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Steven Wilson — Hand.Cannot.Erase

Tu caso es kafkiano, porque tú has ganado, has demostrado en diferentes fases de este proceso que tenías razón. Pero has perdido…

Lapidarias fueron las palabras con las que Jordi Évole cerró la entrevista a Zaida Cantera, una entrevista escalofriante tanto por el contenido como por la impotencia en la que nos fue sumiendo poco a poco. El caso, un intento de abuso sexual que derivó en acoso y posteriormente en una caza de brujas dirigida desde la cúpula de una institución comandada por hombres, falta de la menor sensibilidad, carente del más mínimo raciocinio en su funcionamiento interno, anacrónica en su relación con la realidad que vivimos. El poso que dejó la entrevista fue de desamparo, de retiro obligado pues ni la institución hace lo suficiente para que actos como el de Zaida sean perseguidos ni la sociedad presiona con la intención de permeabilizar a la institución, lograr que absorba conquistas sociales que hagan posible que abusos de este tipo sean castigados.

El resultado, Zaida acaba acorralada, acomplejada, sumida en un retiro en el que su salud mental acaba convirtiéndose en el último bastión, en el único tesoro a guardar una vez orgullo, autoestima y honra han acabado ultrajados. El futuro pinta anodino, alejado de sueños por hacer realidad, un olvido que se irá haciendo patente conforme el tiempo vaya convirtiendo al escándalo en el polvo que desaparece cuando sopla el viento. No será encontrada dentro de tres años con el televisor encendido y su cuerpo marchito, pero en su paso al anonimato Zaida Cantera habrá perdido, pues el olvido es la mayor derrota de la víctima, el olvido que convierte al delito en acto impune, el olvido que permite al agresor salir indemne mientras la agredida vivirá atemorizada de por vida.

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El paso del tiempo, la inocencia perdida que se convierte en rémora, en un recuerdo tan vago que la realidad acaba convirtiendo en inexistente. Una sociedad que avanza imparable, devorando víctimas, dejando cadáveres a su paso sin que los que siguen en pie sean capaces de aprender las lecciones que van dejando las derrotas. Una sociedad impasible, impersonal, que permanece inalterable ante el abuso pues quien se para a denunciar no será capaz de recuperar ni el ritmo ni el rumbo. Una sociedad que mancilla al débil, que lo usa como combustible pues del consumo y la agresión descontrolada se alimenta el paradójico progreso, un progreso en el que los banquetes son para unos pocos y las migajas y los huesos por roer son para la mayoría. A todo esto alude Steven Wilson con el disco más emotivo que hemos podido escuchar en los últimos tiempos. No tanto por el componente melódico existencial que protagoniza gran parte del minutaje, sino porque los trazos que dibuja, mezcla de ficción y realidad, su realidad y la de Joyce Carol Vincent, relatan a la perfección en qué nos hemos convertido, en qué nos hemos equivocado, hacia dónde vamos si no somos capaces de anteponer el sentimiento de pertenencia a un todo a un estúpido individualismo que va a acabar convirtiéndose en nuestra perdición.

Hand.Cannot.Erase: un homenaje convertido en denuncia

La inocencia que se esfuma, el dolor que la sustituye y la liberación que sucede a la muerte son las tres sensaciones que protagonizan Hand.Cannot.Erase (Kscope, 2015), tres emociones que hacen de cicerón en una historia personal que podría ser la de cualquiera de nosotros. El triunfo de Steven Wilson en esta ocasión está precisamente ahí, en lograr que la pulcritud del virtuosismo, la efectividad ineficiente no eclipsen a la verdadera razón de ser del álbum a pesar de que se enmarque en un estilo que suele centrarse más en el cómo que en el por qué. Muchos son los que han caído en el pasado confundidos por formalismos que se convirtieron en norma, por desfiles aparentes que se perdían en el horizonte mientras miraban al origen del arte por encima del hombro. La decadencia del Rock Progresivo a finales de los setenta llegó por ello, por una apuesta creciente que olvidó la melodía sustituyéndola por la ampulosidad técnica, por una vanguardia que finalmente no fue tal pues de su ortodoxia procede su derrota, una derrota que demuestra que la vanguardia que fracasa realmente no es vanguardia.

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Consciente de lo anterior el compositor inglés ha construido su carrera en solitario como una búsqueda existencial, respondiendo de inicio a las incógnitas dejadas por el último álbum de Porcupine Tree para después ir corrigiéndose a sí mismo, primero con un ejercicio rebosante al que el paso del tiempo ha dejado en una posición un tanto incoherente para posteriormente revisitar las raíces obteniendo de las mismas la inspiración que en Hand.Cannot.Erase ha cristalizado en uno de los álbumes más equilibrados de su más que extensa carrera. Equilibrado no por la presencia en su seno de dos mundos enfrentados que se torna en batalla conforme avanza el reloj, sino por la sensación de obra redonda que deja una vez es comprendida en su conjunto, una vez la diada instrumentación y lirismo se ordenan en nuestra mente como un puzzle recién terminado.

