Que la asignatura de música deje de ser troncal en educación primaria solo es un drama para unos pocos

Probablemente hoy ya no os acordéis, pero el pasado 24 de Julio destacaba en las páginas de El País la noticia de que el gobierno estaba considerando dar un papel protagonista a la asignatura de música en la educación primaria. No parecía un capricho (¿o sí?), sino una estrategia encaminada a convertir a la flauta dulce en vehículo integrador y motivador, en barrera infranqueable frente al fracaso escolar.

Estos días, solo ocho meses después de todo esto, media blogosfera española se rasga las vestiduras ante la constatación de que el gobierno Noniano se dispone a hacer lo contrario, desterrar la asignatura de música de los planes de estudio en la educación primaria pues, supongo, no se puede permitir que esta disciplina generadora de libertinos y desarrapados, este instrumento del diablo que es la flauta dulce, pueda restar espacio a la nueva joya de la corona, la nueva/vieja protagonista de los programas educativos (aunque sea de forma encubierta): la asignatura de religión.

Pasado el impacto, muchos hablan de improvisación o de falta de proyecto en la actuación de un gobierno en el que, aparentemente, todo parece improvisado o producto de la falta de proyecto. Y toca decir que estos muchos han caído en la trampa: este gobierno no improvisa, simplemente destaca por ser un perfecto encantador de serpientes, un magnífico prestidigitador que te regala el día mientras te roba la noche. Ahora bien, ¿debemos llorar la desaparición de una asignatura como la música del plan de estudios para la educación primaria? Yo pienso que no.

Es cierto que el gobierno ha demostrado una especial hostilidad hacia todo lo que tiene que ver con la cultura y los espectáculos que se salgan de los medios o géneros que desde el catecismo se entienden como correctos, pero creo que todos hemos sobrevalorado la asignatura de música y su impacto. Amigo como soy de ese extraño grupo de gente que piensa que al colegio uno va a estudiar y uno debe venir educado de casa, no creo que la inclusión de la música en el horario de mañana, en el de las asignaturas troncales, haga un gran favor a la disciplina.

Entiendo necesario, y casi imprescindible, que dentro de la formación del niño o estudiante haya espacio para cuestiones tan importantes como la creatividad, la imaginación e, incluso, el esparcimiento. Eso sí, ¿debemos acotar desde el sistema educativo los márgenes de esa creatividad, ese esparcimiento, mediante el seguimiento de un programa de aplicación universal en el que sean más protagonistas los corsés, las fronteras, que las capacidades o los intereses del propio niño? Yo creo que no.

Y todo esto teniendo en cuenta, además, que el ‘tradicional’ acercamiento al mundo de la música en el ámbito académico se hace desde un punto, ya no sé si ajeno o excesivamente alejado de los sonidos con los que el niño se relaciona en el día a día. Mucho se ha hablado de la efectividad que tiene de cara a crear hábitos de lectura la obligatoriedad en los planes de estudios de muchos de los clásicos de la literatura como la Celestina, El Quijote o El Libro del Buen Amor, y parecido sucede con el área de la música y el empeño que el sistema educativo ‘tradicional’ muestra en que nuestros niños se conviertan en visitantes de Hamelin cuando su sueño se orienta desde otros medios a que emule a Justin Bieber o los fantoches de One Direction.

Y ahí es donde, creo, todos hemos errado al poner el foco. La desaparición de la asignatura de música de los planes de estudio no es una catástrofe si ello no supone que sea a su vez desterrada del catálogo de actividades extra-escolares que los colegios ofrecen. No es catastrófico si ello, al final, supone que los niños (o las familias) verdaderamente interesados en utilizar la música como vehículo de desarrollo personal, de arraigo de la disciplina y de factor de esparcimiento y de expansión creativa, puedan formarse en esta disciplina de forma voluntaria y con la ayuda del estado por medio de las instituciones educativas en este sentido. Y ahí, ya decidirán los implicados si verdaderamente la flauta dulce o el xilófono son, aparte de los instrumentos más sencillos, las mejores vías de entrada para el niño en el mundo de la música.

Como respuesta al revuelo generado por una noticia de la que aún no conocemos ni consecuencias ni impacto, en redes sociales circuló una nota (junto a recogidas de firmas en change.org) de hace unos meses en la que Suiza aprobaba por referéndum que la música y el canto sean un derecho constitucional y que, como tal, cuenten con carácter vehicular en el sistema educativo del país alpino. Algunos inconscientes ya andaban pensando en emigrar a Suiza sin acordarse de que, también por vía referéndum, acababan de aprobar restringir el acceso de extranjeros (comunitarios o no) a su mercado laboral y su catálogo de prestaciones sociales.

Yo, honestamente, solamente se lo recomiendo a esos vividores que ‘estudiaron’ magisterio musical mientras los demás nos dejábamos los codos rodeados de manuales susceptibles de ser vendidos al peso. No es que desee su marcha ni piense en que la vida al final recompensa el esfuerzo de cada uno, es que, al parecer, su sueldo es un peso con el que el gobierno Noniano no quiere cargar por más tiempo. Y ahí, amigos, es donde se encuentra el verdadero drama y, probablemente, esta noticia sea solo un primer paso.

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