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Squarepusher — Damogen Furies

Dicen, y no en vano, que Tom Jenkinson (alias de Squarepusher) se nos ha vuelto comercial. Que el prodigio de WARP y otrora estandarte del breakbeat junto a Autechre, Richard James o Amon Tobin ya no tiene nada nuevo que decir, tras 18 años de carrera y 14 discos a las espaldas. Entenderán ustedes que no hay que creerse todo lo que van diciendo por ahí.

Muerta la moda del dubstep, Damogen Furies (Warp Records, 2015) empieza con zapatilla, con bombo, bombo y más bombo comprimido y distorsionado y charles cerrado, drill y reverb sucia. Vamos, que no puede empezar mejor. Los breves ambientes funkies y calurosos de hace tres años en Ufabulum (Warp, 2012) han sido definitivamente aniquilados por el páramo frío y robótico del acid jazz y los sintes más infantiloides. Parece que Jenkinson juega con las expectativas del oyente y las ridiculiza, pervirtiendo el posible hype del gremio fiel y llevándoselo a un nuevo territorio: el gres de pista por la moqueta fina, la arena del festival por el cuero de los auriculares HiFi. Y bien que hace.

Esta no es la cara pop del inglés como algunos han venido a sentenciar: por momentos se eleva hacia las ignotas montañas del electro — Baltang Ort — emulando al virtuoso Aaron Funk, que se sumerge, con idéntica soltura, en los callejones del gabber más sucio — Baltang Arg — . Son apenas 45 minutos, pero cuarenta y cinco razones para ponerlo una y otra vez hasta entender cómo un tipo con su portátil y varias toneladas de samples es capaz de hacer mover la cabeza del más aburrido. Sin discusión. Tom se deja de sutilezas para eruditos y afiladores del glitch y se entrega al engorilamiento de polígono, a la flexibilidad reimaginada de un compás 4/4 y a los fuegos de artificio tratados desde el laboratorio — porque evadir la sobriedad no significa caer en esperpentos ramplones — .

Quizá este sea el verdadero Squarepusher

Habrá quien vea en esa cara deformada de la portada la erradicación final de su marca, la evaporación de un nombre transcendental en la electrónica contemporánea. Pero nada más lejos de la realidad: Tom es un animal escénico, no solamente una rata de estudio, disfruta de acompañarse de instrumentistas e imaginar melodías que, al final de la noche, nuestra cabeza no deje de corearlas camino a casa. No pretende quemar sus naves como carta de talento huido, sino echar al mar toda la flota y que el seísmo de las valquirias dibuje en las olas la misma grafía que dejarían miles de pies sobre un escenario pletórico de energía. O mejor dicho: este quizá sea el verdadero Squarepusher.

8,1/10

Un retorno es siempre un acto voluntario. Ya pueden ir a llamar a la puerta, que si decides enterrar el hacha como Mr. Doctor (Devil Doll), los fans pueden rezar misa. Y por eso muchos regresos implican hype, decepción y auto-engaño: si se vuelve a los orígenes estarán dando un paso en falso pero reafirmando un discurso anterior; si deciden borrar con todo tal vez caminen sobre arenas movedizas. Este año parece abocado, con Blur, Aphex Twin, Toto, Duran Duran y hasta Los Planetas, que bien se podrían haber quedado en casa, al retorno de los gigantes. Pero pocos tienen claro desde el primer segundo que la razón es una necesidad artística y no una fatiga o las prisas por hacer unos duros. La furia de Jenkinson no ignora el gancho melódico, el arpegio machacón o la danza de ritmos tribales, pero fundamentalmente apela a un primitivismo visceral — en tanto humano — , a la euforia y la estimulación pura. Damogen Furies no requiere mayor justificación. Squarepusher ha escupido la pesadilla que otros solo alcanzan a soñar.

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