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The Shins — Heartworms

Oh, James, lo que nos perdimos en el camino


Por motivos que quizá escaparan al propio control de James Mercer, The Shins optaron por transformarse en otra-cosa tras la publicación de dos discos que, colocados en perspectiva, habrían de marcar el devenir del pop durante toda una década. Aquel fulgor inicial en forma de canciones cortas-pero-muy-largas, en historias de dos minutos y medio que contenían doscientos recovecos compositivos y líricos, se apagó y dejó paso a un grupo mucho más distante y centrado en el largo plazo, cerebral y experimental, ahondando en caminos que al cierre de Chutes Too Narrow sólo se entreveían con finura.

Huelga decir que sería absurdo solicitar de Mercer el mismo tipo de canciones, el mismo tipo de grupo, que aquel que llevó a la cima de su carrera compositiva cuando apenas tenía veinte años. Muchas cosas han pasado entre medio, más de una década, y entre otras podemos contar aquel insatisfactorio Port of Morrow, un disco que ha envejecido mal y al que la memoria quizá sólo guarde por aquel destello de puro fulgor titulado ‘Simple Song’. Pero nada había ya de simple en aquellos Shins alambicados y retorcidos, ambos adjetivos interpretados del modo más crítico.

¿Qué esperar pues, cinco años después? No un regreso a los orígenes imposibles de Oh, Inverted World, porque sería tan injusto como exigir a Natalie Portman el mismo papel vital y artístico que encapsuló de forma tan icónica en Garden State. Pero sí más consistencia: algo parecido a lo que Mercer casi clava en Wincing the Night Away, un disco que, al contrario que su predecesor, sí ha ganado con el paso del tiempo. Al menos a mí, que fui incapaz de comprenderlo en su día y al que la vejez. ay, lo ha colocado en un juicio más justo, más reflexivo, más conformista. Más adulto.

Triste o no, Mercer se ha optado por una vitola más vivaz en Heartworms, un disco que gritaría a las cuatro esquinas del mundo p-e-l-i-g-r-o si no fuera porque las canciones condensadas en él, a ratos ejercicios de estilo propios del Mercer más inspirado, a ratos piezas de orfebrería pop donde The Shins deambulan entre el terreno de la indiferencia vanguardista y el viejovenismo mal entendido (como todo viejovenismo). A cada ‘Name for You’ le sigue un ‘Painting a Hole’ porque Mercer ya escribe desde un lugar donde las apariencias no importan y hay vía libre para ejecutar cualquier idea.

Ya no, Natalie.

El resultado es un soplo de aire fresco en un grupo que parecía muerto. Jamás ha habido tanta psicodelia a propósito de la mano de Mercer, ni rozamientos tan chungos con el horterismo ochentero como ‘Fantasy Island’, una cosa que habría tenido un holgado espacio en el Day & Age de The Killers, pero a la vez The Shins vuelven a ser el grupo que parecía condensar la esencia de toda una vida en un puñado de estrofas erráticas. Le sucede a ‘Heartworms’, una canción que devuelve a Cohete del mismo modo que Cohete podían devolver a ‘Know Your Onions’, y le sucede también a ‘Mildenhall’, que parece sacado de la misma burbuja vaporosa que ‘New Slang’.

Consciente de la autoparodia o no, Mercer logra un difícil equilibrio: pasar por encima de Port of Morrow, limar los defectos (que los había, y muchos) de Wincing the Night Away y quedarse en una cómoda tierra de nadie sin canciones que siquiera se aproximen a ‘Australia’ o ‘Turn On Me’.

En fin, si cada cinco años The Shins van a regresar con otra portada colorida y otro puñado de canciones que caminan entre la intrascendencia y el pequeño respingo del corazón, yo me conformo. Cabe recordar que hace cinco años de su anterior trabajo y otros diez del previo. Una década, tres discos y ni rastro del grupo que podía haber cambiado el pop para siempre (es una hipérbole, pero en muchos sentidos logró cambiarlo), pero sí otro ramillete de canciones a las que sólo cabe añadirles un emoji en forma de corazón. No es suficiente, pero The Shins ya se habían pasado la suficiencia en 2003, así que ¯_(ツ)_/¯

7/10

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