Se las ha apañado muy bien Dave Grohl para que este año, al menos este último semestre, haya estado en boca de todos durante bastante tiempo. Sonic Highways ha dado mucho de qué hablar por las dos vertientes que componen el proyecto, el disco (RCA, 2014) que presenta las mismas características que cualquier disco de Foo Fighters (algunos temazos y algo de relleno de aceptable nivel), y el documental, ese medio que Grohl emplea para mostrar esa cultura musical de las distintas ciudades donde su banda ha ido grabando las canciones del disco e ir diseñando un mapa musical de Estados Unidos. O al menos el mapa musical de Grohl.

Antes de ponerme a desgranar la parte audiovisual de Sonic Highways voy a remarcar una obviedad pero que va a ser necesaria para poder comprender las piezas del puzzle que es este mapa: Dave Grohl no es periodista, es músico. No busca hacer una radiografía precisa de la historia musical de cada ciudad, sino que busca describir lo que supone para un músico como él estar en una ciudad clave para el blues, para el punk, para el country o para el rock.

Teniendo claro ese principio podemos entender que el documental presente un punto de vista bastante parcial, dejando muchas cosas en el tintero de cada ciudad y presentando mucho protagonismo a músicos, estudios o escenarios concretos. Puede chirriar bastante que por ejemplo en el capítulo de Washington se haga poco hincapié en Fugazi, sobre todo teniendo a Ian Mackaye como uno de los entrevistados principales, o que en Nashville casi se dedique el mismo tiempo a una figura clave como Willie Nelson que a un Zac Brown que cuenta con la simpatía del jefazo de Foo Fighters y lo ve como el reflejo de la esencia que debe marcar la música del mañana. O que se hagan ausencias flagrantes como Smashing Pumpkins en Chigago, The Byrds o Rage Against the Machine en Los Angeles, o más protagonismo a The Doors en esa misma ciudad o al Sludge Metal en Nueva Orleans.

Mirándolo desde el punto de vista de las ausencias está claro que uno puede sentirse decepcionado. Pero eso es quizá perder el foco del asunto y no centrarnos en lo que se nos está ofreciendo. Grohl aprovecha los recursos y la gran cantidad de personalidades musicales entrevistadas para describir cómo ha sido para muchos crecer musicalmente en dichas ciudades y como han vivido movimientos como el country, tanto en Nashville como en Austin, el hardcore o el go go en Washington, el grunge en Seattle, la psicodelia en Austin o el stoner rock en Los Angeles, con protagonistas que lo vivieron in situ como Mackaye, Chris Cornell, Dolly Parton, Steve Earle o Josh Homme.

Tener de director a un apasionado tan profundo por la música y su esencia como es Dave Grohl tiene ese arma de doble filo como ya mostró en su debut en este arte con el documental de Sound City Studios. No se centra demasiado en influencias de determinadas escenas pero sí explora escenarios clave para un músico norteamericano, como puede ser la historia de Austin City Limits o grabar en los Inner Ear Studios como muchas bandas de punk de Washington. Si uno consigue entrar en ese juego, termina encontrando aspectos muy enriquecedores para reforzar la visión que muchos pueden tener de sus bandas favoritas o ver con otros ojos grupos en los que antes uno no reparaba demasiado y, por qué no decirlo, descubrir unos cuantos grupos.

Grohl aprovecha la tesitura y la plataforma que le concede un coloso como HBO para hacer una reivindicación de aquellos músicos, productores o personas muy activas en la música. Vemos merecidamente ensalzados el papel del Preservation Hall en Nueva Orleans, la figura de Steve Albini, especialmente como productor, a Roky Erickson y sus 13th Floor Elevators, Dr. John o a Woody Guthrie. No los pinta como héroes anónimos pero Grohl remarca su importancia para la cultura musical norteamericana.

Un aspecto que no me termina de convencer es que Grohl no opte por dar rienda suelta a sus compañeros de banda para hablar de sus experiencias, siendo la figura del guitarrista Pat Smear como miembro de los angelinos The Germs la excepción que confirma regla. Estar en Seattle y no dar tiempo ilimitado a tu bajista, Nate Mendel, que tocó con un icono del emo como Sunny Day Real Estate es un debe importante, aparte de no preguntar a un tío con experiencia en el punk como Chris Shiflett en No Use for a Name por cómo le ha marcado el punk de Washington o a un batería criado en california como es Taylor Hawkins por cómo se disfruta como fan todo lo que una ciudad como Los Angeles ofrece musicalmente.

A pesar de eso, los Foo Fighters son una parte importante en este viaje ya que es la grabación de su disco la excusa para realizarlo. Las partes donde los miembros se ponen a grabar son un poco testimoniales, puesto que la verdadera importancia está en las entrevistas y en la indagación en los archivos (cabe remarcar el valor de los elementos audiovisuales empleados gracias a los recursos de la cadena). Al final de cada episodio podemos ver al grupo tocando la canción grabada en cada ciudad y observamos como nos muestran las letras que canta Grohl y claramente inspiradas en todo lo aprendido en las entrevistas y las visitas de lugares históricos.

A la hora de valorarlo, está claro que Sonic Highways no es el mapa musical norteamericano definitivo, pero tampoco lo pretende. Las ausencias se ven compensadas concentrando el objetivo en determinadas personalidades o hechos y dándoles su debida importancia, habrá quien diga que demasiada. Sin ser perfecto, esta serie ofrece, además de buen entretenimiento, un acercamiento bastante sincero de la música en Estados Unidos desde el punto de vista de quienes la crean y la promueven, no desde las que la analizan. Por otro lado, aparte de ser carnaza para sus haters, también sirve para definir mejor los márgenes en los que Foo Fighters se mueven y para trazar mejor la identidad musical de Dave Grohl.

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