Hay algunos grupos que por razones no demasiado racionales desprenden “el carisma de los feos”: no sabes por qué pero son entrañables. En esto del indie se suele prestar más atención y protección a aquellos grupos con orígenes curiosos, con líderes carismáticos o que representen, por el contrario, a antihéroes (¿deberíamos incluir aquí defectos estético-sanitarios?), o grupos pequeños, de apariencia amateur, con los que empatizar más claramente sobre el sueño de convertir una afición en tu profesión y alcanzar el éxito (que, en nuestros días, consiste en vivir de la música, y poder hacer giras internacionales que, de paso, te permita viajar por muchos países).

En el caso de The Rural Alberta Advantage, se dan varias de estas condiciones. Autoeditados (en un principio), y canadienses (aunque desde la explosión de Arcade Fire ya se tiene más en cuenta), con una alineación particular (batería — percusionista/teclista — guitarrista), y con el encanto de la música hecha en casa como disfrute personal y que, ya posteriormente, al expandirse fuera de su entorno, mantiene esa magia primigenia.

El caso es que Hometowns fue un sleeper, que con el boca a oreja fue llegando a nuevos reproductores, y, a aquellos oyentes que convencía, los cautivaba. Su música desprendía ese magnetismo propio de los descubrimientos furtivos, de la empatía que busca el adolescente inadptado, de sentirse un ‘melodramatic fool’ y reconocer su historia personal en series como Dawson’s creek o Friday Night Lights (incluso forzando, Anatomía de Grey). Y, para bien o para mal, Departing comparte el mismo espíritu. El mismo perro, con collares nuevos, pero muy similares.

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Aquí la sensibilidad de cada uno, o las ansias por escuchar el nuevo disco condicionarán una acogida entusiasta, tibia, o mohína de entrada. No ofrecen ni trampa ni cartón: apenas media hora de música, sólo 10 canciones, con dos temas acústicos de producción austera como inicio (‘Two lovers’) y cierre del disco (‘Good night’), y el resto del disco conservando idéntica simetría, con 2 bloques de cuatro canciones cada uno, compuestos por tres dentro de su dinámica enfática y acelerada, culminadas con sendos medios tiempos ascendentes con protagonismo de los teclados. Analizado así, asusta pensar que esta estructura estuviese calculada de antemano.

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Esas ocho canciones interiores vuelven a ser gemas pop de 3 minutos, concisas y portentosas a la vez, robustas cuando corresponde (‘Muscle relaxants’, ‘Stamp’), contenidamente intensas (‘Tornado ‘87’, ‘The breakup’), emotivamente expresivas (‘North Star’, ‘Coldest days’) o majestuosas (‘Barnes’ yard’, ‘Under the knife’). Maravilla la homogeneidad y la consistencia de esta colección de temas, configurando un bloque hermético que, si bien no expone ninguna fisura, también sugiere una rigidez demasiado matemática.

Suenan reconocibles, cómodos y seguros de su fórmula, e influencias aparte (una muy evidente: Neutral Milk Hotel, otras intuibles: Arcade Fire, The National, Rilo Kiley, Okkervil River), entregan otro notable disco. Puede que a su rock acústico se le empiecen a ver las costuras, que sus continuos lamentos amorosos se conviertan paulatinamente en tópicos o que su furia contenida la veamos algo artificial, pero todo es cuestión de dónde pongamos la barrera entre el cliché y la imaginería del grupo, entre la previsibilidad y la identidad, la repetición y la solidez. Pero lo que es incuestionable son su trabajo, solidez, y entrega.

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