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The Walkmen — Heaven: a lo que suenan los hombres de bien

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En contra de todos esos grupos que pretenden morir jóvenes y dejar un bonito cadáver, hay una minoría en los que lo bonito es ver cómo maduran, cómo van envejeciendo y valorar lo bien que le quedan las arrugas de expresión. Obviamente, en este segundo grupo una de las posiciones más privilegiadas es la de los neoyorkinos The Walkmen. Y más por cómo suenan en este momento, por una majestuosidad rotunda y añeja, que porque se cumplan 10 años de su debut discográfico.

Como en casa, en ningún sitio

Realmente acaba siendo un tópico hablar de la elegancia con la que tratan su rock dramático y cálido, de bodega llena de barricas de roble conservando whisky o el vino tinto con más cuerpo de la región; un lugar donde lo importante es la asistencia y la conversación, no la arrogancia a la hora de entrar. No es casual que muchas de las imágenes promocionales del nuevo disco otorguen más importancia a sus hijos y esposas que a su hipotética vida de rock & roll. Quieren hacer agradable tu acercamiento a su música, que los escuches donde los escuches la palabra “hogar” presida tus sentimientos, convirtiéndose en el ejemplo más claro de “grupo felpudo”: a pesar de ser ásperos y oscuros, te hacen sentir como en casa.

Probablemente Heaven sea el culmen de dos tendencias en su composición: es el disco en que la felicidad de manera intrínseca se manifiesta sin corsés ni complejos, sin vergüenza de ser expuesta al exterior, y también aquel en el que su sonido presenta el acabado más pulido de su discografía, continuando lo iniciado principalmente con Lisbon. Debemos, en este punto, agradecer a su productor Phil Ek su empeño en conservar su esencia suavizando su sonoridad, potenciando la dulzura de una austeridad instrumental que nunca les había sentado tan bien como en esta ocasión. Sin los vientos que aparecían en su anterior trabajo, y manteniendo la formación clásica de rock, la variedad estilística en esta ocasión se dibuja más en los tempos y en los coros de las canciones que en los arreglos (aunque los sintetizadores de ‘The Witch’ vistan a la perfección su mística pagana). La voz amiga de Robin Pecknold preside la fleetfoxianaWe Can’t Be Beat’, que abre el álbum como la dulce tonada acústica que equivale a la foto del recibidor de tu casa: igual no encaja perfectamente con el resto de la decoración de tu casa, pero una vez que la ves entera, tiene todo el sentido del mundo, tanto su presencia como su ubicación. Es un tema en el que priorizan lo importante (‘All the kids are laughing, I’m laughing too’) antes que esa ambición que te acaba devorando por dentro y no te deja disfrutar de lo imperecedero (‘I don’t need perfection / I love the whole’).

https://www.youtube.com/embed/6QaFK_GvO_s

Encontrando la inspiración en la madurez emocional

Partiendo de esa base de que puede que nunca sean el grupo más popular, ni siquiera ése al que la crítica reverencie cada paso en el rock americano, se dedican a ir dejando muestras de su enorme talento a lo largo de un disco en el que la cadencia solemne de ‘Love is luck’, ‘Line by line’ o ‘Song for Leigh’ se condensa y entremezcla sin perder acierto con la aridez de rock clásico de ‘Nightingales’, ‘The love you love’ o ‘Heartbreaker’, que demuestran que el lobo lo puede ser tanto aullando en la montaña y cazando, como depredador que es, cualquier rebaño de herbívoros, como cuidando de su camada de lobeznos. Quizá la vertiente más clásica y áspera de ‘The Witch’ y el impulso depurado, casi power-pop de ‘Heaven’ suponen los extremos, tanto musicales como emocionales de un disco que se acaba desdibujando ligeramente por las canciones que todavía no he nombrado en este párrafo y que suponen el relleno que desdibuja la cohesión de un álbum que sienta como un traje a medida.

La lastimosa ‘Southern heart’, además de cortar la dinámica de la primera mitad del disco, parece una composición rezagada, más propia de discos anteriores, como la noctámbula y tabernaria ‘No one ever sleeps’; el interludio mitad blues, mitad country de ‘Jerry Jr.s’ tune’ o la simplemente correcta ‘Dreamboat’ enseñan demasiada chicha para unos treintañeros que igual podrían haber contenido algo la respiración metiendo barriga para salir más lustrosos en la foto. Quizá estas pequeñas decisiones les impidan (de momento) conseguir ese unánime e incuestionable gran álbum que les haga un hueco en el cajón más alto del rock americano, en el que algunas viejas glorias (Wilco, Death Cab For Cutie) se mantienen más por logros pasados que por estado de forma.

https://www.youtube.com/embed/DQ5kYHV4YZY

La satisfacción de sentirse un hombre de bien

Aunque musicalmente no es tan relevante como las canciones, que ya hemos detallado, me parece relevante una actitud probablemente más conformista del grupo, pero más en cuanto a postura vital que como línea de trabajo en su trayectoria. Por primera vez se percibe un optimismo que abraza, acogedor, que más que animar consigue la catarsis del espíritu. Dejan de preocuparse por aquello que no está a su alcance, y se dedican a paladear lo que han conseguido hasta este su sexto disco de estudio. Han abandonado la rabia por el camino y se dedican a evocar sitios en los que estar, ya sea en el cielo (Heaven) o en la Tierra (Lisbon), sin dejar de ser realistas. Al fin y al cabo, la vida se trata de llegar a casa, mirar a tu mujer y a tus hijos a los ojos, sentirte orgulloso y satisfecho de lo que haces, y disfrutar de las pequeñas cosas de la vida.

Se me ocurren multitud de grupos con los que arder eternamente en el infierno, y supongo que en el cielo habrá un hilo musical agradable, pero si me toca esperar en el frío y espartano purgatorio (yo me lo imagino así, o bien como una autopista desierta hundida en la fría estapa rusa — al fin y al cabo, es un sitio de paso — o bien como la tensa sala de espera al lado del quirófano) pocos discos mejores que este último para intentar transformar la angustia en la esperanza de llegar al estado prometido.

Siguen sonando majestuosos, solemnes, grandilocuentes pero, por encima de todo, predomina la lealtad. Son honestos consigo mismos, y extienden el trato hacia ti, apretando firmemente la mano y disfrutando el brindis consecuente, sin apurarlo porque ellos hacen las cosas sin prisas, dejando que delicadamente la belleza imperturbable y masculina de sus canciones vayan mullendo tus pensamientos. Y todo esto, desprendiendo carisma. Digamos que son, aprovechando su tirón post-Eurocopa en ellos y ellas, los Xabi Alonso de la música: educados, respetuosos, creativos y capaces de canalizar todo su entusiasmo para que el conjunto rinda por encima del individuo. En definitiva, olvídate de manuales de autoayuda y de revistas para potenciar tu masculinidad: éstos son hombres de bien, y no sé a qué esperas si todavía no te han entrado ganas de escuchar este disco.

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