Cuando te conviertes en el chascarrillo oficial de un país entero, tú ya no tienes control de tu personaje. Es algo que más vale que aceptes. Puedes crearte uno nuevo, contratar a un buen publicista, esperar que la cosa cuaje y el nuevo haga olvidar al antiguo. Pero el antiguo, quieras o no, se mantiene siempre igual: en la música, como en la ficción, el arco de un personaje es (debe ser) limitado y lo de pegar volantazos tratando de mantener la misma base simplemente no funciona. Ése es probablemente el mayor problema que The Libertines sufren en este regreso después de once años, el de querer empezar un relato nuevo sin romper del todo con lo anterior. Lo hace interesante, sí, pero también fallido.

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Anthems for Doomed Youth es el apocalipsis zombi de Barât y Doherty, el paisaje después de la batalla, el recuento de daños, el café a mediodía después de una larga noche que debe empezar a poner las cosas en su sitio en medio de una monumental resaca. Pero sigue todavía con los pies puestos en lo de hace una década, sin atreverse a renunciar del todo a aquellas constantes. La enorme autoconsciencia de este disco, que debería otorgarle el valor de dar un decidido paso adelante, le hace a veces dar un paso atrás y no necesariamente para coger impulso.

Y no hay nada peor que uno se ponga a contar chistes malos sobre uno mismo cuando el resto del mundo ya los ha hecho todos (y mejores) antes. Es, en resumen, un poco tarde para ese rollo Pimpinela de ‘Glasgow Comma Scale Blues’: es tarde para esto, ya no interesa, estamos a otra cosa. The Libertines transmiten la sensación de estar escribiendo en muchos casos un epílogo a su libro anterior, cuando lo que deberían hacer, cuando lo que parece que tienen en mente ya, es empezar uno nuevo.

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Un disco con un problema de branding como éste, al que venir firmado por The Libertines le perjudica más que de lo que le beneficia, tiene bastante de reto para el oyente: es probablemente uno de los álbumes más desconcertantes, más raros de escuchar de la temporada. Tenemos de un lado las mejores letras que el grupo ha firmado jamás (esa ‘Fury of Chonburi’, que capta tu atención desde su mismo arranque: Well, everytime I see the Pigman / Taking sides to split / RIding jokes like Trojan horses / of the Apocalypse), al Doherty que cita a Wilfred Owen y a Rudyard Kipling, y momentos realmente inspirados, como esa ‘You’re My Waterloo’ que rescatan de sus tiempos mozos y llenan ahora de sentido (You’ll never fumigate the demons / No matter how much you smoke), llenándola de ecos de su propia historia, de la de dos tipos que lo han sido todo el uno para el otro.

5.8/10

Y tenemos al otro lado esa propia historia (las drogas, la depresión, la salud mental, el paso del tiempo con el que se obsesionan en ‘The Milkman’s Horse’) que lastran el desarrollo de un disco que habría necesitado mucha más libertad para respirar como pide (porque ¿quién quiere un “disco de madurez” de dos tipos como éstos?). Sus dos maravillosos discos anteriores tenían de productor a un miembro de The Clash y éste, al tipo detrás de One Direction y Ed Sheeran: sólo con ese dato la crítica parecía hecha. Al final la cosa no es tan sencilla y tiene muchos matices, pero, puestos a lanzar un disco como éste en este momento, si algo les ha faltado ha sido concretar la propuesta y decidir qué disco querían sacar, para que a partir de ahí nosotros pudiéramos formarnos una opinión más o menos clara. Presentándonos esto sólo nos han dejado más dudas de las que teníamos antes de empezar.

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