Steven Wilson, su disco en femenino y algunas cosas más

Joyce Carol Vincent murió un día sin determinar en diciembre de 2003. Lo hizo sola, abandonada, olvidada. Tanto que nadie se dio cuenta de su ausencia pasados 3 años de su muerte. La televisión de su casa permaneció encendida todo ese tiempo, acompañando su cadáver mientras se marchitaba lentamente, ocultando al resto del mundo un trágico final que no era más que un triste epílogo para una vida marcada por la violencia doméstica y el temor al rechazo por la condición de víctima.

Ésta es la desgarradora historia que Steven Wilson nos va a contar en Hand.Cannot.Erase (Kscope, 2015), un disco que verá la luz el 27 de febrero y del que ya hemos podido escuchar, a escondidas, el tema que le da título. El propio músico británico define al álbum como un disco en femenino, una obra desde la que se aproxima a una historia de olvido y abandono en un mundo que no sólo es hostil hacia las víctimas de la violencia machista, que lo es y mucho, sino también hacia toda mujer que decide emprender su propio camino sin padrinazgos ni empujones o compañías vestidas de testosterona.

De Jynx Dawson a Sabrina pasando por Kate Bush: iconos del sonido en femenino que muy poco tienen que ver entre ellos

No cabe la menor duda de que la campaña para rescatar a la otrora musa del Rock Progresivo Kate Bush desde la prensa británica especializada y las pertinentes remasterizaciones realizadas por Wilson tienen bastante que ver en la gestación del esperado nuevo álbum y concepto del líder de los estancados Porcupine Tree, al igual que tampoco ofrece dudas que detrás del concepto del álbum existe un ansia por dar espacio a un punto de vista, a una sensibilidad que representa a más del 50% de la población pero al que el mundo de la música o bien oculta o acaba utilizando de forma un tanto torticera.

Los años sesenta suponen el inicio de muchas cosas, algunas que hablan de la presencia de la mujer en el mundo del Rock y otras que lo hacen sobre el principio del tópico del que ha derivado el prejuicio y la discriminación, que en este caso pocas veces es positiva. Jynx Dawson y Grace Slick irrumpieron construyendo un feminismo que el tiempo o ellas mismas han ido degradando, escondiéndose la imagen de Coven en una sensualidad que por sí misma no es negativa pero que por saturación opera en contra de canciones que en 1971 hablaban de liberación sexual, brujería como analogía de la mujer como ente de pecado divino y virginidad como tiempo perdido.

Y es que la lucha por la liberación sexual de la mujer paradójicamente acabó desembocando en la construcción de un arquetipo que convierte su cuerpo en objeto en el universo de la cultura Pop, un arquetipo del que muchas se han servido pero que muy poco ha hecho en favor de la igualdad de género y sus consecuencias para el mundo de la música. Janis Joplin es quizás aparte de figura coetánea a las anteriores un ejemplo paradigmático, una figura que se desnudaba como forma de transgresión pero que cuyo desnudo acabó actuando como reclamo y apagando una voz quizás ensordecida al percibir que el mensajero y su “atuendo” habían devorado al mensaje.

Como sucedió con casi todo, la cosa se complicó en los ochenta. El punk y Las Vulpes, Siouxsie Sioux y el Rock Gótico, Tina Turner, Madonna, Sabrina Salerno. Todas se sirvieron en mayor o menor medida de su condición de mujer, de la condición que el mundo del Rock y el Pop les asignaba para abrirse paso. Las primeras por lo exótico de la juventud y la inocencia de una transgresión que era mero producto de una época y las últimas actuando como modelos de lencería que lo insinuaban o directamente lo mostraban todo. ¿Es esto último criticable por sí mismo? No, pero el tiempo, como siempre, demuestra que de ciertos polvos vienen determinados lodos.

El tópico ni se crea ni se destruye, solo se transforma

Y hoy, casi 50 años después de la aparición de la mujer en el Pop y el Rock, sigue sin superarse el papel de sumisión que le ha otorgado la sacrosanta sociedad occidental, ya sea desde la óptica de la virginidad que nadie debería vulnerar o desde la sodomía personal que significa tratarla continuamente como objeto sexual. Algo así como pasar de la virginidad de la infancia a la perversión de la prostitución en la madurez, algo que análogamente entronca con el empeño eclesiástico de que la mujer solamente pueda ser una inocente niña, una esposa sumisa o una sucia ramera que vende su cuerpo a cambio de a saber qué.

Afortunadamente la realidad no es tal y contamos con artistas empeñados y empeñadas en constatarlo. Acertadamente en sus inicios Sallie Ford a pesar del desliz final, coherentemente siempre Pj Harvey y muy comprometidos políticamente Dream The Electric Sleep. Steven Wilson viene este 2015 a aportar su punto de vista desde la doble victimización que supone la violencia doméstica y el posterior olvido, la muerte de Joyce Carol Vincent en soledad, alojada en un apartamento con un arriendo social en el que se escondió para huir de una vida de vejaciones e imposiciones, actos complementarios y que son todos síntoma de una sola enfermedad.

Lejos estamos de alcanzar el ideal a pesar de que en la mayoría de las ocasiones el florero no lo sea por imposición, pues a pesar de la libertad para decidir mientras el cuerpo de la mujer siga siendo por sí solo un reclamo comercial la brecha no se habrá cerrado. Y esto depende no sólo de la propia mujer o del público como masa con capacidad de elección y decisión. También depende del compromiso de artistas que, independientemente de su género, sean capaces de transmitir un mensaje que no sea devorado por el mensajero, que demuestren que la mujer puede ser protagonista de historias que vayan más allá de la dependencia o sumisión sentimentaloide y que logren plasmar conflictos de género sin caer en el maniqueísmo que resta más que suma.

Steven Wilson es el próximo artista en someterse al examen. Y lo superará, con él no tenemos nada que temer.

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