The People’s Temple — Musical Garden

Hay discos que simplemente se guardan en un rincón de la memoria. Aunque sean tan fabulosos como Musical Garden (HoZac, 2014), la tercera referencia de The People’s Temple. Llegué a él la primavera pasada, asumí de antemano que sus canciones eran una bomba de relojería, que en su mezcla de elegancia destartalada, producción casera y pinceladas de psicodelia se escondía uno de los discos Garage Rock del año, pero luego lo aparqué en una esquina. Y desde entonces, tantas veces he tratado de escribir sobre él como tantas veces he fracasado en el intento. No me salen las palabras para hablar de él, y no porque sea un disco a cuyas canciones no le quepan pocas ideas, sino porque, por algún motivo que desde luego no alcanzo a comprender, sólo me sale disfrutarlo. Yo solo. Sin nadie más.

Por eso he hablado poco de él, no aquí, sino entre mis amigos, entre los propios redactores de Hipersónica. Es todo bastante extraño, lo sé, pero es hacia donde me conduce este jardín musical en el que se han sumergido The People’s Temple. Supongo que un buen modo de empezar a hablar de Musical Garden es haciéndolo por sus progenitores: ellos, que en su primer disco sobresalieron exactamente en las mismas virtudes en las que lo hacen aquí, tres años después; ellos, que en su segundo trabajo se hundieron con poco estrépito, disimuladamente, sin que nadie les hiciera mucho caso, exactamente en las mismos defectos en los que incurren aquí. La ventaja de The People’s Temple frente a Sons of Stone (HoZac, 2011) es que los grandes momentos son más grandes. La ventaja de The People’s Temple frente a More for the Masses (HoZac, 2012) es que los peores momentos no son tan peores.

Musical Garden me inspira eso, desde su portada hasta sus virtudes sonoras, un vivero constante de melodías inagotables, un jardín de frondosas canciones Pop

Su mejor disco, de largo. Y uno de los más divertidos en lo que va de año. A estas alturas cuesta creer que muchos se interpongan entre él y un merecido reconocimiento — personal — en diciembre. Por ejemplo, si comparo este Musical Garden con sus competidores más cercanos por género y actitud, gana por goleada al insulso Chinese Fountain (FatCat, 2014) de The Growlers, al que cada día le encuentro más pegas. También le saca varios cuerpos de ventaja a Drop (Castle Face, 2014), aunque tengan poco que ver. Lo mismo para Manipulator (Drag City, 2014). Quizá Segall, para no caer en un disco menos ambicioso que otras veces — pero también menos popular y accesible — , debería haber probado la fórmula de The People’s Temple. Y quizá el resultado hubiera sido más estimulante. O quizá no, porque ellos se manejan en su esquema sonoro de un modo demasiado especial como para que nadie más lo haga.

A mí Musical Garden me inspira precisamente eso, desde su portada hasta el tono de las canciones, un vivero constante de canciones inagotables, un jardín donde el Garage Rock se aleja del repetitivo tono sesentero al que este año le da lustre Los Tones o de la grandilocuencia tenebrosa de The Wytches. Y lo que queda es Pop, puro y duro, sin cortar. Las cinco primeras canciones son eso: primorosas. ‘Crimson Red’, ‘Smooth Moves’, ‘Handsome Nick’, ‘I Heard You Singing (In the Other Room)’ y ‘I Don’t Mind (Reprise)’, un inicio arrebatador. Una capacidad melódica muy por encima de la media del género y una sensibilidad sublimada en ‘Good Times, Bad Luck’. Se trata de un tono romántico y oscuro al mismo tiempo, por la producción, que hace de Musical Garden un disco a ratos agridulce.

8.4/10

Contra todo pronóstico, y este es el motivo principal por el que es un disco tan estupendo, la recta final del disco supera en ocasiones a su impresionante apertura. Musical Garden no se deja llevar por canciones repetitivas. Y si lo hace, se repite con mucha gracia. De la seductora ‘Back to Zero’, encendida en su estrebillo, a los aires afroamericanos de ‘If You Wanna Roll’, pasando por el Glam ensombrecido de ‘The Dreamer’. Aquí The People’s Temple adoptan el tono de trovadores del Rock and Roll clásico: lanzan rosas allí por donde pisan, ofrecen vino a la plebe y en sus poemas hay tanto jolgorio como romance y tragedia. Una combinación perfecta ante la que el pueblo no tiene más remedio que rendirse. ¡Gracias, oh, gracias, mensajeros de tanta buena nueva!

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