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Pink Floyd — The Endless River

Estuvimos escuchando unas veinte horas de grabaciones de nosotros tres tocando juntos y seleccionamos la música con la que queríamos trabajar para el nuevo álbum. Durante este último año hemos añadido nuevas partes, grabado otras de nuevo y aprovechado la tecnología de estudio para hacer un álbum de Pink Floyd del siglo XXI (enlace).

¿Quién esperaba un nuevo disco de Pink Floyd a estas alturas de la vida? Y digo más: ¿quién lo deseaba? Pues sí, cuando ya estamos rozando el año 2015, la mítica banda británica, o al menos lo que queda de ella, se ha plantado en las tiendas de discos agitando The Endless River (Parlophone, 2014) para conseguir que todos, sin excepción, hayamos girado nuestra vista hacia lo que llevaban entre las manos. Podrán gustar más o menos, pero el hecho de que una formación tan esencial haya ampliado su colección discográfica con una nueva entrada es un evento de cierta importancia y hasta sus mayores detractores han puesto el oído.

Lo primero y primordial a la hora de abordar este trabajo es tener claro que está construido en buena medida sobre material que en su momento había quedado guardado en un cajón durante la concepción de The Division Bell (EMI Records, 1994). Vamos, lo que vienen siendo sobras si nos quitamos la corrección política de encima. Con Roger Waters totalmente desvinculado del proyecto y Richard Wright fallecido hace ya cuatro años, la tarea de recuperar este proyecto informalmente bautizado como The Big Spliff ha quedado en manos de David Gilmour y Nick Mason, quienes han asegurado buscar en él un homenaje a la importancia de Wright dentro de la banda.

The Endless River es exactamente lo que cabía esperar de Pink Floyd volviendo a la actividad en la segunda década del siglo XXI

De hecho, a pesar de no estar ya presente, el teclista recibe crédito total o compartido en prácticamente la mitad de los cortes del álbum, prueba inequívoca de lo mucho que se ha reciclado; por supuesto, Gilmour es responsable de casi todo lo demás, salvando un par de firmas ocasionales que apenas tienen incidencia. Con estos ingredientes sobre la mesa, y sabiendo como ya sabíamos que el trabajo iba a ser mayormente instrumental y de pretensiones ambientales, nadie debería sorprenderse por el resultado final que hemos encontrado.

The Endless River es exactamente lo que cabía esperar de Pink Floyd volviendo a la actividad en la segunda década del siglo XXI y tomando como punto de partida lo último que hicieron en el siglo XX. Gilmour más que nadie se encuentra justo en el centro de su zona de confort entre estas largas divagaciones instrumentales, que van y vienen en una lenta sucesión de progresiones que, en demasiadas ocasiones, no acaban conduciendo a ningún lado. Es innegable que durante demasiadas fases del álbum parece no ocurrir nada, y esa estructuración de pistas que han elegido, con tantos “sides” y “parts”, no ayuda a hacer más fácil de asumir el desarrollo de sus melodías. A fin de cuentas, lo que en realidad encontramos aquí son cuatro piezas que han sido innecesariamente divididas en varios movimientos, así que haberlas presentado unidas como lo que son habría ayudado a evitar esa sensación de constante sucesión de introducciones que transmite.

https://www.youtube.com/watch?v=Jb4CHveIS50

En cualquier caso, y eso tampoco lo puede negar nadie, el sonido del disco es solvente y no chirría en ningún momento, respondiendo perfectamente a todos los tics que forman parte de la era posterior a Waters. El índice de riesgo puesto en escena es mínimo, así que en conjunto nos encontramos con un disco que no molesta cuando lo tenemos puesto de fondo, pero que tampoco nos emociona ni nos eleva con la fuerza que lo hacían sus grandes obras. Llamadme conformista, pero dadas las circunstancias, como seguidor del grupo me vale con que hayan conseguido alcanzar un mínimo así de aceptable; otros muchos grandes dinosaurios, cuando se proponen hacer esta clase de resurgimientos, acaban quedando poco menos que en ridículo, algo que en absoluto se podrá decir de Pink Floyd aquí.

6.5/10

Esperar que Gilmour fuera capaz de sacarse una genialidad de la manga reciclando lo que sobró de The Division Bell veinte años después de su publicación hubiera sido pura ilusión. Cierto es que el nombre de Pink Floyd pesa mucho y que es normal esperar algo más de un lanzamiento así, pero analizando el álbum de la forma más fría posible es justo decir que se trata, cuanto menos, de un aprobado solvente. No queda ni cerca del nivel medio de la discografía del grupo, pero aun con toda su tibieza y sinsabor, tampoco estamos ante un desastre que debamos lamentar.

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