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Cuando a un artista le ponen una etiqueta con demasiado pegamento porque el nombre que va escrito por el lado no adhesivo es tan imponente, manido y sobreutilizado como Bob Dylan, y eres incapaz de despegártela porque tu voz nasal recuerda a la suya y te dedicas a hacer un folk de mínimos, austero pero sobradamente expresivo, tus posibilidades de despuntar pasan por aguantar el chaparrón del hype y entregar canciones deliciosas ajeno a la comparación. Kristian Matsson ha conseguido colocar a The Tallest Man On Earth en uno de los proyectos folk más atractivos del momento, aunque tan solo sea por ver a un sueco cantar como un americano residiendo en el Mediterráneo, como apuntaba Mohorte.

Cuando las arrugas cuartean las pulseras de cuero

Quizá los elementos más identificativos de su propuesta en este disco estén suavizados, o, al menos, no sean tan protagonistas como estábamos acostumbrados. Esta vez, aún manteniendo su natural talento como evocador de imágenes y como intérprete emocional, da la impresión de que ya no necesita expresarse de manera tan ruda y hasta abrasiva cantando, ni tocar de una manera tan urgente y galopante. Su pasional manera de componer ha encontrado una nueva manera de discurrir, de una manera más arropada, sin rascar tanto, embragando unas canciones que ahora fluyen suavemente lubricadas por una voz más contenida y llena de matices y con un envoltorio instrumental más plural, dando lugar a unas composiciones más reposadas y destiladas, sin tener la impresión de que los arreglos edulcoren su mensaje, sino más bien que éste ha dejado de ser algo que exponer en caliente para ser algo que decir despacio y claro.

Bengalas más discretas y velas más brillantes

Su habilidad para dibujar la nostalgia sigue intacta, pero esta vez se enriquece con luminosas y chispeantes guitarras eléctricas, sutiles percusiones y teclados trascendentes. La belleza virginal de ‘To just grow away’ abre un disco que queda partida por la canción que le da nombre, una continuación formal deudora de ‘Kids On The Run’. En su primera mitad se amontonan los momentos brillantes y exquisitamente adornados del álbum, como la chispeante ‘Revelation Blues’, la expansiva ‘Leading me now’ o una de las joyas más evidentes de la cosecha de este año, el single ‘1904’, capaz de reconfortar y arropar en toda su duración, dibujando la más ilusionante nostalgia, que sintetiza en 4 minutos el crecimiento compositivo de Kristian, que ya no tiene reparos abrillantar sus composiciones con texturas y técnicas más pop. Tampoco es que se haya convertido de repente en un discípulo de Stuart Murdoch, pero sí que se debe destacar la facilidad para construir brillantes metáforas musicales cuando abandona el fingerpicking, como en ‘1904’ o en ‘Wind and walls’.

Tras ella, se acumulan 3 canciones que, debido a su carácter más intimista y a su progresión descendente, tanto en tempo como en, por qué no decirlo, interés, la sensación final del disco es que se acaba con el freno de mano puesto, de una manera más conservadora de la que se preveía hasta ese momento, y que acaba desmereciendo ligeramente al conjunto. ¿Son malas canciones? No, ni mucho menos. De hecho, la conmovedoramente fraternal ‘Little brother’ destaca entre las canciones más sosegadas del disco, que te mecen acompasadamente como una hamaca. Quizá el paralelismo entre ‘Bright Lanterns’ y ‘Criminals’ les reste atractivo a ambas, y puede que el cierre con ‘On every page’ sea demasiado lastimoso en comparación con un disco más optimista y amable que esos minutos finales.

No tengo demasiado claro si es su mejor disco o no, pero probablemente sea el que más sutil te abrace, te susurre y te convenza de que sus canciones te pueden acompañar en cualquier momento de tu vida. La ambivalencia de muchas letras le confiere una extensión universal que permite que su maleable atmósfera se adapte a conveniencia del oyente. Al igual que sus compatriotas Kings Of Convenience, independientemente de tu estado de ánimo, son capaces de pellizcarte el alma mientras airean, recogen e iluminan tu habitación. Su búsqueda de la armonía, sea más o menos austera musicalmente (más por prescindir de elementos superfluos que por implantar una espartana disciplina) empapa tu tuétano y suaviza tu caída entre almohadas, sea cual sea la carga sentimental que soportes sobre tus hombros. Quizá su fórmula necesite un mayor impulso de transformación en su próxima entrega, pero por ahora mantiene tanto su esencia como su vigencia.

 

 

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