Ir a uno de tus restaurantes favoritos prometiéndote a ti mismo que esta vez improvisarás, para, finalmente, pedir el plato de siempre. Ese que hace que casi se te asomen las lágrimas. Estar seguro que en las próximas navidades, en fin de año, harás algo alternativo, viajar a algún lugar lejano y vivirlo de forma distinta. Acabar, como siempre, intentando que a tu abuela le dé un ataque de risa y no consiga pasar de la tercera uva, o que escupa las seis que a duras penas se ha metido en la boca. Llegar a un sitio en el que sabes perfectamente lo que vas a encontrar, y que te va a gustar, porque en ese rincón siempre te ha gustado lo que has visto. Mandar la intriga y la incertidumbre a tomar viento y, simplemente, abrazar la rutina que te hace feliz.

Las mil y una caras de The Decemberists

The Decemberists se han tomado cuatro años, todo un ciclo olímpico, para lanzar su séptimo álbum de estudio, What a Terrible World, What a Beautiful World (Capitol Records, 2015), pero la espera ha valido muchísimo la pena. Escucharlo es arreglarte no el día, sino la semana. Colin Meloy se yergue en salvador de la humanidad como la conocemos hoy día. Juega a ser Buddy Holly, Nick Cave, Bill Callahan, Bob Dylan, Zach Condon o un pastor de una iglesia del norte de Harlem. Además de todo eso, juega a ser Colin Meloy y, maldita sea, lo hace como nunca. Bueno, concretamente en su caso, como casi siempre. Porque What a Terrible World, What a Beautiful World es una síntesis de lo que siempre han hecho The Decemberists, y haciéndolo igual de bien.

Por buscar alguna diferencia con el pasado, o, mejor dicho, algún matiz distinto, quizás la banda haya tirado algo más de su amor por la música negra en este álbum. Hay mucho de góspel, y temas como ‘Till the Water is All Long Gone’ muestra una cara menos habitual en The Decemberists. En todo caso, se trata de un trabajo terriblemente variado, pese a lo que pueda parecer en una escucha superficial. Desde el country interpretado excepcionalmente en la apertura de ‘The Singer Addresses His Audience’, con explosión final, la energía del pop coral de ‘Cavalry Captain’ (el que no acabe tarareando al ritmo de esa sección de viento está muerto por dentro), o el sabor añejo de ‘Philomena’, que nos traslada a un guateque en el que nunca hemos estado.

A estas alturas sabes que, con tan solo un par de semanas de vida, pocos discos van a cautivarte tanto en lo que resta del año que acaba de nacer

Y eso nada más empezar. El optimismo te ha invadido y What a Terrible World, What a Beautiful World tan solo ha dejado pasar tres canciones. Entramos en un terreno de calma. De canciones más pausadas e inspiradísimas, de historias fascinantes diseñadas por la pluma de Meloy, como esa escalofriante ‘Carolina Low’ que te parte en dos, te desgarra todas las entrañas. A estas alturas sabes que, con tan solo un par de semanas de vida, pocos discos van a cautivarte tanto en lo que resta del año que acaba de nacer.

8.8/10

Me esfuerzo por echarle en cara algo a What a Terrible World, What a Beautiful World, y, apretando mucho los dientes, me sale que quizás ‘Anti-Summersong’ no llegue al nivel de las demás, o que ‘12–17–12’ pueda sonar a ya escuchada, pero no me lo acabo creyendo ni yo. Pasan tres segundos y vuelves a rendirte. Por exigente que seas, por mucho que quieras encontrar algún pero, ‘Mistral’ y ese final apoteósico que es ‘A Beggining Song’ ponen tus débiles dudas en el lugar lejano del que nunca debieron salir. No deja de resultar sorprendente que exista gente así. Artistas que pueden permitirse no inventar gran cosa, hacer un poco los discos de siempre, pero hacerlos tan endemoniadamente bien. Otra victoria a sumar a la colección ya extensa de The Decemberists.

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