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Raphael en directo en Santiago (Praza da Quintana, 04/09/2013): el puto amo digan lo que digan

“raphael” src=”http://img.hipersonica.com/2013/09/raphael 7 *.jpg” class=”centro” />Saltitos de emoción en la tarde previa. Tu yo friki discutiendo con tu yo moderno, si bien ambos están de acuerdo. Hoy es un día especial. Hoy será una gran noche. Una gran noche diferida, de nuevo, por el accidente ferroviario de Santiago, para el cual Raphael tuvo un recuerdo en los primeros instantes del concierto. De nuestro concierto. El que aquí escribe lleva varios años detrás de los directos del Sinatra de Linares, sin que hasta ayer hubiese sido posible que él y yo cruzásemos nuestros caminos. El ansia se apodera de tu mente y las últimas horas de curro son completamente inútiles. Vagas por los pasillos sin pensar en otra cosa.

Raphael hizo parada dentro de su Tour Mi gran noche 2013 en la compostelana Praza da Quintana, en un concierto inicialmente previsto para finales de julio, dentro del programa de las fiestas del patrón. Se hizo esperar, pero llegó. Llegó el Bowie español dispuesto a darnos todo lo que de él se espera. Incluso algo más. Tras sus problemas hepáticos uno podía esperar que la voz del mito anduviese justita para grandes florituras, pero pronto Raphael nos aclaró, a gorgorito limpio, a grito que inundaba incluso sin amplificación una plaza absolutamente hasta la bandera (soy un desastre calculando aforos, pero hablamos de una plaza bien amplia), que su estado de forma, a pesar de sus siete décadas de vida y sus problemas graves de salud, es absolutamente envidiable.

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Casi tres horas de derroche de facultades, de insultante energía, de absoluto poder sobre las masas. De saberse el puto amo de eso, de tratar al público cual marioneta, con sus vueltas, con sus saltitos, con su moonwalker hacia delante. Una lección de lo que es cultivar al artista y al personaje, que empezó desde bien pronto con ‘Mi gran noche’, canción que hizo que alguno se cagase en quien había decidido que el concierto fuese mayoritariamente para aforo sentado (cierto es que la media de edad del público así lo aconsejaba). Sus vueltas, su indignación, su risa cual jóker malvado, convirtiéndose en amante, esclavo y dictador, sin solución de continuidad.

Acompañado de una banda modesta en número pero poderosa en ejecución, Raphael fue escudándose principalmente en piano y guitarra para revisitar muchos de sus innumerables éxitos, que arrancaban ovaciones a media canción casi de forma continua. ‘Los amantes’, una de las más celebradas de entre las primeras, con muchas replanteándose su menopausia con tal de poder darle un vástago al dios. A él eso le daba igual, se sabe líder, sabe que sin más, con un gesto al aire de despecho, media vuelta y una huida en medio de una impostada indignación, fuera del escenario, la gente se pone en pie y los gritos histéricos se apoderan de las paredes de piedra de la plaza. Algo así como si Elvis estuviese vivo. Pero es que amigos, Elvis está vivo, y se llama Raphael.

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‘Despertar al amor’ fue otro de los momentos álgidos, con Raphael convulsionando, retorciéndose entregado al deseo pretérito, al constante juego de perder en la entrega, ya sin chaqueta, ya sin corbata. Dando muestras de que puede que su hígado haya sufrido, pero su pelvis sigue perfectamente engrasada. ‘Digan lo que digan’ fue el acabóse, ‘Qué sabe nadie’ uno de esos momentos en los que el paso apurado hacia la salida terminó en ovación cerrada, en otro instante para poner a la audiencia en pie cuando el genio vuelve al escenario. Así entre momentos de más intimidad, de recogerse, de salir del foco y sentarse al lado del piano, de coger un taburete y bailar sobre él permaneciendo sentado al son de una guitarra de sonido rumbero. Porque sí, hubo canción melódica, hubo rumba, hubo hasta rap, y sobre todo toneladas de lo que hoy llamamos épica, pero que él llama rutina.

Antes de los bises, mientras la temperatura refrescaba al acercase la una de la madrugada, ‘Payaso’ o ‘Yo sigo siendo aquel’ cerraron lo que ya era un concierto espectacular, de los que no olvidarás nunca. Su nombre coreado sin cesar, los comentarios de las señoras encantadas por su chorro de voz y lo bien que se conserva (tampoco nos pasemos, señora), y varios de los estribillos de canciones que todavía no habían sido interpretadas cantadas por la audiencia como si Justin Bieber hubiese aterrizado en Lavacolla mientras era esperado por miles de fans. Raphael se debe a su público, y las súplicas fueron atendidas.

El tema requerido abrió el bis, sin apenas tiempo para grandes aplausos, sin hacerse esperar. ‘Escándalo’ uno de esos temas que gustan mucho más a los demás que a mí mismo, hizo temer porque el pavimento milenario pudiese venirse abajo en la noche de ayer. Saltos, palmas, manos al viento. Redención a golpe de jitazos, que tuvieron su punto y final con ‘Como yo te amo’, ya con el público agolpándose a pie de escenario y olvidando el impostado corsé de las sillas de playa. El Sinatra de Linares había hecho lo único que sabe hacer. Vencer y gobernar, someter a las masas a la tiranía de su poder sonoro. Histórico.

Fotos: Paula Rico

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