El cuarto álbum de Steven Wilson no es sólo un paseo por la vida y muerte de su protagonista, no es sólo una denuncia frente al olvido que hunde a la víctima en la revictimización

Gran parte del acierto pertenece al espíritu cinemático del álbum, a la intención más que patente de que Hand.Cannot.Erase sea cine sin imágenes, con solos de guitarra que equivalen a llantos desconsolados, con jams frenéticas que sustituyen a desequilibrios mentales originados por un trauma de origen violento, con cambios de ritmo que reflejan debates interiores y voces discordantes, y gritos o lamentos que sustituyen a sentimientos de ira o derrota. El cuarto álbum de Steven Wilson no es sólo un paseo por la vida y muerte de su protagonista, no es sólo una denuncia frente al olvido que hunde a la víctima en la revictimización, es un álbum fotográfico en el que se da más valor al sentimiento posterior al evento que al evento en sí, es un pase de diapositivas en el que la imagen se convierte en sonido y en el que el sonido dice mucho más que mil palabras.

Un catálogo de recursos casi inagotable

Constatación del espíritu cinemático del álbum es lo evidente que se muestran los ineludibles planteamiento, nudo y desenlace, fluyendo el álbum con naturalidad y comodidad a pesar de la patente diferenciación de los actos, volviendo a leitmotifs que se aferran a nuestra mente para regresar a ella aunque el álbum haga tiempo que llegó a su fin. Cada momento es clave pues todos son consecuencia del anterior, la narración no se detiene a pesar de la minuciosidad de rigor, nada falta y nada sobra una vez te has sumergido en un acto de redención para un espíritu que un día no aguantó más, una víctima cuyo debate interior pesaba tanto que acabó siendo arrastrada hacia el abismo.

Steven Wilson demuestra que el debate al respecto de la innovación en el Prog es estéril

Los detractores vuelven a tener en bandeja el argumento de la influencia o el homenaje aunque esto no es algo que parezca atormentar a Steven Wilson, imperturbable en su oda a Robert Fripp en Grace for Drowning (Kscope, 2011), exquisito este 2015 en su personal muestra de lo que debería haber sido, o haber recogido, el decimoquinto disco de Pink Floyd. El londinense no se corta un pelo a la hora de reconocer en dónde está su origen, homenajeándolo, eliminando toda disyuntiva afirmando que hablar hoy de vanguardias o exploraciones a terrenos inhóspitos es una pérdida de tiempo y de energías residiendo la clave del éxito en cómo utilizar las herramientas existentes, demostrando que el debate al respecto del futuro del Rock Progresivo es estéril, confirmando que la clave de la supervivencia de la escena no reside en la ruptura de esquemas o el malabarismo. La apuesta de Steven Wilson confirma que en su paso a la clandestinidad llegados los ochenta el Rock Progresivo acertó escogiendo el camino marcado por Pink Floyd en una obra como Wish You Were Here (EMI, 1975), apostando por un espíritu Pop que actuó como peaje inevitable en una travesía en dirección tangencial a la marcada por la exigencia del público, buscando una confluencia que cristalizó en el éxito de bandas como Marillion y que hoy afianzan bandas como Anathema, The Pineapple Thief o Riverside y Leprous en la matización de su origen metálico.

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Ahora la duda está en dónde va a ubicar el paso del tiempo a Hand.Cannot.Erase, un disco quizás más modesto en lo técnico que el exquisito The Raven that Refused to Sing (Kscope, 2013), un disco que parece estar uniendo a la crítica pero dividiendo a alguno de los seguidores más ruidosos del otrora líder de Porcupine Tree. Polémicas a un lado, el cuarto álbum de la carrera en solitario de Steven Wilson mantiene al músico en su estatus de líder espiritual de la escena, con un catálogo casi inabarcable de referencias y respuestas que ofrecer, con un área de actuación mucho más amplia que la de cualquiera de sus competidores.

8.6/10

En este 2015 se ha permitido el lujo de abandonar la ficción y retratar una realidad cotidiana a pesar de ser invisible en la mayoría de las ocasiones. Algo así como lo que hizo Jordi Évole al dar voz a Zaida Cantera, alejándose del efectismo que suele ser norma en su programa y permitiendo que la crudeza de la realidad sea la verdadera protagonista, permitiendo que una víctima sin voz hable para que como sociedad no volvamos a tropezar con la misma piedra. Puede que no hayamos aprendido la lección, la indiferencia de nuestra sociedad es demasiado tozuda, pero nuestra conciencia nos estará azotando semanas hasta que el machismo vuelva a atacar de nuevo. Que lo hará.

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