Comentaba mi compañero Gallego en un monográfico al respecto de la obra y gracia de Mike Patton que el californiano es una especie de enfermo que sufre impulsos irrefenables encaminados a buscar lo imposible, que siente una incontrolable necesidad de expandir un universo propio del que una sola porción ya es más que el infinito para todos nosotros. La alegoría se tornaba algo excesiva visto el resultado de las últimas obras protagonizadas por el vocalista de Faith no More, pero escuchado Geocidal (Ipepac 2014) no es que se borre de un plumazo la sensación de tedio de discos como Oddfellows (Ipepac 2013), es que uno vuelve a sentir con vida al genio detrás de impresionantes bizarradas como Disco Volante (Warner, 1995) o The Director’s Cut (Ipepac, 1999).

Evidentemente afirmar o siquiera insinuar que Geocidal pueda estar a la altura de obras canónicas como las de Mr. Bungle o Fantomas es una temeridad, pero si nos resguardamos en el espectro de las sensaciones es innegable reconocer que plantea la disyuntiva entre genial experimentación o locura experimental ante la que uno solía encontrarse cuando se enfrentaba a una obra firmada por Mike Patton durante la década de los noventa.

Es muy arriesgado hablar en términos cualitativos de un disco en el que toda consideración acaba remitiendo a lo cuantitativo, a esos momentos en los que acabamos pensando “joder, el cabrón del gominas lo ha vuelto a hacer”. La magia huye del virtuosismo como parapeto y se refugia en sensaciones que hablan de obscenidad, escatología y oligrofrena planteando ecuaciones que me temo vamos a tardar mucho tiempo en resolver, mientras la reconocida maestría de Anthony Pateras al piano queda sepultada por el alud de excentricidad que Patton despliega desde sus inimitables juegos vocales, una excentricidad que estalla tras haber sido contenida durante, quizás, demasiado tiempo.

Geocidal es un viaje que parece llevarnos a las entrañas de África pero que en realidad nos lleva a una irrealidad dantesca

Decía Pateras que el disco había sido grabado desde múltiples ciudades y países como forma de plasmar un viaje que quizás no era físico pero sí espiritual y así ha sido, quizás no con la sensación de traslación física o geográfica pero envolviéndonos en una espiral de opresión lisérgica que habla de rituales tribales, de noches al abrigo de la locura de un chamán que introduce hormigas venenosas en nuestra garganta como acto de iniciación. Geocidal es un desfile de cuerpos deformes que se contonean a nuestro alrededor agitando algo que podrían ser maracas pero que en realidad son vesículas animales llenas de guijarros, es una nube de muñecos vudú lanzados por los aires dejando a su paso una estela de polvo que perfectamente puede ser peyote machacado, nublando nuestra visión a su paso para posteriormente sumergirnos en un caleidoscopio colorista que hace estallar nuestros globos oculares.

El enigma tribal se plantea desde sonidos que van del Trip Hop al Jazz más experimental, nunca con la intención de hablar de un carrusel de virtuosismo sino más bien como plasmación de una excentricidad para la que la ortodoxia se ha quedado muy pequeña. Volviendo al terreno de las sensaciones es sencillo acordarse tanto del hipnótico First Utterance (Dawn Records, 1971) de Comus como de lo más controvertido del maestro Frank Zappa, Geocidal ofrece momentos que van desde la calma tensa hasta el frenesí más diabólico, una caída al infierno que pasa de lo espiritual a lo estrictamente dantesco (si se me permite la expresión).

7.7/10

Como decía más arriba, se hace complicado sacar conclusiones cualitativas al respecto de un disco que habla de sensaciones que huyen de lo numérico. Habrá calificaciones o descalificaciones para todos los gustos, dependiendo de lo libres de ataduras que estemos a la hora de enfrentarnos a Geocidal. Lo mejor, sin duda, es que rescata el espíritu transgresor de Mr. Bungle sin tener que recurrir al metálico Avantgarde. Lo peor, que requiere una apertura de miras con la que no creo contemos todos. Disfrutadlo si podéis.

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