la discografía de Pink Floyd, también se ven reflejados en ‘A Great Day for Freedom’.

No habría que ser muy mal pensado para suponer que estas letras sobre comunicación y relaciones humanas podrían tener algo que ver con Waters, y la situación general de la banda en los años 80, pero estas teorías han sido desmentidas en alguna ocasión por Gilmour.

In a world of magnets and miracles / Our thoughts strayed constantly and without boundary / The ringing of the division bell had begun

Las comparaciones son odiosas

Es obvio que comparado con cualquiera de los grandes mastodontes de los 70, The Division Bell palidece completamente, pero también es cierto que la gran mayoría de discos progresivos de los 90 caerían derrotados en dicho enfrentamiento. A pesar de ello, estamos ante la mejor muestra del talento de Gilmour libre de las ataduras de Waters.

Mason no firma ningún tema pero a Wright se le acreditan hasta cuatro, siempre en compañía de Gilmour, e incluso pone la voz en ‘Wearing the Inside Out’. Los críticos fueron bastante beligerantes en su momento con este trabajo, pero el paso de los años ha demostrado que en conjunto merece figurar en la brillante colección discográfica de Pink Floyd. Las guitarras son las grandes protagonistas y cuenta con solos para el recuerdo, aunque no debemos olvidar el gran trabajo de construcción que dan los teclados y el resto de instrumentos que se suman de forma esporádica.

Sí se le puede achacar que el sonido general del disco pareció quedarse anclado una década atrás, pues su producción es más propia de un álbum de los 80. A pesar del palpable anacronismo técnico, que en su momento le pudo hacer sonar como un jubilado en una fiesta adolescente, el tiempo ha acabado dando un sabor clásico a estos temas que hoy en día es difícil criticar.

Con The Division Bell este cuento se ha acabado

Así pues, tras los irregulares resultados que dieron sus discos publicados en la década de los 80, los supervivientes que aún permanecían en Pink Floyd después de tantos años y tantas luchas consiguieron redondear un álbum digno de una despedida. Las malas críticas de la época no impidieron su rotundo éxito de ventas en todos los países donde se lanzó, así como de la subsiguiente gira final. Los tres Discos de Platino cosechados en Estados Unidos son una buena muestra de ello.

Tras esta primera disolución, aún habría un poco más de Pink Floyd con la reunión en 2005 para actuar en el Live 8, aunque nunca ha llegado a cristalizar una reforma duradera a pesar de los constantes rumores. Con el tiempo Gilmour y Waters consiguieron hacer las paces, y hasta han vuelto a tocar juntos, pero la muerte de Wright en 2008 cerró definitivamente cualquier posibilidad de ver a la formación principal de nuevo sobre el escenario.

Un par de años antes falleció Syd Barrett, la principal fuerza creativa de los primeros años de la banda, quien a pesar de haber desaparecido por completo en la última etapa de este especial, no debería quedar en el olvido ahora que llega la hora de poner el punto y final. Su influencia en este último trabajo es prácticamente nula, pues poco queda de aquella inocente psicodelia en estos gigantes de hormigón musical, pero está claro que ni sus antiguos compañeros ni nosotros olvidaremos nunca esa mirada cargada de locura y lucidez.

Intentar calibrar la importancia de Pink Floyd y la influencia que han tenido sobre miles de artistas en todo el mundo resulta prácticamente imposible. Discípulos han tenido muchos, y algunos de ellos bastante aventajados, pero durante generaciones serán siempre señalados como el referente a la hora de explicar en qué consiste eso del rock progresivo. Desde aquí lo hemos intentado en la medida de nuestras posibilidades, pero es obvio que la discografía de esta banda daría para escribir aún más artículos sin llegar a repetirnos. Sin duda, una auténtica leyenda.

8/10

Especial Pink Floyd

Summary
Review Date
Reviewed Item
Pink Floyd - The Division Bell
Author Rating
41star1star1star1stargray