Supongo que os habrá pasado alguna vez. Salir de un lugar con la sensación de haber subido a una nube de la que nada ni nadie os podrá bajar. Recientemente he tenido esa ilusión unas pocas veces, lo más parecido a un síndrome de Stendhal de manual: al entrar en la catedral de Colonia, después de ver ‘La Grande Bellezza’ o sentado en una butaca del Teatro Lara, primera fila, a escasos metros de Sharon Van Etten.

Reconozco que uno llega con la predisposición a que ocurra algo grandioso, después de repasar una y otra vez los muy imprescindibles Are we there (Jagjaguwar, 2014) y Tramp (Jagjaguwar, 2012) y, dispuesto, sí, a enamorarse una vez más. Sería una temeridad limitarse a lo musical en un concierto de estas características donde todo importa, en este caso la personalidad de Sharon Van Etten forma una parte indispensable de las canciones tanto su ejecución o su voz.

Todas las canciones hablaban de…

Todo esto, mientras escuchaba canciones como ‘Afraid of Nothing’, ’Tarifa’ o ‘Save yourself’, hacía que me hundiera un poco más en mi mundo –en el sillón del teatro– y pensara en cómo hemos llegado hasta aquí (hasta los 30) y en cómo ciertas canciones moldean nuestros caracteres. Lo mismo sucede para el que las crea como para, en este caso, el que las recibe; ya que esa hora que pasas frente a una recreación de la vida de otra persona hace que quieras adentrarte por completo en su biografía, en cómo ha llegado también ella hasta aquí, en cómo ha transformado cierto dolor que todos conocemos en un humor exquisito no apta –como dice nuestro psiquiatra de cabecera– para gente muerta por dentro.

Dice Leila Guerriero que todo buen periodista debe ser capaz de entender lo que dijo el piano, pero también de entender cuándo es necesario in­formar sobre los calcetines del pianista. Este es el caso. ¿Tendríamos a Sharon Van Etten sin las relaciones que han marcado gran parte de su obra? Lo cierto, ella ya se ha encargado de reconocerlo, es que no. Nuestro pasado nos moldea en lo que somos hoy en día, nos lleva a tomar decisiones como, por ejemplo, escribir una canción. O quedarte frente a un público en mitad de un concierto para versionar la canción más trágica de la historia, como es ’Perfect day’ de Lou Reed. La sencillez de los pequeños detalles que siempre dejamos pasar.

Hace unos años Jonás Trueba lanzó una película con el mejor título de la historia: ‘Todas las canciones hablan de mí’. Nunca la he visto, pero pienso con frecuencia en el significado de la frase y en la gran verdad universal que encierra. Escuchamos música que nos provoca las sensaciones, de una manera o de otra, de que las hemos vivido con anterioridad. No he sido capaz de volver a ir a Tarifa, mi ciudad perdida, sin pensar en la historia que recoge una canción que está entre las mejores del año, como no he vuelto a ser el mismo desde la primera vez que escuché ‘Serpents’.

Me vais a perdonar. Ahora pienso que en realidad nunca estuve en el concierto (o eso creo), porque aún no me he despertado de mi sueño. Espero no hacerlo nunca: your love is killing me.

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