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The Vaccines — Come of Age: onanistas del mundo (brit), uníos y dominadnos

Si con las vacunas de verdad, las que han sido, junto con las medidas de salud pública, responsables de una parte importante del aumento de la esperanza de vida en la especie humana, no hay consenso ni entre las distintas comunidades autónomas sobre su financiación y su calendario, y muchos iluminados siguen pensando que son productos sacacuartos de las farmacéuticas, que a sus hijos solo le darán “cosas naturales”, aunque los expongan, y también a sus compañeros, a enfermedades que pueden ser mortales, graves, potencialmente erradicables o, pardiez, evitables, ¿esperáis que nos pongamos de acuerdo sobre las cualidades de The Vaccines y su nuevo disco Come of Age

The Vaccines: el valor, la validez, la trascendencia… ¿y qué más?

Yo mismo he necesitado de profundos metaanálisis, que es una manera pretendidamente petulante de dedicarle bastante tiempo a muchas escuchas en distintos contextos y a la lectura de muchas reseñas de medios de uno y otro lado del Atlántico y, sinceramente, sigo sin estar completamente seguro del valor, validez y trascendencia de un disco que parece gestado sin precipitación pero tampoco una planificación asfixiante y parido con la suficiente ligereza como para no tomarse excesivamente en serio y la solidez necesaria como para reivindicar el trabajo, el talento y el tiempo invertidos en una continuación a un debut, What Did You Expect From The Vaccines?, que despertó la atención de bastantes oídos que echaban de menos la aparición de un grupo de rock británico que entretuviese sin intentar reinventar la rueda.

La primera escucha puede ser decepcionante. Su primera dosis provoca inquietud, puede que unas decimillas de fiebre, una reacción inflamatoria local en el punto del pinchazo y un ligero mohín hacia la enfermera. Parece que han cambiado muchas cosas, que el semblante se ha derrumbado, que el adolescente arrollador se ha convertido en un universitario atormentado, que ha dejado de beber en descampados para sorber vasos de alcohol barato en antros bohemios con el mismo desdén que su desaliñado flequillo cae asimétrico sobre su frente.

En el fondo, es el mismo chico, pero ha encajado las felicitaciones y las zancadillas con soltura, y no quiere conceder el premio de su inseguridad a aquellos que añaden presión sobre el horrible tópico del “siempre difícil segundo disco”. El atrevimiento de perfeccionar menos las composiciones si lo que el cuerpo les pide es desarrollar las canciones para dejarlas a punto de caramelo se puede interpretar como una manera de tomarse menos en serio o una decisión de su productor, Ethan Johns, de canalizar con los menores artificios posibles su habilidad para construir canciones trepidantes, de quiebros livianos pero irresistibles y de, manera paradójica respecto a su nombre, contagiar su entusiasmo a través de canciones pop que en esta ocasión se visten probablemente con lo primero que encuentran planchado, pero que habitualmente sienta como un guante al carisma del grupo.

Come of Age: otra punta de lanza de la imperfección

El álbum no es perfecto, ni mucho menos. Pero conserva el encanto de la impefección que hacía irresistibles en algunos momentos a The Libertines (‘No hope’), en otros a Blur (‘Aftershave ocean’), a The Cribs (‘Bad Mood’) o, forzando la comparación, a The Hives (‘Teenage Icon’).

Más allá de estos parecidos cogidos con pinzas de cuatro de las etapas reinas del itinerario de este disco, lo destacable es la capacidad de manejar herramientas que estos grupos convertían en seña de identidad únicamente para ampliar su católogo, sin comprometerse con una única manera de funcionar. Su sentido del humor y su versatilidad los acerca a los discos de The Fratellis, probablemente irregulares pero definitivamente divertidos, y la elección de su productor (que ha trabajado con Razorlight, responsable de los primeros discos de Kings Of Leon, pero también del último e insoportable mojón de Kaiser Chiefs) permiten que su locuacidad encuentre vehículos que igual no son los que mejor lucen de todo el concesionario, pero que probablemente se acerquen a la mejor oferta calidad/precio que el vendedor pueda ofrecerte.

‘Weirdo y ‘Lonely World’ pecan de previsibles y prescindibles, pero al resto del disco se le pueden encontrar destellos herederos de lo mejor de la música pop británica, permitiendo que su pastiche tenga la suficiente personalidad como para atraparte y que no te importe su fuente de inspiración. Puedes trotar con la trepidante ‘I always knew’ camino de la excitante ‘Ghost town’ para asumir la redención de ‘Change of Heart pt. 2’ como si la resaca la curases con el viento en la cara del descapotable con el que cruzas Estados Unidos de punta a punta. ‘All in vain’ parece la balada descarriada que, cuando vuelve a su rebaño, demuestra que pertenece más que las otras, porque en su desencanto desenfadado recoge la esencia de un grupo que deja como bonus tracks petardazos como ‘Misbehaviour’ o ‘Possessive’.

7.5/10

No se han atrofiado, ni acomodado, ni cambiado radicalmente el rumbo. No se han agarrotado, ni asustado, ni tampoco han pegado un salto cualitativo. Si seguís los medios musicales que buscan la constante reinvención de los géneros, la búsqueda permanente de la nueva etiqueta y la generación de la burbuja mediática por los especuladores del hype, este disco no os sorprenderá y probablemente os defraudará. Si le concedéis las suficientes escuchas desde una prudente distancia, os encontraréis que no tiene mucho que envidiar a su debut y que, probablemente, en muchos aspectos sea superior. En esta masturbación de rock de radiofórmula británica todos los onanistas estáis invitados a asomaros, y como el disfrute es personal, no hace falta que fardéis de experiencia entre vuestros colegas. Eso sí, luego no salgáis de casa con esa cara de amargados, que llevar con orgullo las gafas de pasta no desgrava.

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