Ayer se cumplieron diez años desde que Radiohead decidieran dar un salto al vacío editando Kid A. No era la primera vez que el grupo se atrevía a mirar al abismo: antes ya habïan editado como primer single de OK Computer los 8 minutos largos (y no muy radiables) de ‘Paranoid Android’. En esa ocasión les funcionó y con Kid A también lo haría.

El cuarto disco largo de Radiohead es el que les coloca ya, de manera definitiva, en la posición que hoy ostentan: la de grupo que hace sólo lo que quiere, sin importar si a crítica, discográfica o público les parece bien.

No hay más que ver la muy dividida reacción que provocó este disco en la crítica de medio mundo: unos lo consideraron el primero por el que tener respeto por Radiohead; otros, la evolución natural del grupo. Y también hubo quien se lo tomó como una broma pesada. Ahí, por ejemplo, queda la opinión del Melody Maker, que citó maliciosamente la letra de ‘Pop Is Dead‘, de los propios Radiohead, para acusar a Thom Yorke y los suyos de vestir el traje del emperador.

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Y lo cierto es que es entendible una postura así. Después de OK Computer, lo normal, lo que esperábamos la mayoría, era un disco que continuará con la fórmula que allí había quedado plasmada. A Radiohead les quedaba aún mucho por explorar en ese terreno, o eso creíamos, y lo que casi nadie se esperaba era un giro a la izquierda tan pronunciado. Sin previo aviso, Radiohead dejaron de hacer rock para buscar su identidad en otros paisajes.

Kid A fue el primer número 1 en las listas de ventas nada más lanzarse

El tirón de OK Computer, su capacidad para poner a Radiohead como banda de primera magnitud, ayudó a que siendo Kid A el disco más complicado de escuchar del grupo fuese el primero en ser número uno en listas nada más lanzarse. Más aún cuando no hubo promoción habitual: pese al buen resultado creativo de los vídeos de OK Computer, todos inmejorables, para su cuarto álbum el grupo decidió que no quería grabar ninguno. Lo cierto es que también estaba complicado vender algún single.

A priori, las canciones más directas eran ‘Idioteque’ y ‘The National Anthem’. Eran las que menos jugueteaban con su propia desaparición, las que se centraban en una manera más tradicional de componer, incluso estando influidas por el jazz (la segunda) o la electrónica más reciente (la primera). Eran “vendibles”, al menos comparadas con cosas como la diluida ‘Kid A’, la ambiental ‘Treefingers’, los arpegios sin rumbo de ‘In Limbo’ o la deliberada complicación de sus propias baladas que eran ‘Optimistic’ o ‘Motion Picture Soundtrack’ (sacada, por cierto, de la primera época de la banda).

Kid A: sístole-diástole, crisis-catarsis

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Cualquiera mínimamente interesado en Radiohead conoce la historia: Kid A nace de una de las grabaciones más enrevesadas del grupo, que durante tres años jugaron al gato y al ratón consigo mismos, tratando de superar esa cumbre llamada OK Computer. De superarla o, al menos, de dejarla a un lado, de poder olvidarse de ella para ser algo diferentes.

Grabado a caballo entre cuatro ciudades, Kid A capturó las sensaciones del grupo a salto de mata, entre arrebatos de inspiración a los que luego le seguían fases de bloqueo creativo. En última instancia, esas fuerzas enfrentadas se reflejan en el disco: sus canciones nunca dejan de sonar a Radiohead, pero nunca a los Radiohead de hasta entonces, al menos no de manera completa.

Aquí cobra importancia la figura de Nigel Godrich, productor del disco. Si les damos a Radiohead, en la época de Kid A, la imagen de un globo aerostático, Godrich es el contrapeso que los sujeta a la tierra: su labor permitió que el grupo anteriormente conocido como Radiohead aún pudiera seguir llevando ese nombre sin parecer uno totalmente nuevo. A él le otorgaremos el título de pegamento en ese collage que dio en llamarse Kid A.

El disco tiene su propia historia épica: Que Kid A es un niño que nunca debió de haber nacido pero lo hizo contra viento y marea se observa no sólo en las dificultades de la grabación y en la complicada situación personal de algunos miembros de la banda, sino también en detalles como que el mismo día del lanzamiento, EMI se dio cuenta de que más de 150.000 copias habían salido defectuosas de fábrica y tendría que retirarlas del mercado. Cosas así leídas mientras suena la cubista ‘Everything In Its Right Place’ parecen haber sido inevitables y casan mucho con esas alegorías del error y el asco vital en la era de la clonación que son las letras del disco.

En lo lírico, Kid A es mucho más continuista respecto a su predecesor que en lo musical. Thom Yorke volvió a retratar la paranoia del hombre moderno, solo que de manera aún más abstracta. El resultado final es impresionista: de los trazos poco concretos nace la sensación general muy definida.

En el tono general del disco, además, juega un papel fundamental el hecho de que las letras no parezcan tan importantes como en OK Computer. La voz de Yorke ya no guía, sino que vine y va, a veces sepultada, otras filtrada, otras como simple coro. Cuando toma el primer plano, las frases son casi como un eslogan:

If you try the best you can, the best you can is good enough

9.5/10

El trayecto de Kid A comenzó hace diez años y aún no ofrece haber concluido. Recuerdo abrir el cd y sacar aquel libreto escondido de paisajes poligonales y retratos de Tony Blair, sin letras, ni información. Recuerdo haberlo puesto en la cadena de música y no haber entendido nada, pese a la fascinación. Y recuerdo que cuando empecé a comprender este disco fue con la salida de Amnesiac, hermano gemelo (para mi gusto, aún mejor) y segunda hoja de un díptico apasionante. Diez años después, los dos mejores discos de Radiohead siguen vivos y no parece probable que la banda vaya a superarlos. Puede que ambos fueran la manera en que Radiohead enseñaran al mundo cómo desaparecer completamente para seguir viviendo por siempre.