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The Cult en concierto en la Sala RockStar Live (Barakaldo, 23–07–2010): haciendo honor a su nombre

Lo más parecido a un concierto de los Ramones que te puedes encontrar hoy en día es un concierto de The Cult. Por supuesto que no tienen nada que ver, pero ambas bandas ejemplarizan esa comunión entre el artista y su público que, aunque debería ser imprescindible en todos los conciertos, muy pocas veces experimentamos de tal manera. Nunca he sudado tanto como con estas dos grupos en directo y hacía muchísimo tiempo que no veía a todo el público tan volcado como el que llenaba la sala RockStar de Barakaldo el pasado viernes.

Pero lo malo de haber presenciado demasiados bolos, de ver al mismo grupo varias veces, es que te vuelves ridículamente exigente, en busca de ese concierto perfecto que no existe. Irremediablemente caes en las comparaciones y en la pedante frase de “la otra vez que les vi estuvieron mejor“, fastidiándolo todo como cuando estás completamente impresionado ante las Cataratas del Niágara y el listo de turno tiene que soltar que las Victoria le dan mil vueltas. ¿Y qué?

Basta con unos segundos del punteo inicial de cualquiera de las canciones de Love, Electric o Sonic Temple (qué tres discazos) para que una energía sobrenatural recorra cada milímetro de tu cuerpo transformándote por completo. Sí, puede parecer una pedantería y una exageración pero cualquier seguidor de The Cult sabe perfectamente de lo que estoy hablando.

Tras 45 minutos de retraso durante los cuales un DJ intentaba inútilmente amenizar la espera peleando contra la desaprobación del personal, que llegó incluso a tirarle algún que otro vaso lleno entre silbido y silbido (qué complicado tiene que ser pinchar en esas condiciones), salían al escenario los cinco miembros originales, Ian Astbury, Billy Duffy, John Tempesta, Mike Dimkitch y Chris Wyse, de esta gran banda de culto y parte esencial de la historia del Hard Rock.

Lo primero que me sorprendió fue encontrarme a un Ian Astbury muy castigado físicamente, bastante más gordo y descuidado que la imagen de guaperas que tenemos de él. Pero peor trago fue descubrir que su voz era la principal afectada de esta metamorfosis, cuya única culpable seguramente sólo sea la edad.

Iban transcurriendo temazos como ‘Lil’ Devil’ y ‘Electric Ocean‘ (de Electric), ‘The Phoenix’ y ‘Rain‘ (de Love) y ese impresionante ‘Sweet Soul Sister‘ (de mi disco favorito Sonic Temple) y a estas alturas creo que todos nos habíamos dado cuenta de lo forzada que iba su voz.

Con lo chulo que ha sido siempre, duele verle cabizbajo y apoyándose continuamente sobre el micro, ocultando su rostro bajo el pelo (creo que en este repetido gesto es donde me vino la imagen de Joey Ramone). La cosa mejoró sorprendentemente en la recta final del concierto, pero sinceramente creo que ninguna de las 18 canciones alcanzó la intensidad que tienen en sus discos.

Pero para eso ya tenemos las grabaciones originales que tanto machacamos hace un montón de años. En directo más importante que la técnica es la emoción y aquí sí que The Cult son insuparables. Porque tienen una colección de canciones impresionantes que han marcado nuestras vidas y que aunque, al menos en mi caso, dejamos de escuchar hace tiempo siguen ahí almacenadas y al volver a oírlas en directo se activa algo que hace que te pongas a botar o a abrazar al que tienes a tu lado, para celebrar el momento.

Ian cedió gran parte del protagonismo a Billy Duffy, cuyos punteos con la guitarra lucieron bastante más. Cada uno en su papel y ocupando su espacio, sólo en un par de ocasiones se acercó el uno al otro tímida y educadamente, pero en ningún momento se mostraron como dos colegas que han compartido media vida en los principales escenarios de todo el planeta.

No descuidaron prácticamente ninguna de sus etapas, desde su primer disco Dreamtime (1984), del que rescataron ‘Spiritwalker‘, al ‘I Assassin‘ del último hasta la fecha Born Into This, publicado 23 años después. Pero la gran explosión llegó con ‘Sun King‘, ‘Fire Woman‘, ‘Wild Flower‘, con las que el suelo temblaba de tal manera que parecía que íbamos a acabar en el centro comercial que hay debajo, y ‘She Sells Sanctuary‘ con la que se despidieron tras haber lanzado al público panderetas, baquetas y un montón de puas a mi alrededor sin conseguir hacerme con nada, como siempre.

Prefiero mentirme a mi mismo y vivirlo con la intensidad de la primera vez, la que nunca se olvida. Ocultar el paso de los años, que tarde o temprano nos acaba castigando a todos, y los problemas internos que puedan

tener los miembros de una banda que al fin y al cabo sólo les afecta a ellos. Yo me quedo con lo que una banda como The Cult es capaz de transmitir en directo consiguiendo, sin efectos especiales de ningún tipo, que su público además de divertirse, enloquezca y se emocione. Eso es para mí un concierto.

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