Ir a un concierto en el que sabes cuál va a ser la canción con la que empiece la banda de antemano. Y cuál irá después de ésta, y la siguiente, y así hasta el final. Ir a un concierto en el que eres consciente de que se van a quedar en el tintero muchísimas de las canciones que más admiras de la banda en cuestión. A priori hasta parece que no apetece ir, como que tienta quedarse en casa bajo la incesante lluvia que viste el invierno gallego. Pero entonces Standstill salen al escenario, absolutamente oscuro, salvo unas proyecciones que visten el fondo de vidrieras, que también desaparecen posteriormente. Se hace de noche, negrura absoluta. De la nada un pequeño foco cobra vida mientras Enric Montefusco entona los primeros acordes de ‘Que no acabe el día’. Comienza Cénit.

Lo que pasa en los cincuenta minutos que transcurren a continuación son lo que llamaríamos, dejándonos de chorradas, una puta barbaridad. La música concebida como arte absoluto, como talento a disfrutar por muchos más sentidos que los que conlleva el mero oído. Una maravilla de la que aún cuesta hablar, con la que uno se emociona todavía al recordar ese estruendo al final del ¿cómo puede ser? que surje, entre las tinieblas, como ese rayo que enciende la noche y te sobresalta, te despierta, te excita. Estaba claro que nadie podría quedarse dormido, por muy dentro de la luz que estuviésemos ya.

Cénit no promete nada que no pueda dar a posteriori. Y seguramente debió contar con un mayor aforo, en un auditorio que contaba con un buen porcentaje de asientos vacíos. Tras la sobriedad de la bienvenida, ‘Conjuro de todos los tiempos’ ya dejaba adivinar la salvajada que íbamos a disfrutar, utilizando proyecciones y luces no tanto como artificio, sí consecución del objetivo de meter al público en las más interiores entrañas de Dentro de la luz. No hay nada mínimamente parecido, a día de hoy, en la música en directo dentro de la escena nacional. Nada. Un lujo. Espeluznante por si acaso. Decíamos adiós a todos los prejuicios, asumíamos que estábamos allí para disfrutar de algo mucho mayor que un concierto, mientras ‘Adiós, madre, cuidate’ desguazaba nuestras defensas.

Dentro de la luz seguramente no sea el mejor disco de Standstill (es algo que tenía más claro antes del concierto, ahora las dudas me asaltan), pero probablemente sea el más regular. Quizás no contenga momentos tan brillantes como aquel ‘¿Por qué me llamas a estas horas?’ de Vivalaguerra, pero no baja el listón en ningún momento. Abusa de la constancia y de la regularidad, esperas que llegue un momento más modesto, y no llega nunca, tocas el cielo, nada incómodo entre tanta belleza. Aquello había sido un inicio avasallador, dictatorial. De potencia exagerada. Se necesitaba esa pausa escalofriante que da ‘Pequeño pájaro’, en el que el videoclip proyectado de fondo, quizás de los momentos visuales más sencillos de Cénit, te encogía el corazón. Había llegado el amor, rezaba Montefusco.

No se si era amor o si otra palabra recogería mejor los coros de aquel final, que dio a entender que las inquietantes preguntas de ‘Nunca, nunca, nunca’ no iban a dejar que el recogimiento durase demasiado. No apto para oídos desentrenados, para sensibilidades mal entendidas. Standstill no se había acercado aún ni a su tema más radiable, y, por lo tanto, seguramente más conocido, pero ‘¿Puedo pedir?’ sirvió de adelanto para que, ahora sí, ‘Me gusta tanto’ fuese celebrada con unas momentáneas palmas desde el patio de butacas. Pero pocas y muy breves. Daba casi hasta vergüenza poder romper el hechizo con algo tan mundano como unas palmas. Nunca podremos decir que aquello se convirtió en una fiesta, pero sí se celebró la llegada al paraíso.

Como para recordarnos que seguíamos en lo mundano, Enric Montefusco cometió un pequeño fallo al entonar ‘Si vieras’ antes de una ‘Vuela, extranjero’ que ya casi empezaba a sonar por inercia en nuestras mentes. Si te pellizcabas, podías notar que no era un sueño, aunque tocases los coros, los gritos desesperados, las luces, el fino humo. Aunque sintieses que no sabías ni escribir formularios. Se nos escapaba entre los dedos, se escurría esa obra maestra que es ‘La casa de las ventanas’, posiblemente uno de mis temas favoritos de Dentro de la luz, que brilló con luz propia, al igual que ese final de fiesta enorme, con Montefusco volviendo a su taburete inicial, fusionando ‘Un sitio nuevo’ con ‘Que no acabe el día’, finalizando como al principio, mientras una cónica luz lo tiñó todo de verde, haciendo incluso imposible ver a la propia banda. Convirtiendo tu vida en una banda sonora, toda ella. Uno de los espectáculos más bellos que he visto nunca.

Standstill en Hipersónica

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