De todas las despedidas las que más duelen son aquellas que no cristalizan, esas en las que se rehúye el encuentro final con la estúpida intención de evitar un llanto que al no expulsarse se enquista. “Prefiero no ir a despedirla a la estación pues verla marchar me destrozaría”, algo así como el estúpido redicho infantil del “ojos que no ven, corazón que no siente”. Lo que realmente duele no es la procesión en dirección contraria, es la ausencia, el vacío que se torna demasiado amargo al no haber acabado con las cuentas pendientes, al habernos guardado para nosotros aquello que hemos estado demasiado tiempo deseando compartir.

Fruto de esas despedidas inconclusas suele ser el olvido, la lógica consecuencia a una convención que se evita por egoísmo y estoica y aparente virilidad. Un rencor que crece pues ese último encuentro es más importante de lo que en principio parece, la constatación de que decir adiós normalmente es decir hasta luego y de que no decirlo puede significar, tácitamente, decir hasta nunca. Rishloo debieron pensar todo eso cuando en 2012 separaron caminos y nos dejaron a muchos sin avisar, sin saber que se habían ido. Hoy regresan y a casi nadie parece importarle, y es una verdadera pena pues su regreso tiene pinta de ser una de las mejores noticias que nos va a regalar este 2015 al que solo contamos dos semanas.

Living as Ghosts with Buildings as Teeth: una realidad que supera al mundo de los sueños

Evidentemente entre la decisión y el adiós media una de esas rupturas a las que cuesta encontrar explicación, no tanto por la ruptura en sí sino porque la misma ha derivado en una reconciliación que borra todo lo sucedido en ese lapso, o que al menos lo oculta ante una normalidad que no sabemos si es aparente o estable. En cualquiera de los casos lo importante es que los de Seattle están de vuelta, quien sabe si aún con rencillas pero demostrando que artísticamente las cosas están como si no hubiese pasado el tiempo, cinco años que para los que confiábamos en ellos se han hecho eternos.

https://www.youtube.com/watch?v=YMrhGmCNDAg

Living as Ghosts with Buildings as Teeth (autoproducido, 2015) es fruto de acuerdo de paz en el que no parece haber gibraltares ocupados ni territorios perdidos en ultramar. El cuarto disco de Rishloo es mucho más de lo que esperábamos al enterarnos de la inminencia del retorno, es mucho más de lo que deseábamos hace cinco años cuando nos maravillábamos con Feathergun (autoproducido, 2010) y temas del impacto y la elocuencia de ‘Turning Sheeps into Goats’. La presente es una obra que desliga a los norteamericanos de las influencias que les atenazaban, que abre un panorama en el que la enormidad no asusta sino que ha motivado al cuarteto a salir a por todas, a comerse el campo y a destrozar a los rivales.

El olvido es un estado de ánimo, una nube que desaparece ante el fervor de un regreso que mejora a pasado que es más de lo que valorábamos

La clave, como siempre, se encuentra en el pasado, en aprender de la historia pues ahí es donde se encuentran todas las respuestas, las enseñanzas que hacen inmenso cuando lo normal es no aspirar a más que ser grande . El resultado nos aleja de la corriente alternativo progresiva de la década pasada, esa en la que Muse en sus buenos tiempos (si es que los hubo), Dredg y Karnivool eran los reyes. Hoy la senda transita por el legado de los The Mars Volta más concretos, los del debut, y toques coloristas que aluden tanto al Art Rock de los setenta como a la emotividad de los Marillion que enamoraban a todas.

Lo mejor es que la mezcla no solo no se atraganta, sino que fluye con coherencia, que lo hace administrando la dosis de locura que es marca de la casa en un conjunto de canciones que pasan de la esquizofrenia al enamoramiento, que tanto te plantean un vals como un headbanging sin que se nos asusten los inexpertos. Vocalmente Drew Mailloux está inconmensurable, destrozando agoreros a golpe de susurro embriagador o lamento desgarrado, pasando de falsetes y demás artificios y rindiéndolo todo a un registro vocal que en su despliegue aparenta ser mucho más amplio de lo que realmente es.

Y claro, a nivel instrumental el resto del cuarteto no desmerece, despliega un frenético ejercicio en el que los desarrollos ni se pierden ni se quedan cortos, en el que todo está medido al milímetro y las dosis ajustadas con precisión cirujana a pesar de la variedad de la propuesta, un catálogo de sensaciones para el que el adelanto ‘Landmines’ es una perfecta carta de presentación o un resumen más que proverbial.

8.6/10

Las despedidas duelen, sí, y más lo hacen aquellas que se enmudecen al no pronunciarse las palabras mágicas. Resultado de ello es que Rishloo han regresado con su mejor disco y la información al respecto del mismo brilla por su ausencia, nadie habla de ello cuando deberían ser trending topic en un comienzo de año que en lo musical no está teniendo demasiada chicha. El problema es formal y se arrastra desde hace tiempo, claro, pero está opacando un disco que debería ser protagonista dentro de unos meses. Veremos en qué queda, por mi parte ya he perdonado que no dijesen adiós, lo de pensar en un hasta nunca está más que olvidado.

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