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The Feelies en la encrucijada

Yo sólo me pongo nervioso cuando escucho a The Feelies. Para mí, su música tiene algo de ritual de los tiempos modernos. En ella se condensa el pulso nervioso de las nuevas eras y el atemorizado temblor de un pasado que se niega a morir. Lo que queda atrás, lo que está por venir: las transiciones son un constante vaivén de emociones y se ejecutan a una velocidad de vértigo. Es la edad contemporánea, son The Feelies entrando por la puerta grande de la historia de la cultura popular en base a retazos experimentales, guitarras histéricas que no saben si sonar acústicas o eléctricas y el retrato de una época, la postmoderna, que era incapaz de entenderse a sí misma. Crazy Rhythms (1980, Stiff) es el legado de una generación que vivía la música a demasiada velocidad como para reflexionar sobre su propia naturaleza. The Feelies representan como pocos la urgencia de lo innecesario y todas las ideas del momento resumidas en diez canciones. Un trabajo clásico por derecho propio y huérfano de cualquier género.

Porque, ¿dónde estaban The Feelies? En un punto indeterminado entre el punk, el post-punk y la new wave. 1980 era un momento extrañísimo en el mundo, también en la música pop. Gran Bretaña ya había consumido el invierno del descontento y Thatcher había alcanzado ya el gobierno. El punk ya había perecido, una vez su propuesta, despojada de toda rabia adolescente, transmutó, en la transición estética con más sentido del mundo, en el nihilismo individualista del post-punk. ¿Y Estados Unidos? The Feelies no cabían demasiado bien ni en la escena neoyorquina ni en la incipiente escena hardcore de Washington y derivados — cuyo motor de combustión surgiría muy especialmente con la llegada de Reagan al poder — . El mundo estaba cambiando, y estaba cambiando a peor. The Feelies estaban en medio, siendo protagonistas activos del proceso pero situándose exactamente un paso a la izquierda del mismo. Ellos no tenían nada que ver con todo aquello, aunque picotearan aquí y allá. Ellos surgían confusos de los nuevos tiempos, de una transición dolorosa.

Resulta lógico que The Feelies fueran un producto de su tiempo totalmente casual, que su música naciera de la confusión y de atar cabos sueltos. Ellos mismos ni siquiera trataron de sonar como sonaron finalmente. Pero las guitarras se secaron frente a los amplificadores, carentes de efectos o distorsiones, y el sonido fue tan genuino como fundacional: casi una década antes del indie pop o de la eclosión fantasiosa del indie rock, The Feelies conjugaban aquí los sonidos amables del primero y la vertiente experimental sin dejar de ser pop del segundo. Crazy Rhythms es el sonido de una encrucijada, de un reto que los convulsos tiempos que The Feelies vivieron propuso a este conjunto de canciones esencial, un manojo de ritmos enajenados, interludios instrumentales y pseudoestribillos que son himnos. El resultado es una victoria por goleada de The Feelies, que se sobrepusieron como casi ningún otro grupo de su tiempo con un discurso totalmente único y rompedor. A día de hoy Crazy Rhythms sigue siendo una extraña piedra en el camino, pero es la piedra que más brilla.

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