Es difícil determinar cual es el tiempo ideal que debería separar un lanzamiento de una banda del siguiente. Claramente no es aplicable a todos los tipos de grupos y muchos factores influyen para determinar ese periodo de tiempo idóneo, como el estilo de música que tocan o el grado de cariño que sentimos por su música. Si nos encanta nos da lo mismo que ese grupo garagero de Taiwán esté cada 4 meses sacando material nuevo, siempre lo recibiremos con gusto, y nos desespera esperar 4 años para el disco nuevo de nuestra banda de folk escandinavo favorita. Y al contrario, si las bandas nos la pela, los primeros son unos pesados y los segundos no pasa nada si tardan más o si ni siquiera vuelven.

Pero el ritmo de publicación no debería estar determinado por lo que demanda el público o la discográfica de turno, sino por las ansias creativas y la inspiración de los propios artistas. Hay algunos que si no sacan más de un disco al año les explota la mollera por acumulación excesiva de creatividad, por lo que es imperiosa su necesidad de grabar todo lo que pase por sus mentes. Seguro que os estarán viniendo muchos ejemplos a la mente en estos momentos y espero que en esa lista figure el nombre de Anton Newcombe y sus The Brian Jonestown Massacre.

The Brian Jonestown Massacre: frenar es para débiles e intrascendentes

Y digo que eran sus The Brian Jonestown Massacre porque está bien claro que el cosía y descosía todo lo que tenía que ver con el grupo, viéndose como el genio megalómano de su generación y provocando continuamente un clima de tensión y de conflicto entre el resto de componentes de la banda. A pesar de su dogmática personalidad, el grupo se dejaba llevar por su inercia creativa e ideológica, rechazando por completo cualquier tipo de relación con algún sello importante y grabando y sacando discos de manera continua, sin filtro y siempre que les diera la gana.

Anton Newcombe tenía claro que estaba destinado a ser uno de los dioses del rock, que el universo se lo debía

Newcombe tenía claro que estaba destinado a ser uno de los dioses del rock, que el universo se lo debía, y por ello no iba a dejar que ningún parásito en forma de sello multinacional le chupara la sangre, ni tampoco iba a permitir que nadie de su propio entorno le frenara en su empeño de sacar toda esa música que tenía en su cabeza, dispuesta para ser compartida para gozo del resto del mundo. Controlarse o moderar el ritmo de grabación significaría alejarlo de esa inmortalidad icónica deseada, así que la única opción era no acercar el pie al pedal de freno, con todas las consecuencias que ello acarreara.

La prueba: en un periodo de cinco años (1993–1998) ya habían sacado siete discos. Siendo más concretos, sólo en 1996 habían sacado tres, dos de ellos de los más emblemáticos de su prolífica carrera. Para esta nueva entrega de Criticas a la carta nos habéis pedido que analizáramos el segundo de esos tres, Their Satanic Majesties’ Second Request (Bomp!, 1996), haciendo referencia a uno de los discos más reconocibles de The Rolling Stones, siendo un nuevo homenaje a dicha banda aparte del que realizaban a su guitarrista Brian Jones en su propio nombre.

Incluso aunque nunca hayas escuchado un disco suyo, una vez le das al play al disco vas viendo como todo se va relacionando con bandas posteriores ya conocidas

Hablamos de una banda con una gran influencia en muchas bandas psicodélicas (o con trazas de ella) salidas a finales del siglo XX y comienzos del XXI. Incluso aunque nunca hayas escuchado un disco suyo, una vez le das al play a un disco como éste vas viendo como todos esos riffs, esas estructuras y esa idiosincrasia las vas relacionando con bandas posteriores que ya conocías y te encantan. Aquí está la fuente de todo eso que te gusta de dichas bandas, porque estamos ante la banda, con permiso de Spacemen 3 y más tarde Spiritualized, que mejor enlazo la psicodelia sesentera con el espíritu de su actualidad.

Their Satanic Majesties’ Second Request: lo importante es el viaje, no cuántas paradas hagamos

Mucho tuvieron que ver sus inicios como banda Shoegaze, aunque este tiene bastante menos presencia en Their Satanic Majesties’ Second Request, con más influencias de sonidos orientales y muy lisérgicos. Si lo tuyo son los discos concretos y que no se vayan por las ramas, este no es tu disco. Son nada menos que dieciocho cortes, contando con sus interludios más otras idas de pinza, en los que hay que entrar dispuesto a dejarte llevar por ellos, no intentar analizarlos o valorarlos.

Un disco para dejar flotar a nuestra mente, para disfrutar de sus vaivenes, de las subidas y bajadas

Bajarse del barco aquellos que os cepilláis o saltáis las piezas que os parecen relleno o interludios demasiado gratuitos porque a lo que venimos aquí es a dejar flotar a nuestra mente, a disfrutar de los vaivenes del disco, de las subidas y bajadas. Sé que pensaréis que quitando los cortes con más pinta de prescindibles y poniendo algo más de cabeza podríamos hablar de un álbum excelente, pero si algo hace a este trabajo un disco tan fresco e interesante (aún en la actualidad) es precisamente el no ponerse límites, el tirar hacia adelante aunque la cosa se vaya de madre, ya se encauzará más tarde. Es el continuo viaje lo que hace que estemos ante una joyita tan genial dentro de su propia imperfección.

Aunque esté hablando de un disco que merece la pena recorrérselo de arriba a abajo en vez de ir saltándose paradas, no quiere decir que no haya canciones capaces de dejarnos boquiabiertos. Dentro de sus propias subidas y bajadas encontramos momentos de especial brillantez, véase ‘Cold to the Touch’, ‘Jesus’, ‘Feelers’, ‘No Come Down’ o la que probablemente sea una de las mejores piezas de su carrera, ‘Anenome’ y sus cinco minutos y medio en los que perderse a través de sus hipnotizantes ritmos y sus sinuosas guitarras.

8.1/10

Poco importa que Their Satanic Majesties’ Second Request no sea un álbum perfecto, está bien que así lo sea porque justo en su excesiva libertad está sus mayores virtudes. Esos pequeños detalles que parece que alejan un poco a The Brian Jonestown Massacre de lograr un disco verdaderamente sobresaliente son justo los que hacen que sea un disco tan completo, tan vivo, en el que perderse una y otra vez, para ver pasar bien la luz a través de la ventana pero también para sumergirse en cada uno de sus rincones. Ya os digo que una escucha se antoja insuficiente para sacarle todo el jugo, porque cada escucha que se le da siempre te aporta detalles en los que no habías terminado de reparar o te permite enamorarte más fuerte de esas canciones que has decidido hacer tuyas para siempre.

Recordatorio: dado que nos vimos obligados a dar de baja al foro por problemas técnicos, las peticiones + votos para elegir tanto el próximo disco de “Críticas a la carta” como al editor que hablara de él se realizarán en los comentarios a este post. Recordamos una vez más que vale todo.

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