The Sword — High Country

[Sobre si las expectativas de la gente afectaron a la composición de High Country] No, no debería afectar la composición de nadie, y si lo hace debería reevaluar por qué tocan música. […] Si consideras que haces arte pero te preocupa lo que la gente va a pensar o te adaptas a sus expectativas o gustos, entonces no es realmente arte. Nosotros esperamos hacer algo bueno que le guste a la gente sin importar si suena exactamente como el material antiguo que les gustaba. Inevitablemente, habrá gente a la que no le guste [el disco] y prefiera nuestros discos viejos y gente a la que sí le guste pero no le guste nuestro antiguo material. No puedes complacer a todo el mundo (J.D. Cronise)

Ay, el siempre molesto dilema del cambio de sonido cuando sientes que ya no te identificas con lo que estabas haciendo hasta ahora. A poco que modifiques lo más mínimo la tonalidad de las guitarras o te atrevas en exceso con los sintetizadores, muchos de tus fans tradicionales tardarán cero coma en afilar el hacha y pedir tu cabeza. Es duro de asimilar, pero cuando interiorizas del todo que, hagas lo que hagas, siempre saldrá alguien descontento, entonces ya te da igual todo y tiras para adelante.

Porque también es cierto que permanecer siempre estancado en tus cuatro esquinas termina siendo perjudicial a menos que tu talento sea inagotable y tu efectividad perenne. The Sword sin ir más lejos vivieron los síntomas de agotamiento de su propia fórmula que tan convincente había sido hasta que salió Apocryphon (Razor & Tie, 2012), disco del que guardo cada vez peor recuerdo conforme pasa el tiempo. No por malo, sino por el palpable descenso de calidad aun ofreciendo un producto muy similar a sus tres primeros trabajos. Sin embargo, en ese mismo disco ya mostraron signos de que sus entrañas les pedían hacer algo que rompiese la tendencia.

The Sword, afrontar los cambios sin dilema

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He estado escuchando mucho blues y música tradicional, incluso un montón de antigua música country. Este disco refleja más nuestros gustos actuales. No puedo hablar por el resto de miembros, pero ya no escucho tanta música extrema o incluso mucha de lo que podrías llamar heavy metal. A veces un poco, de vez en cuando, pero ya no es mi rollo. (J.D. Cronise)

Esas ansias por avanzar y no ser unos melenudos más atrapados en su propia idiosincrasia han terminado cogiendo las riendas en High Country (Razor & Tie, 2015). Reconozco que me sentí algo escéptico tras ir escuchando los adelantos, pero las primeras impresiones siempre son así de caprichosas y los temores se han ido progresivamente disipando conforme fueron cayendo las escuchas. Aunque el disco no sea el colmo de la complejidad, sí que tiene mucho que rascar, por lo que es un error quedarse con el entendible estado de shock de pasar de las tollinas sonoras de, por ejemplo, Warp Riders (Kemado, 2010) a esto.

El poso metalero y duro deja paso a influencias más rockeras, más blueseras y también algo de country y de psicodelia suave

Una vez uno entra en el juego que proponen The Sword aquí, se aprecian mucho mejor todos los aciertos del mismo. A uno le pueden recorrer los sudores fríos al leer las intenciones del grupo por coquetear con el electropop (bandas de rock duro metiéndose en el berenjenal de la electrónica, ejemplos positivos no abundan), pero uno se alivia al ver que la cosa no era para tanto y termina siendo un aspecto residual en el tono general del disco, donde el poso metalero y duro deja paso a influencias más rockeras, más blueseras y también algo de country y de psicodelia suave.

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Más allá de los cambios de sonido, la esencia de The Sword es más que apreciable en todo el elepé. Aunque ya no metan mil y un riffs por canción, siguen siendo una maquinaria engrasada para producirlos, muchos tan tremendos que es inevitable headbanguear a gusto. Aunque el grupo se haya orientado más que nunca hacia las canciones en sí en vez de sólo a los riffs, estos no dejan de ser una de sus mejores bazas como muestran en ‘Empty Temples’, ‘Suffer No Fools’, ‘The Dreamthieves’ o ‘Ghost Eye’, por no hablar de los toques sorpresa como el viento metal que tan bien emplean en ‘Early Snow’.

Más allá de los cambios de sonido, la esencia de The Sword es más que apreciable en todo el elepé

Pero no todos son aciertos en High Country. Bajar los decibelios y la potencia en las guitarras expone aún más la voz de J.D. Cronise, que no es especialmente llamativa y talentosa sino más bien limitada, y al ser la que más protagonismo se lleva en la mezcla de la mayoría de canciones terminan viéndosele más las costuras. Tampoco ayuda una errática primera mitad de disco con algunos temas buenos y otros que nos hacen arquear la ceja. Arrancar con ‘Unicorn’s Farm’ es casi como declarar que buscar marcarte un Turn Blue, ‘High Country’ roza el nivel de lo aceptable, muy poco para un single, ‘Agartha’ no pasa de experimento vacío y a ‘Seriously Mysterious’ sinceramente no le veo sentido, no encaja para nada con lo que se supone es el tono general del disco. Problemas de querer abarcar más de lo que uno puede apretar.

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7.2/10

Sin embargo, pasado el ecuador se compensan varios de los tropiezos sufridos anteriormente mencionados y nos dejan muy buenas y memorables joyas de las que The Sword son capaces de hacer. Quizá no les haya salido del todo redondo ese alejamiento de su stoner metalizado para aproximarse al toque añejo de los más recientes Kadavar o Blues Pills, pero ayuda a enderezar el rumbo al ver que ya no se sentían cómodos y apasionados con su fórmula tradicional. Pero lo primordial al hablar de High Country es que se trata de un disco que, aunque algo irregular, entra bien y se disfruta bastante. Con un grupo como el cuarteto de Austin, un disco así siempre es de agradecer.

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