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The Kinks y las calles de Londres: un matrimonio de conveniencia

Desde Hampstead Heath se divisan los dos Londres sobre los que cabalgó, a ratos feliz, a ratos apenado, Ray Davies. En la colina más alta de uno de los parques más emocionantes de la capital inglesa cuyo principal patrimonio son los parques se comprende mejor la cosmovisión, el entramado de relaciones y lugares que tejían su mundo, de The Kinks. Al norte se levanta otra colina repleta de barrios residenciales y tan lejana de la gran urbe como lejana del campo, de la nostalgia de tiempos pasados, se hallan los rascacielos de la city, cuyos perfiles, al sur de Hampstead Heath, dibujan el Londres del siglo XXI a orillas del Támesis. No cuesta evocar la melancolía que dominó a Ray Davies observando la ciudad desde allí, ni tampoco por qué tantos años después The Kinks siguen retratando con una clarividencia envidiosa el espíritu del ciudadano inglés medio. En las calles de Londres se encuentran The Kinks, y por ende Inglaterra.

No existe concepto más recurrente en la discografía de The Kinks como la memoria. Al menos durante los años sesenta. Su disco ahora más célebre, The Kinks Are The Village Green Preservation Society (1968, Pye), es prácticamente un tratado sobre la memoria: recuerdos que se quedaron estancados en algún punto del cerebro y que conectaban con el pasado de forma letal. La nostalgia es también parte del fundamental recorrido que la semana pasada proponía El País Viajero: un paseo por el Londres de los Kinks, por los lugares que inspiraron sus canciones y que se quedaron prendados de ellas. Lo cierto es que caminando por Muswell Hill, el barrio muy al norte de Londres donde se criaron los hermanos Davies, nada parece más persistente que la memoria del pasado. The Kinks se preñaron de ella cuando el mundo, Occidente al menos, quería mirar hacia otro lado. Fueron un grupo contracultural.

El mundo real visto por Ray Davies

Lejos de las postales fotográficas, Londres es una ciudad que no parece tan grande como debería ser. La composición periférica de la capital inglesa se cimenta sobre las terraced houses y las zonas residenciales acomodadas. También sobre barrios deprimidos y conflictivos, reductos de inmigración y parias del sistema. Pero hablar aquí y ahora del otro Londres no sería hablar del Londres de los Kinks sino, posiblemente, del Londres de los Clash. Ray Davies compuso una serie de maravillosas canciones basadas exactamente en lo que encontraba a su alrededor. Lejos del conformismo de clase media del que tanto se le acusó — ¿y se le acusa? — cuando sus discos se hundían miserablemente en un pozo de ignorancia y olvido, Davies hizo algo revolucionario a finales de los sesenta: hablar del mundo real. Un mundo copado por tiendas minoristas, amigos de la infancia cuyo nombre hemos olvidado, autobuses y el monótono y estable universo de la que una vez se hizo llamar clase media.

Y ante todo, más allá de canciones como ‘Waterloo Sunset’ o ‘Autumn Almanac’ que en sí mismas resumían la vida cotidiana de Londres, un mundo que insistía en mirar hacia el pasado. Quizá lo siga haciendo a día de hoy. Si Ray Davies puso tanto empeño en el concepto village green a la hora de fabricar su obra maestra — también su obra más complicada e incomprendida en su día — es porque Inglaterra misma, y la sociedad occidental en general, se buscaba a sí misma en lugares como Hampstead Heath. Parques que reflejaban lo que aquel mundo, antes de la Revolución Industrial, era. The Kinks es un grupo capaz de disfrazar de sensibilidad pop un relato sobre los traumas del éxodo rural y sólo por eso debería merecer cualquier deferencia imaginable. Davies captó a la perfección a la Inglaterra que, a rebufo del boyante nuevo mundo y tras la pérdida del Imperio y la consiguiente depresión, se miraba a sí misma, o al menos a su figura ya evaporada tras siglos de industrialización, en los parques municipales.

De parques y memoria

Los ingleses adoran los parques y Davies enclaustró a todos ellos en uno imaginario y eterno. La letra de ‘Village Green’ es un resumen existencial de Ray Davies. Y Hampstead Heath, el parque que inspiró en parte su disco y su canción, porque fue su disco mucho antes de que lo fuera de The Kinks, el color que brota de cada estrofa de The Kinks entre 1967 y 1968. Más tarde The Kinks viajarían hasta el Soho londinense, donde las canciones se convertirían en grandes éxitos de forma consecutiva y el grupo, sencillamente, se transformaría en otra cosa. Hay quien opina que mucho mejor de lo que fue en los sesenta, pero pocos podrían afirmar que más especial. Londres necesita a The Kinks tanto como The Kinks necesitan a Londres, y en esta ecuación cabe prácticamente la ciudad entera: desde Muswell Hill y sus casas miméticas hasta el puente de Waterloo, pasando por Coventry Garden, Camden y la estación de metro de Paddington.

En este matrimonio de conveniencia entre el mejor grupo inglés de todos los tiempos — abramos debate — y la gran ciudad que sigue refugiada en pequeños barrios al norte del norte — Londres se encoge lejos del centro, y eso es genial — hay canciones para una vida o más. Durante un breve periodo de tiempo The Kinks fueron el único grupo capaz de relatar en qué consistía Inglaterra, y quizá por ello fueron repudiados de forma tan absoluta. Ray Davies supo que por aquel camino no tendría demasiado éxito de inmediato, y su trabajo posterior en la década de los setenta está tan influido por ello como por el fin del veto en Estados Unidos. Pervive ‘Lola’ entre las calles del Soho, está bien, pero ese Londres no es tan propiedad de The Kinks como el que sólo visitaréis y conoceréis si creéis que lo más interesante de las ciudades, y de los grupos que se enamoran de ellas, como The Kinks, está lejos de los focos que las iluminan.

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