Taylor Swift, Spotify y los restos de una industria que no acaba de morir

Ya lo habréis leído en muchos sitios: la semana pasada Taylor Swift retiraba su música de Spotify, siguiendo con su idea, manifestada en más de una ocasión de que “la música no debería ser gratis”. La historia sigue llenando páginas con declaraciones y contradeclaraciones de los afectados y mientras el CEO de Spotify Daniel Ek declaraba este martes que Swift podría haber cobrado hasta seis millones de dólares al año de haber mantenido su música en la plataforma, el jefe de su sello Scott Borchetta decía que el año pasado sólo habían cobrado 500.000 dólares en reproducciones domésticas el año pasado, a lo que Spotify ha respondido que la artista ha generado en los últimos 12 meses 2 millones de dólares en royalties. Como explican en The Verge, todas esas cifras aparentemente contradictorias podrían ser ciertas (cada uno está simplemente seleccionando los números que más le interesan), pero de momento la cuestión es que la batalla sigue abierta.

De cualquier manera, el caso vuelve a poner de manifiesto el complicado encaje de las plataformas de streaming en la nueva industria musical (si es que tal concepto todavía existe) y si los indudables beneficios que suponen para los artistas en términos de difusión son rentables para éstos en el lado económico. La lista de músicos que se han manifestado en contra del modelo de Spotify es ya interminable, desde Patrick Carney (“roba sus royalties a los artistas”) a Thom Yorke (“es el último pedo desesperado de un cadáver moribundo”) o Placebo (“sólo les interesa hacer dinero a costa del trabajo de otros”) y cada vez son más quienes ponen en cuestión un modelo que, según supimos el año pasado, reporta a los músicos entre 0,006 y 0,0084 dólares por reproducción.

Por otra parte, esta historia sirve también para confirmar el nuevo estatus de estrella mundial que ha alcanzado en este 2014 Taylor Swift, a pesar de lo que le ha costado entrar en determinados mercados, como España precisamente. Si ella lanza este órdago es evidentemente porque se lo puede permitir y porque es en este momento una de las pocas artistas que puede vender una cantidad realmente destacable de discos, lo cual supone unos ingresos directos mucho mayores de los que cualquier servicio de streaming puede proporcionar.

O dicho de otro modo: Taylor Swift es una de las pocas personas en el mundo de la música que al poner su música en streaming realmente deja de ganar dinero, el dinero que le reportarían las ventas del formato físico y las descargas legales. Recordemos que 1989 ha vendido más de un millón de copias en su primera semana en Estados Unidos y más de 400.000 en la segunda. Para que os hagáis una idea, si hablamos de los discos más vendidos en Estados Unidos en lo que llevamos de año, la banda sonora de Frozen sigue en cabeza con una cifra extraterrestre cercana a los tres millones de ejemplares, pero en lo que respecta al resto, Beyoncé , el número 2 con datos a mitad de año, ha colocado unas 700.000 de su disco homónimo y Coldplay, 589.000 de su Ghosts Stories. Otra liga. De hecho, la revista Forbes dedicaba recientemente un artículo a la posibilidad de que 1989 fuese el último álbum de platino de la historia, en el sentido de que parecía que ya no había hueco para fenómenos de este calibre. Está claro que lo de dejar el country ha sido defintivamente una buena idea para Taylor Swift y también que todavía queda espacio para que un (reducidísimo) grupo de estrellas pueda seguir haciendo mucho dinero con esto de la música. Y lo más sorprendente: a estas alturas del partido, ese selecto club todavía acepta nuevos socios.

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