Tras la poblada barba de The New Raemon se esconde el que nunca nos cansaremos de definir como uno de los proyectos más interesantes y coherentes del pop nacional. El problema viene en saber mantenerse en la cresta de una ola que, después de unos cuantos años y cuatro discos en solitario (a los que habría que sumarles los EP’s), le ha llevado a formar un nombre ganador con un sonido reconocible y particular. A veces se sufren altibajos; otras surgen discos tan curiosos como el compartido con Francisco Nixon y Ricardo Vicente. Otras veces, incluso, le da para ponerse a escribir cómics. Uno, exigente, lo único que le pedía era que siguiera por ese camino (el del cantautor con ruido y letras potentes), pero dudo que esta vez lo haya conseguido…

El sonido que nos hace vibrar

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Y es que vivimos en la era del “sí-pero-no”, con discos fuertemente esperados que no terminan de arrancarnos por muchas oportunidades que les demos. Con Tinieblas, por fin (Marxophone) me ha pasado algo parecido. Uno acude al pasado de Ramón Rodríguez y espera de nuevo una colección de temones. Él sabe cómo hacerlo.

Cada escucha supera la anterior, pero no dejas de repetirte que el disco tarda en calar, casi como tarda en subir la intro de ‘Risas enlatadas’. No estamos ante la potencia inicial de ‘Lo bello y lo bestia’ o ‘La cafetera’, por poner dos ejemplos que estimulen nuestra tesis. Pero claro, ¿cuántas grandes canciones podemos exigir a un disco de nueve cortes? Damos vueltas y más vueltas y a lo mejor –siendo generosos– encontramos tres o cuatro que superen la nota de corte (que, como ya todos sabemos, está por encima del siete–coma–cinco).

A poco que hayamos seguido la carrera de The New Raemon, uno diferencia al menos dos personajes en uno: el Ramón autor de letras tragicómicas, algo más pausado y que presta atención a su voz; o el Ramón en busca del ruido, más cañero, que salta como una chispa. Es el caso de ‘La ofensa’ o ‘Casa abandonada’, donde se disfruta de un actor autoreferencial, que funciona precisamente con la sencillez de su fórmula. O la mejor en su especie de todo el álbum, quizás, sea ‘Marathon man’: guitarras, guitarras, guitarras.

The New Raemon: en busca de un equilibrio

Pero a pesar de los esfuerzos para que sea un gran disco repleto de arreglos y detalles preciosistas, va a ser precisamente en las trabajadas letras donde encontremos el brillo de este disco. Más duras, más políticas, más ambiguas, más todo. Los temas parecen flotar en una nube que sube y baja sin dejarnos encontrar un equilibrio certero. Nos harán gozar especialmente ‘Tinieblas, por fin’ o ‘Grupo de danza epiléptica’, curiosamente por servir como “canciones para todo”, que no sabríamos etiquetar ni falta que hace.

6.9/10

Canciones destructoras emocionalmente –o antropológicamente, según cómo se mire– como ‘Devoción’, mucho más oscura que el resto. Pero es ahí donde cabe la reflexión que ya traía Libre asociación: el old Raemon, más cotidiano (se) divertía mucho más.

 

 

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