“No me importa con quién nos esté comparando la gente, eso es cosa suya. ¿Que si me importa ser comparado con The White Stripes? No, porque la verdad es que me gusta esa banda”.

Royal Blood son, de eso no cabe duda, uno de los nombres más relevantes del momento; muy hábil has tenido que ser esquivando la oleada del hype para haber conseguido llegar hasta este punto sin haber oído o leído absolutamente nada sobre ellos. Para un público, el rockero, que siempre parece huérfano de ídolos a los que alzar sobre sus hombros, esta pareja británica ha caído con una especial gracia que no anda exenta de una fuerte campaña promocional en la que han intervenido hasta los Arctic Monkeys, a los cuales ya estaban teloneando pocos meses después de haber editado su primer single a finales de 2013.

La eterna cuestión es: ¿hay una base que sustente la promesa de este debut homónimo (2014, Warner Bros)? Pues sí, algo hay, para qué nos vamos a engañar. ¿Sirve además para justificar tanta algarabía en torno a los nuevos hijos predilectos de Worthing, que parecen haber salido de la nada para comerse el mundo? Bueno, aquí creo que podemos matizar más la cuestión, porque seguir alimentando la locura hacia este trabajo creo que puede acabar jugando un poco en su contra a medio plazo.

Teniendo claro que Royal Blood no están aquí para reinventar la rueda, sino para tomar la fórmula mil veces exprimida del rock más directo y hacerla suya, es más fácil aceptar lo que el disco propone. También ellos mismos han tenido que acabar asumiendo la larga lista de comparaciones que les acompañan: es fácil hablar de The White Stripes y The Black Keys por eso de que se presentan también en formato pareja, aunque se pueden extender sin problema los paralelismos a proyectos que apuestan por el rock a la antigua usanza como Jeremy Irons & the Ratgang Malibus o Wolfmother.

Teniendo claro que Royal Blood no están aquí para reinventar la rueda es más fácil aceptar lo que el disco propone.

Con estos mimbres, que son tan fáciles de identificar, ya os podréis hacer a la idea de lo que vienen a ofrecer. Lo mejor es que lo hacen sabiendo muy bien cuál es su juego, apostando por ir directos al grano con diez cortes que apenas suman la media hora de duración, dando como resultado un trabajo ameno, fácil de digerir y apto para cualquier hora del día. Canciones como ‘Come On Over’, ‘You Can Be So Cruel’ o ‘Careless’ funcionan al instante, moviéndose casi todo el tiempo entre el aprobado alto y el notable raspado; no, no encontraréis grandes himnos para el recuerdo, pero tampoco podemos ir pidiendo eso a cada grupo.

Cuentan quienes les han visto en directo que sobre el escenario sacan su mejor cara, y declaran ellos que han hecho todo lo posible por dejar constancia de todo ese derroche de energía en las grabaciones de estudio. Supongo que nos lo tendremos que creer por el momento, ya que en general se trata de un producto con los bordes muy redondeados, pulido y producido con la clara idea de gustar lo más rápidamente posible a la mayor cantidad de gente que se cruce en su camino. Y no lo digo como un punto en su contra, que conste, pero tened claro que nada aquí os va a llamar la atención con la fuerza de lo inesperado.

7.2/10

Y poco más hay aquí, las cosas como son. Tan vehementes van a ser quienes quieran vender este proyecto como quienes se opongan a él por su indisimulada condición de producto destinado a conquistar al público. Abstrayéndonos de todo el ruido y analizando el disco por lo que es, agradable, algo plano y sin grandes taras, no será complicado disfrutar de lo que Royal Blood ponen sobre la mesa. Si siguen así no me cabe duda que pueden llegar a vender muchos discos, y bien por ellos; el tiempo dirá si además consiguen dejar una gran marca.

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