A Sallie Ford ningún chico la invitó al baile de fin de curso. Ella prefería haberse quedado en casa ensayando con su guitarra a escondidas o soñando con que al día siguiente se despertaría pareciéndose a una de esas pin-ups con cuyas fotos se masturbaban los chicos de su clase. Sin embargo, obligada por su madre (‘a ver si te echas un novio ya hija, súbete esa falda y colócate bien ese escote’) acabó yendo al pabellón del colegio, donde una banda tocaba canciones lentas y las parejas bailaban abrazadas.

Sallie tenía ganas de irse, de llegar a su habitación y meter la cabeza debajo de la almohada. Esas escenas de muchachos restregando sus cebolletas de forma disimulada en la pantorrilla de las pijas con las que bailaban le repugnaban casi tanto como ese mejunje de color rojo al que, no sabía por qué, todo el mundo llamaba ponche. El grupo de meapilas que había sobre el escenario le estaba poniendo de los nervios, sus canciones lentas y melosas le estaban provocando arcadas. La forma en que la miraban las repipis de sus compañeras mientras la llamaban fracasada no hacía sino enfurecerla cada vez más…

De pronto, Sallie lo vio claro, ella no quería pertenecer más tiempo a ese circo, pesase a quien le pesase. Se marchó del pabellón dando un portazo, portazo que significaría el fin de su antigua vida y de las esperanzas de su madre de que acabase siendo esposa sumisa y madre servicial. Sallie no quería vivir así, quería beber hasta emborracharse, quería tocar su guitarra y, sobre todo, quería pasárselo bien.

Una personalidad arrolladora

Esta ficción que es el inicio del artículo, perfectamente podría haber sido un pasaje en la infancia de Sallie Ford, una cantante estadounidense que se metió en esto de la música hastiada por su trabajo de camarera con el que se pagaba los estudios universitarios en la fría e insustancial Portland, capital del estado de Oregon.

Como si de una niña con espíritu rebelde pero encerrada en una apariencia frágil y poco agraciada se tratase, a la usanza del personaje de Elisabeth Moss en esa joya que es Mad Men, Sallie ha ido evolucionando hasta desarrollar una personalidad artística rebelde y transgresora que llama a las cosas por su nombre, aceptando su liderazgo en su banda como algo obvio y cantando al disfrute de la vida desde el lado femenino de la misma, su forma de ver el sexo o la confrontación entre roles asignados.

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Esto ya de por sí es llamativo, pero el hecho que lo desarrolle todo desde una apariencia pretendidamente angelical basada en una estética propia de los años 50 o 60, no hace sino aumentar esa buscada pretensión rebelde, de liberación sexual y creativa, cuestión continuamente presente en sus canciones.

Estética y sonido fifty

Las referencias musicales de Sallie Ford y su banda son bastante claras y en ningún momento hacen por disimularlas. Mientras que otras bandas tratan que sus influencias queden ocultas tras capas sonoras o recursos propios de la falsa modernidad tan de moda estos días, Sallie Ford nos muestra quien es y qué es con total transparencia, haciendo que su propuesta resulte como un soplo de aire siberiano que recorre el desierto de Atacama.

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Desde los propios orígenes del Rock & Roll, The Sounds Outside construyen una propuesta en la que hay cabida para el legado de Elvis Prestley, las más sugerentes voces del Jazz Vocal de los años 40 y 50, el Cabaret de la época de entreguerras o el Rock más gamberro y desenfadado, todo ello con un halo de sencillez y frenesí Punk o Garage que hace de Untamed Beast uno de los discos más fáciles de escuchar y estimulantes de lo que llevamos de año.

Rockabilly, cabaret, garage… ¿qué más da?

Haciendo un breve repaso a lo que otras publicaciones han dicho al respecto de este Untamed Beast, vemos que no es que no exista unanimidad en cuanto a la ubicación estilística de las huestes de Sallie Ford, sino que la mayoría de ellas ha mostrado cierto, y en mi opinión, errado empeño en encuadrarlos en alguna de las corrientes de moda en el Rock actual, sin entender que lo que la oriunda de Portland y sus colegas nos presentan no es más que una propuesta de Rock atemporal que se encuadra a la perfección tanto entre lo realizado a mediados de siglo pasado como con lo que se viene realizando esta última década.

Ese sentimiento de atemporalidad que nos invade cuando escuchamos los primeros compases de ‘Addicted’ o de ‘Devil’, el aura tarantiniana de ‘Bad Boys’ o ‘Lip Boy’, el Cabaret de ‘Do me right’ o el Garage Punk de ‘Rockability’, demuestran que las canciones de Sallie Ford no están hechas para ser encuadradas en ningún momento estilístico pues sería dotarlas de una trascendencia espiritual contraria a la esencia de Sallie Ford. La norteamericana no canta a la reflexión, canta para que bailemos y reflexionemos sin darnos cuenta, todo ello acudiendo al falso recato que la cantante exhibe, con una apariencia nerd pero una actitud combativa y liberadora.

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Untamed Beast significa una suma y sigue en cuanto a todas las virtudes mostradas en el debut de Sallie Ford, añadiendo a la ecuación además una actitud aún más deshinibida, lo cual profundiza en el acierto que significa la creación de un personaje que parece sacado de una historia de liberación femenina y quema de sujetadores pero que aún vive en un mundo que oprime actuaciones o sentimientos acordes con este hecho.

8/10

Pocas veces una portada ha sido tan definitoria en la sutileza de lo que Untamed Beast nos muestra. Sallie Ford sigue desnudando su espíritu rebelde mientras nos distrae con su apariencia angelical. No todo es actitud en este disco, pero la misma juega un papel muy importante, y es precisamente, esa actitud, el rasgo que cada vez más gente adora de Sallie Ford. Incluído quien aquí escribe.

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