Ayer era la tercera vez que veía en directo a Sidonie, siendo las dos veces anteriores en las giras de Fascinado (2005) y Costa azul (2007), y vaya por delante que probablemente este último sea uno de mis discos nacionales favoritos. Es decir, son un grupo que me gustó mucho en su momento, pero que no conecté con el mismo entusiasmo con El incendio (2009), no porque su producción fuese “demasiado” accesible, sino más bien porque tenía un tono más festivo, liviano e intrascendente, y mucho menos con El fluido García (2011), que deja la impresión de que han querido camuflar bajo una producción psicodélica y excesiva unas canciones planas y menos inspiradas de a las que nos tenían acostumbrados.

No obstante, más allá del repertorio elegido, su trabajo en el estudio no tendría por qué repecurtir en mi percepción del concierto. Y no lo ha hecho, porque el problema no ha sido que centrasen su repertorio en sus dos últimos trabajos (unas tres quintas partes, algo perfectamente previsible). Lo que ha hecho que se me hiciesen las dos horas de concierto más largas que recuerdo ha sido el planteamiento que han hecho del concierto, afectando a casi todos los niveles posibles y situándose en las antípodas de lo que yo busco cuando veo a un grupo en directo.

Sidonie, como unos adolescentes entreteniéndose delante del espejo

Evidentemente, es una percepción personal, y a juzgar por la reacción del público, debo ser de los pocos a los que el concierto irritó. El recital se convirtió en una demostración excesiva y artificiosa de una concepción de espectáculo hecha para impresionar (supongo) al personal menos melómano. El volumen de los instrumentos bastante por encima de las voces (amigos, esto no es shoegaze, y os pasásteis al castellano para que el público entendiese lo que decían vuestras canciones) y primando los decibelios sobre el tempo, prolongaciones sin gracia, antinaturales e innecesarias de bastantes más temas de los habituales en un concierto (comparado con lo de ayer, el Be here now es conciso), y bastantes más poses intensas de las esperables en un grupo que no llene estadios (que si ahora tocamos todos en el suelo, que si ahora hago unos solos para que la gente vea que esto es “rock de verdad” con un foco solo para mí, que si ahora hacemos una instrumental larga y nuestro batería se pone a hacer equilibrios sobre el bombo).

Pero esto no queda aquí. Resulta frustrante que, por una vez que un grupo puebla de focos y le concede importancia a la iluminación de su escenario, lo haga para deslumbrar constantemente durante las canciones, siendo el grupo apenas una serie de sombras entre el humo y las luces cegadoras, o para apagarlas todas entre tema y tema, dejando el escenario (y al público a oscuras). Ya puestos, si la iluminación pretendía ir acorde con la psicodelia, faltaban proyecciones o colores (o drogas) para intentar simular una experiencia lisérgica, sinestésica o alucinatoria.

¿El sonido? Estuvieron intensos, ordenados y motivados, pero durante una gran parte del concierto el sonido fue demasiado ampuloso, incluso desnaturalizando algunas de sus canciones más antiguas (‘Costa azul’, ‘Fascinado’, ‘On the sofa’ o ‘Sidonie goes to Varanasi’), quedando, afortunadamente, casi intacta, la magnífica ‘Los olvidados’. Si intentamos obviar el onanismo instrumental atronador, fue interesante la manera en la que empastaron, en formato medley, ‘Tormenta de verano’ y ‘Feeling down’, o, con una mayor afinidad, ‘Bajo un cielo azul (de papel de celofán)’ y ‘Sylvia’. Primero, porque es una manera sutil y cómoda de repescar canciones de anteriores etapas que probablemente ahora no encajan tan bien en el repertorio y, segundo, porque es una manera ágil de desarrollar los temas y ofrecer algo distinto a lo que se ofrece en disco. Es decir, un valor añadido positivo. Como la interpretación entre el público de ‘Giraluna’, ya un clásico en sus conciertos.

No obstante, los aspectos positivos quedan sepultados por una excesiva e irritante búsqueda de la conexión con el público. No es necesario decir “Santiago” cada dos canciones, ni en prácticamente todas buscar las palmas del público (aunque fuesen correspondidas). La percepción de su nuevo manierismo en el escenario, su voluntad de retroceder en el sonido a la psicodelia de finales de los sesenta y el sentido del espectáculo de los ochenta (incluyendo un ‘Another one bites the dust’ sorprendente pero injustificable) suenan demasiado diferente de lo que proponía el grupo en concierto hace 4 años. La madurez no consiste en vestir con chaquetas o chalecos, ni en presentarse con nombres y apellidos, o en celebrar actuar en la “ciudad de Rosalía de Castro”. Si no va acompañado de un repertorio con cierta complejidad compositiva (como el de Costa azul), y en su lugar le concedes mayor protagonismo a los dos discos, en los que casi únicamente se habla de amor de una manera más superficial y accesible, lo único que se consigue es una pose, pero no un cambio en el espectáculo.

No sé si ahora venden más discos o entradas, pero si su propuesta va a seguir siendo ésta, ya no me interesa. Igual he cambiado yo más que el grupo, y el disfrute generalizado del público quizá me convierta en un amargado, pero nunca en un concierto me había sentido más a contracorriente que ayer. Quizá la respuesta a esto lo tenga la letra de ‘Nuestro baile del viernes’, habitual de sus bises, y que ayer fue la penúltima (cerraron con ‘El incendio’).

Hoy llegaremos hasta el cielo /
bailando canciones que ni conocemos / pero bailemos /
por un momento somos tan bellos y después tan mediocres otra vez

Imágenes | Tatiana Bermejo

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