Hace ya muchos días que he decidido que el verano no es apto para el sufrimiento. Ni para la experimentación. Es por ello por lo que, por norma, tiendo a desdeñar la escucha de novedades durante el periodo estival. No es por ellos, es por mí: en verano me siento demasiado perezoso para todo, también para abrir mi oído a novedades estimulantes o no que requerirán de mi tiempo y mi dedicación. Así que me lanzo voraz a por todos los discos que he escuchado mil veces y hace mil días que no he escuchado. Y así pasan los días: monótonos, tranquilos, repetitivos, felices. Sólo discos como el de Salad Boys logran que me escape de mi rutina. Lo consiguen por un motivo muy simple: hacen la clase de sonido que adoro. Aquel que podría escuchar una y otra vez durante milenios sin cansarme. Aquel al que recurro en verano porque me recuerda a mis grupos favoritos, solo que sin ser mis grupos favoritos. Lo cual es genial.

Salad Boys: adelante, estás en tu casa

La primera vez que mis oídos llegaron a las canciones de Salad Boys experimenté la misma sensación que la primera vez que escuché a Image Makers el año pasado o que, sin irnos tan lejos, la primera vez que reproduje ‘Alice’, la segunda canción del segundo disco de Dick Diver este mismo año. Adelante, estás en tu casa: ‘Eighteen Forty Four’ es una bienvenida como ninguna otra para alguien perdidamente obsesionado con el Dunedin Sound. Todos estos grupos y todas estas canciones comparten una constante: el amor por las guitarras cristalinas, por el jangle pop, el mejor pop que conozco. En ‘Eighteen Forty Four’ está todo lo que puedo exigir a un grupo novel como los Salad Boys: parsimonia veraniega, hedonismo acústico, arpegios desordenados y punteos ocasionales tan deudores de Galaxie 500. Cuando hablo de todo me refiero a todo: a la vida, al sentido del universo y a todo lo demás. ‘Eighteen Forty Four’ es 42.

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Todo lo anteriormente relatado tiene una cara positiva, repleta de virtudes imperecederas, y una cara negativa, repleta de defectos imperecederos. Por un lado, Salad Boys no ofrecen ninguna resistencia. Su primer disco se deja escuchar con una facilidad insultante, las canciones fluyen como el agua por los tímpanos, se deslizan con alboroto y alegría hasta el rincón del corazón que hace apología de lo irrelevante y lo fugaz. Es un compendio de pop como cualquier otro, tan rutinario y divertido como todos los demás. Sin embargo, la balanza también se llena de contras ante este tipo de grupos: son de recorrido corto, funcionan en momentos muy concretos de nuestros días, se agotan en seguida, suenan a todos los demás grupos que ya nos gustan, a veces incluso parecen meros remedos de los originales que nos gustan aún más. Salad Boys me han encandilado a la primera. ¿Cuánto durará el encanto? He ahí su reto. La prueba de su tiempo, la de cualquier grupo.

El secreto está en Nueva Zelanda

Luego hay una serie de circunstancias accesorias que también contribuyen a que me enamore instantáneamente de algunos grupos. La portada, por ejemplo, es todo un mensaje. En no pocas ocasiones decido qué discos escuchar y qué discos no escuchar en función de si su portada me gusta o no. La de Salad Boys me encanta por un motivo muy simple: desprende el mismo aroma artesanal que la de casi todos los grupos de Flying Nun Records. Casualmente, y esta es otra circunstancia accesoria, Salad Boys es un grupo de Nueva Zelanda, de Christchurch para más señas, como la mayor parte de los grupos que he escuchado y de los que he hablado en los últimos días (The Prophet Hens, Fishrider Records). Nueva Zelanda guarda las esencias del pop, y al parecer, o al menos a mí me lo parece, durante estos días están saliendo un montón de grupos que han decidido abrir aquel tarro que ya llenaron The Clean o The Verlaines. Por mí estupendo, mientras sigan cuajando canciones tan redondas como ‘Dream Date’.

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6.8/10

El resto del disco no es tan brillante. De hecho, en la recta final se recrean en una serie de medios tiempos evocadores, menos inmediatos, que requieren de más paciencia para apreciarlos. Y mi cerebro en verano no desea en absoluto paciencia. Pese a todo, Salad Boys, el disco homónimo de Salad Boys, unos chavales de Nueva Zelanda haciendo pop, es una excelente noticia al menos para los próximos dos o tres días. Puede que más tarde me olvide de ellos del mismo que olvidé en su día a grupos como Balkans, destellos momentáneos que aparecen de la nada en mitad de la vida y desaparecen con igual misterio, pero los segundos disfrutados con ellos habrán merecido la pena. Sólo me queda animaros a descubrir la fabulosa simplicidad, canónica y previsible, de Salad Boys. Es un grupo con el que se puede ganar mucho y se puede perder poco. Y por eso merece la pena.

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