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Pontiak — INNOCENCE

Desde Baltimore, Maryland, la población preferida para los sucesos de Expediente X, y bajo la muchas veces infalible casa Thrill Jockey, llega el nuevo disco de los hermanos Carney, conocidos por dar vida a Pontiak. Con Innocence, su nuevo larga duración que ha salido oficialmente hoy, el trío encara de una forma más melódica su habitual camino de stoner, con menos dosis de psicodelia, baladas para lobos solitarios y guitarras de más octanaje.

Riffs asesinos en la abadía de los Carney

Después de tres avances enseñando por dónde iba a tirar lo nuevo Innocence, se puede confirmar que es una continuación — no sólo cronológica — de Echo Ono. Estilísticamente, está configurado de forma muy similar. Hay mayoría de barridos de guitarra altamente inflamables y unas pocas baladas en las que hay más protagonismo de guitarras acústicas y de momentos para elevar el mechero con decisión, aunque en menos ocasiones de las que gustaría. En el anterior LP sólo una y bien. Aquí varias, pero no todas con óptimo resultado.

A pesar de compartir la concepción con su antecesor, Innocence es un disco más vigoroso, con más peso del stoner y con menos reminiscencias psicodélicas. Si bien ambos álbumes empezaban con fuerza, el anterior tenía más mordiente, con el acelerador pisado a tope dejándote en la cuneta. En este, en cambio, han optado por distorsiones más lentas y densas, lo que crea una sensación de corrosión cercana a la que han ejecutado grupos como Bardo Pond. Caen sobre tid como una plancha de acero.

Aunque es obvio el buen entendimiento entre los hermanos en sus discos, quizá pecan en ocasiones de caer siempre en los mismos patrones. Aquí Pontiak han intentado modificar moderadamente su sonido, desde un prisma más contundente, apelando en este caso a un stoner que ruge con más potencia, a pesar de que no siempre con mismo resultado, por lo que en ciertos pasajes se les ven las costuras. Aun así, aunque llevan ya unos cuantos años sacando material continuamente, decepcionen o cumplan, siempre dejan algún pepino marca de la casa. Tanto en su época de más blues rock y experimentación como ahora, donde están más centrados.

Parones y falta de ingenio que lastran el aumento de decibelios

Con todo, se echa en falta algo más de frenetismo, de esa sensación de estar en un torbellino más agresivo, como el de Isaak. Cuando llegan a esa tensión rítmica es cuando ofrecen lo mejor de Innocence. Por otra parte, hay un exceso de baladas, que acaban por romper el ritmo del disco cuando este está carburando en su máximo esplendor. Sin embargo, los de Baltimore siguen siendo capaces de ejercer de buenos parroquianos de furioso stoner, y se despachan buenas tollinas. Después del aguerrido inicio con ‘Innocence’, nos mecen en una balsa de ácido con ‘Lack Lustre Lush’, tema efectista, típico de Pontiak, en el que tampoco aportan ningún cambio reseñable. Una masa de distorsión, punteos que se intercalan con la voz de Van Corney. Funciona, pero a la larga termina cansando.

Hablando de esos momentos de mayor inspiración, llegan a su punto superior con temas como ‘Ghosts’, con ese estribillo solemne que arrastra todo lo que encuentra a su paso. Acto seguido, Innocence se diluye por paseos sureños lentos, sin ganas de violencia, ya sea en los temas más ruidosos o en esas baladas lentas que apenas escuecen. La mejor de estas es ‘Wildfires’, donde apelan a los juegos de coros vocales para llegar a cotas de decente solemnidad a las que no llegan sus compañeras.

Si algo parece claro es que Pontiak suenan mejor cuando se desmelenan, no hace falta llegar a jams infinitas, pero cuando se acercan a mayor psicodelia y ritmos a quemarropa como los había en Echo Ono, el cambio cualitativo es perceptible. Sobre todo los encontramos en el tercio final del disco, encabezados por ‘Beings of The Rarest’ o ‘Shinning’. En el resto de canciones, demasiados amagos de riffs que ya hemos escuchado en otras ocasiones, como si no fuesen capaces de sacar petróleo con otras cartas. Así que ya que vas a jugar con los mismos patrones, al menos apuesta el todo por el todo, como en fragmentos del final del álbum. En definitiva, un disco con sopapos muy de dejar en bucle, pero que sin embargo no llega al nivel de su anterior lanzamiento, cosa de utilizar con demasiada frecuencia baladas sin alma y de jugar los mismos trucos, a pesar de cumplir con guitarrazos detroitianos.

6.9/10

Bien cuando pisan el acelerador a fondo y ponen toda la carne en el asador; cuando asoman riffs potentes que impiden que te acomodes, peor cuando rompen el ritmo con baladas insulsas y regular cuando crean apuestan por un rock más impersonal. El inicio y el final del álbum salvan el disco, con algunos temas realmente buenos. El problema es que en algunos momentos se desinfla notablemente.

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