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Standstill: repaso discográfico (I)

Este martes los barceloneses Standstill ponían fin a su carrera como banda. Aunque en realidad se habla de cese indefinido, con lo de dejar puerta abierta a reuniones se refiere, lo cierto es que el comunicado daba a entender un agotamiento suficiente como para pensar en que aunque no se ha mencionado la palabra “separación” tal cual, no será fácil volver a verlos juntos sobre un escenario.

Standstill se habían convertido en una de las bandas más singulares del estado español. Si el objetivo de todo grupo es ir creando un discurso propio, un universo particular, alejado de imposiciones o movimientos exigidos, ya no por la industria o por el mercado, sino también por sus propios fans, esos fueron ellos.

Tras haber conseguido cierta repercusión con un estilo, bajo una etiqueta, alcanzar un reconocimiento reseñable más allá de los Pirineos, Enric Montefusco y los suyos (algún cambio de formación mediante) dieron un golpe de timón tal que es difícil encontrar otro con el cual compararlo. Básicamente porque las cosas del pasado se les iban quedando pequeñas, porque sentían que el paso más lógico era el que le pedían las tripas. Así han ido trabajando durante casi dos décadas. Así, hasta que, mientras muchos esperábamos que Cénit muriese en La Riviera, el próximo 3 de junio, para empezar a pensar en lo siguiente, en otro nuevo regalo, la banda decide que hasta aquí han llegado. Que gracias por venir, que eso de ‘una cosa más vamos a cantar’ ya no tiene mucho sentido.

En Hipersónica, Standstill tienen opiniones muy encontradas. Coherentes, seguramente, con su propia carrera, de extremos tan afilados siempre. En cualquier caso, al leer la noticia de su disolución, servidor tuvo claro que merecían un agradecimiento, no póstumo, pero casi. Porque los homenajes hay que darlos en vida, a poder ser. Y para esa veneración, sirva un repaso a los siete discos que Standstill publicaron durante su carrera.

The Tide (D.I.Y y Heart in Hand, 1998)

En un formato quinteto del que tan solo Enric Montefusco y Piti Elvira se mantuvieron hasta hoy, Standstill lanzaba su primer Lp en un par de discográficas distintas, en Badalona y Madrid. Con Wero Pérez como segundo guitarra, Cristian Pérez al bajo y Jordi González en la batería, The Tide se mostró como un debut arrollador. Un puñetazo en la mesa desde el ruido, el vigor y la pujanza. Con el encanto de lo amateur todavía presente, con cierta necesidad de pulimento, pero lo suficientemente poderoso como para que su nombre estuviese desde bien pronto en boca de muchos. Principalmente entre los seguidores de la escena hardcore no solo española, sino europea, que no tardó en abrazarlos gracias al nervio de cortes como ‘Circle’.

Standstill dejaban un poso de atractivo incluso para aquellos que no comulgábamos entonces con sus filias con el metal. Sería un inepto si, a nivel personal, dijese que aquella banda me fascinó desde aquel momento. No lo hizo, pero la adherencia que tanto allí como aún ahora me hace sentir ‘Circus’, mi canción favorita del disco y todavía hoy sobrecogedora, con una irreconocible voz de un Montefusco casi imberbe, sí la recuerdo con cariño. En todo caso, The Tide necesitaba un paso adelante. Un discurso más fino, cierta profesionalización. Y además de todo eso, está claro que no era lo mío.

The Ionic Spell (BCore, 2001)

Ahora sí. No me pregutéis si fue el cambio de banda (sacamos a Cristian y Jordi, metemos a Elías Egido y a Ricky Lavado), si fue el salto a una discográfica del calado de BCore o si tuvo algo que ver que Santi García tomase los mandos de la grabación en el Estudio Locate 0 de Barcelona (donde ya se había parido The Tide). Pero ahora sí. Standstill logró plasmar en su segundo disco lo que por momentos ya conseguía su debut. Como si todo estuviese más claro en la mente de la banda. Como si la potencia, el desgarro y la angustia encontrasen una vía canalizadora mucho más eficiente. Se da un paso adelante en las melodías, en la producción, en prácticamente todo. El perfeccionamento de su cara emo, y, al tiempo, su primer acercamiento a momentos más transitados en el futuro.

Desde la tormenta perfecta que se descarga en ‘Words’ con una melodía ya mucho más cuidada, más inspirada, The Ionic Spell no deja de golpear una y otra vez tu materia gris. Y no, tampoco son estos los Standstill que me enamoraron, pero cortes tan elaborados como ‘Treasure’ o ‘Naked Monkey’ o pequeños entremeses con sabor a jazz, de la mano de ‘The Farewell Notes’, además de las sacudidas incontenibles de ‘Two Minutes Song’, seguían invitando a pensar que el techo de la banda estaba muy lejos. Es más, que no se sabía del todo de qué pie cojeaban, ni cuál sería su siguiente paso. Tras la garganta destrozada de Montefusco convivían un sinfín de matices buscando un espacio dominante que ninguno se acababa de apropiar.

The Memories Collector (BCore, 2002)

El inicio del fin del post-hardcore, a pesar de lo que pudo haber parecido comenzar el disco con ‘Ride Down the Slope’. Pequeños pasos, casi imperceptibles, hacia lo que hoy son Standstill, o lo que en el fondo fueron siempre. Y eso después del considerable éxito de su disco previo. A lo valiente. Caminos tortuosos, que exploran mil terrenos en un mismo tema, ‘Always Late’. Sus primeros escarceos con el pop-rock más clásico se ven en The Memories Collector en canciones como ‘Dead Man Picture’, si bien no acaban convirtiéndose en hilo conductor de nada. El tercer disco de Standstill es su trabajo más ecléctico, y, probablemente, el menos meritorio, a pesar de que teóricamente la continuidad de Santi García en la grabación, y el único cambio de Wero por Carlos Leoz en las guitarras garantizaban una cierta constancia. Cuando uno intenta captar un discurso en ‘Two Poems’, trabajado y muy bien ensamblado, cuesta volver al caos de ‘Skies and a Mouse’.

The Memories Collector acerca a Standstill al momento en el que conectaron emocionalmente con el que escribe esto. No es tan cierto que hubiese una ruptura demasiado abrupta entre este disco y el siguiente (por no mencionar que entre medias vino The Latest Kiss, en formato acústico, un giro más marcado si cabe). Cadencias como las de ‘Welcome’ se podrían incluir en casi cualquier disco posterior, y la forma en la que Enric utiliza su voz en este disco pasa a ser memos áspera. Menos rabia interna, menos dolor, más matices. Aparece el Montefusco que se presenta como un gran cantante, como un portador de una voz singular, apartada de aquella menos reconocible de sus discos previos. Mayor preocupación por trabajos melódicos, vía ‘Mathusalem Syndrome’ y final arrollador, de la mano, entre otros, de una inquebrantable ‘Memories Collector’. Con todo, sigo sin concebir este disco sin que escape del concepto “de transición”, un camino hacia alguna parte, pero con el destino poco concreto. Corriendo el riesgo de perderse por el camino y acabar desorientándose para siempre.

El futuro era, quizás, incierto.

*Foto: Silverthree

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