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Teenage Fanclub cuando se acaba el verano

No creo en el pop meteorológico. Las canciones no suenan a las estaciones del año: son las estaciones del año las que se visten de Violent Femmes o Death in June. Lo hacen a nuestra imagen y semejanza, o al menos a la mía, porque los discos llegan y se van pero su recuerdo perdura encorsetado a un momento y un lugar. El momento y el lugar de Teenage Fanclub en mi vida data de hace unos cuantos años, no demasiados, y del punto exacto en el que el verano se transforma perezoso y lacónico en el otoño. Ese momento indeterminado cada vez más largo y aborrecible en el que la rutina conquista de nuevo la sociedad mientras el sol sigue invitando a llevar pantalones cortos. La crueldad de los tiempos modernos, los días más fascistas del calendario, un motivo más que de sobra para odiar este mundo.

Hoy es uno de esos días y no he podido evitar recordar a Teenage Fanclub cuando, hace unos cuantos años, tampoco demasiados, acudieron a mi rescate. En las canciones de Teenage Fanclub reside el esplendor del verano, es cierto, pero sus discos no nacieron para disfrutarse durante el verano. Esta aparente paradoja se explica gracias a ‘Alcoholiday’: la conjunción de melodías power pop, guitarras eufóricas y eternas, con una melancolía adolescente de lo más desasogante. ¿Cómo podrían ser Teenage Fanclub el acompañamiento idóneo a los días de julio o agosto, a las piscinas y a los granizados de limón? Ahí hay demasiadas cosas irrelevantes que disfrutar. Para qué querríamos lamentarnos de nada cuando es posible salir por la noche y olvidarse la chaqueta en casa. Teenage Fanclub cuadran mejor cuando la luz tenue del incipiente otoño provoca el desmayo de las hojas caducas, cuando las calles se vacían de niños y mueren las serpientes de verano.

Bandwagonesque (1991, Creation) y Grand Prix (1993, Creation). Los dos discos. Hay muchos más porque Teenage Fanclub siempre logran publicar al menos dos o tres canciones inolvidables por álbum. Hay muchos motivos para adorarles y yo elijo este: el ancla que aún me arrastra hasta las vacaciones, la transición amable hacia el otoño. En la fatalidad de septiembre cada uno encuentra salvavidas donde más le apetece, o donde puede, y el mío es tan simple como el esplendor pop de ‘Neil Jung’ — el velado homenaje que dedican a Neil Young, que en justicia creó la primera canción de Teenage Fanclub cuando compuso ‘Powderfinger’ — o ‘Is This Music?’, aún en una nube de amor no correspondido, tantos años después. Las canciones de Teenage Fanclub desaparecerán poco a poco de mi reproductor, del mismo modo que el calor se apagará en dos o tres semanas, y volverán con esplendor inusitado cuando las necesite para recordar otra vez.

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