Contenido ofrecido por el Low Festival.

Pocas veces la ironía ofrece ofrece platos tan apetecibles como el de ver a The Kooks convertidos en una banda entristecida, acomplejada por un pasado profundamente ligado a un contexto del que ni pueden salir ni al que pueden regresar por los férreos corsés que suelen suponer el paso del tiempo. Aparecieron con aspecto de imparable huracán movido por el frenesí juvenil y el desamor adolescente, y hoy no son más que el borrón que queda cuando al revisar qué eres y hacia donde vas acabas tachando aciertos pasados porque sabes que no vas a ser capaz de repetirlos.

Su mayor triunfo fue plantar cara a una de las últimas grandes apariciones del mundo del Rock, compartiendo calendario en su debut con los mismísimos Artic Monkeys y logrando ser todo un #2 aquel 2006 en una plaza tan importante como su Reino Unido natal. Su lenguaje y energía llevaron a muchos a creer que estábamos ante un nacimiento tan imponente como el de la banda de Alex Turner, con un recorrido inmenso frente a sus ojos a poco que supiesen encauzar esa energía desbordante y lograsen corregir la imperfección de un debut que, todo sea dicho, extraía todas sus certezas precisamente de esa máxima que dice que el Pop, para poder triunfar, necesita ser imperfecto y hacer alarde de tal condición.

The Kooks y el que crece dejándolo todo atrás

El caso es que el tiempo ha acabado demostrando que hay veces que la imperfección más que un modus vivendi es un simple cauce circunstancial que da tanto como quita, alzando a propuestas frugales y adolescentes pero condenando al que las recorre pues al salirse del camino queda sin un dirección con certezas por la que continuar. The Kooks triunfaron de forma inesperada y lo hicieron con un lenguaje y gestos que lograron enlazar como nadie con la necesidad de reafirmarnos en nuestra condición y de sanar las heridas que el aprendizaje sexual había dejado en muchos de nosotros. El problema, su problema, es que una vez cerradas esas brechas la banda de Luke Pritchard ya no nos servía para nada, la diversión era una necesidad temporal y la persistencia en su mensaje no hizo sino desnudar una carencia que entonces no nos había importado pero que en el futuro se iba convirtiendo en un muro insalvable.

The Kooks son una banda víctima de su propia condición, aquello que durante 2006 era su virtud hoy es su losa. Y el olvido, el resultado.

Dos esfuerzos siguieron al implacable Inside In/Inside Out (Virgin Records, 2006) y la hipótesis acabó convertida en teoría, por un momento sobreviviendo gracias al empuje del que ha logrado surcar la playa sobre la cresta de la ola pero finalmente dando con sus huesos sobre una arena más dura de lo que había imaginado. En esa tesitura se encuentran hoy los británicos, debatiéndose entre volver al mar intentando enganchar de nuevo a una generación con necesidad de jarana a golpe de guitarras frescas e insustanciales o bien entrar al paseo marítimo a la espera de encontrarse con esos viejos amigos de entonces y lograr unirse a la realidad de señores trajeados, papás que ya no son primerizos y vasos de vino despojados de la por entonces sempiterna cocacola.

¿Qué podemos esperar de una banda víctima de una condición tan marcada como The Kooks en pleno año 2016? Todo depende de a quién se lo preguntemos. Por un lado estarán los que no busquen más que mover el esqueleto a golpe de hit olvidado como antaño fueron ‘Naive’, ‘Ooh la’ o ‘Sofa Song’ y lo hagan sin preguntarse quiénes son esos que aún hoy se visten y comportan como si tuviesen 16 años, como aquel día que se lanzaron al escenario para berrear com ‘Reptilia’ como a buen seguro habríamos hecho la gran mayoría de nosotros de haber tenido la oportunidad. Por otro estarán los que acudan, canas en ristre y bebé en casa de los abuelos, a revivir los años más divertidos de su vida como el que abre viejos álbumes de fotos buscando qué fueron y por qué están donde están hoy. Al fondo se quedarán a los que nada de esto les importa, o bien porque las canciones dedicadas a la ex de Luke Pritchard les importaron bastante poco o porque prefieren guardar energías para nombres más acordes con lo que se puede esperar de un festival a celebrar en pleno año 2016.

No subestimes el poder de la nostalgia

Y después de toda esta perorata es imposible no sentirse culpable al despreciar algo que, al fin y al cabo, es mucho más importante de lo que generalmente reconocemos. La acción de valorar la música que escuchamos suele estar determinada por intangibles de diversa índole, siendo el contexto personal, probablemente, el que más peso tenga tanto en su momento como cuando lo hacemos desde el púlpito que nos otorga la perspectiva. Ante esto es lógico considerar a The Kooks en pleno 2016 como algo olvidado y aludir a su primer álbum como un disco perdido en el baúl de los recuerdos y al que da pereza regresar, pero de justos es reconocer que una vez reabierto despierta un conjunto de sensaciones que todos deberíamos volver a sentir en días tan grises y desapacibles como los que nos sumergen en la rutina de la vida adulta.

Las fiestas hasta bien entrado el amanecer, botellas de vodka por todos lados, chinas que aparecen en el momento que menos deben y lencería femenina cuya dueña no eres capaz de recordar son una fuente de recuerdos que sabemos hoy no podemos ni debemos hacer realidad pero a los que siempre es positivo regresar. No tanto porque la crudeza del presente nos recuerde que la borrachera de hoy será la resaca de pasado mañana, que también, sino porque no está mal, de vez en cuando, acordarnos de nuestros errores, de las cobras sufridas o las observadas y de que, por lejos que parezca, hubo un tiempo en el que lo único que importaba era el ahora y el qué narices me voy a poner esta noche.

Inside In/Inside Out destila el encanto de la imperfección mientras despierta esas sensaciones que hacía lustros que habíamos olvidado. Y hoy esa es su única virtud

The Kooks son todo esto al fin y al cabo, el error, el olvido y el recuerdo de un tiempo en el que nuestra vida era bastante mejor (o eso parecía y así la vivíamos). Solamente por eso puede que merezca la pena pasarse por el escenario y hacer el payaso como si nadie nos viese al son de sus hits. Al menos ellos aún no tienen problemas de cadera como sí los tienen los ídolos de nuestros padres. Y por suerte nosotros aún tenemos energía como para meternos en el pogo sin que se note que lo hacemos con cuidado de no mancharnos la chaqueta ni llenarnos los pies de arena. La responsabilidad, ya sabéis de lo que os hablo.

‘**The Kooks estarán presentes en la edición de este año del Low Festival. En Benidorm, entre los días 29 y 31 de julio.’

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