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Pink Floyd — The Piper At The Gates Of Dawn (1967): subidón de ácido

1967 fue un gran año en la historia de la música popular; aparte de que The Beatles publicaran Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, The Spencer David Group, primer grupo de Steve Winwood, sacaron Gimme Some Lovin’, Scott Walker debutó con Scott, The Jimi Hendrix Experience debutaron con Are You Experienced?, The Doors hicieron lo propio con su disco de título homónimo, Love hicieron el fundamental Forever Changes y The Velver Underground & Nico debutaron con el álbum de la banana diseñado por Andy Warhol.

Ese año también vio la luz The Piper At The Gates Of Dawn, el álbum de debut de Pink Floyd cuya discografía os comentaremos en las próximas semanas. El grupo nació en 1965 gracias a la alianza de cuatro estudiantes de Arquitectura de Londres que querían ser como los colegas norteamericanos que habían dado a la luz en San Francisco el acid rock, también conocido como rock psicodélico.

Sin ese entorno del rock psicodélico que crearon bandas como Jefferson Airplane, Moby Grape o los mismísimos Grateful Dead, no se podría entender el debut de Pink Floyd. Esos temas larguísimos, llenos improvisaciones, de pedales con efectos, pistas reproducidas al revés, de sonido envolvente y alucinado que evoca los efectos causados tras la ingestión de LSD, fueron el santo y seña de The Piper At The Gates Of Dawn.

Este primer larga duración, cuya portada lo dice todo, no se puede entender sin la personalidad compleja de Syd Barret, su indiscutible líder y auténtico inductor de una obra que es más psicodélica y espacial que progresiva. Un compositor que abusó del ácido y acabó en 1968 fuera de la banda dejando uno de los mejores discos de debut de toda la historia de la música popular.

Uno se sumerge en ‘Astronomy Domine’ (YouTube) y parece que nos hemos pasado a otra dimensión. Nada es lo que parece: esos coros, esas voces pasadas por filtros, ese aparataje electrónico, ese riff de guitarra espacial; en fin, un derroche.

‘Lucifer Sam’ (YouTube) empieza como si fuera un instrumental de película de detectives. Es mí favorita del disco, y a todas luces lo más asequible de un conjunto.

Después, ‘Mathilda Mother’, que seguro que fue favorita de Toni Iommi en su momento. Me encanta esa alianza entre el órgano y el bajo al principio, y esa voz misteriosa que pone el teclista Richard Wright, mientras que Barrett entra después con un estribillo similar pero con otra letra.

‘Flaming’ se nos aparece con ruidos extraños y un tono folkie que envuelve un corte extraño replete de percusiones hippies, antesala de lo que nos encontraríamos en los discos en solitario de Syd Barrett.

Comenzaba a subir el tono alucinado, algo que en ‘Pow R. Toc H.’ (YouTube) resulta evidente. Menuda ida de olla de Syd Barrett, que une sonidos selváticos y un piano puramente de jazz, que dan paso a ruido estridente a base de guitarras y órgano. Seguro que en Abbey Road se lo pasaron de miedo grabándolo y quizás compartieron psicotrópicos con The Beatles, inquilinos támbién del estudio.

Roger Waters aporta un único tema al álbum, ‘Take Thy Sthetoscope and Walk’, en la onda del resto, con unos teclados muy salvajes y unas guitarras marca de la casa. Lo mejor llega después, con ‘Interstellar Overdrive’, una pieza instrumental de diez minutos que para mí es la pieza clave del rock psicodélico y espacial de los primeros Pink Floyd.

‘The Gnome’ parece un cuento para niños. A mí me suena muy Beatle pero lleva un órgano que la hace especialísima. ‘Chapter 24’ es la antítesis de ésta, una triste pieza con un aroma de pop de cámara.

10/10

‘The Scarecrow’ es un pequeño tema coral llevado por el órgano y una percusión que imita el galope de un par de caballos. Envolvente y lisérgica te deja ensimismado ante ‘Bike’, un corte bastante cómica y circense, igualmente alocada e incomprensible para los que no son fans de Syd Barrett y su mundo de fantasía y evasión.

Pink Floyd: Discografía

La voluntad

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