Tidal: el Spotify HiFi

Desde niño se nos dice que la calidad es cara. Un chaval reparte publicidad de electrodomésticos y nosotros corremos a las últimas páginas a ver cuál es el mejor televisor, el horno más futurista, la lavadora más ostentosa… Adivinen: lo más caro. Tidal, el servicio de streaming creado por Aspiro Music — el equipo noruego detrás de WiMP — , cuesta exactamente el doble que Spotify. Pero basta pasearse un rato por su app para comprobar que su precio es un requerimiento necesario por lo que ofrecen.

Empezaron hace cuatro meses distribuyendo 25 millones de canciones, y todo su catálogo puede trasmitirse a un bitrate de 1411kbps (a 16 bits), sin trampa ni cartón. Esto es: la calidad del CD original, FLAC de alto rendimiento, nada de compresión, nada de pérdidas de frecuencias ni volúmenes tenues. No hace falta ser un melómano, un sibarita del tímpano extremo para evidenciar que, en esta carrera por lo digital y portable, hemos acabado escuchando mierda desde los altavoces del portátil, perdiendo por el camino un mínimo criterio estético para con la obra. Y con la música en general.

La interface de la aplicación apela hacia lo visual; no en vano el paquete incluye más de 25.000 vídeos en HD, con un esquema similar al de iTunes. Pese a sus listas de recomendaciones, su núcleo no está tan centrado en las estaciones de radio o el picoteo arbitrario, sino en escuchar álbumes completos tal cual fueron concebidos. Gran parte de su catálogo consiste en discografías completas de artistas consagrados, dispuestos para nuevas generaciones sin ganas de hacinarse entre toneladas de carcasas de plástico. Tal vez la disyuntiva importante no esté en el precio — 20 euros al mes equivale a un CD de estreno, o cuatro saldos en Amazon, según se mire — , sino en cómo enfoquemos como consumidores su uso: pagamos por disfrutar de música, no por poseerla.

Lejos de los debates erotomaníacos, Tidal también permite subir nuestras propias bibliotecas y gestionarlas, transferir y descargar en formato comprimido, vincularse en Apple mediante AirPlay o enlazar nuestras cuentas de Facebook y LastFM. Las versiones de Android e iOS tienen todavía bastante que mejorar: reproducción sin pausas o con fundidos, emisoras de radio y demás caprichos necesarios. No obstante, su creciente compatibilidad con otras plataformas y marcas lo posiciona un peldaño por encima de Qobuz, su competidor más inmediato.

Tidal no es un juguete para la cultura poser de buena cartera y poco sentido común, realmente suena mucho mejor que Spotify, Grooveshark, Deezer o Napster.

Este precio a pagar incurre en la problemática de la fuente, claro. Escuchar música en esos estándares exige también reproductores de calidad: si somos oyentes de escritorio — desde el PC — conviene cambiar la salida predeterminada; nada de auriculares RENFE. Una compatibilidad con ChromeCast o transmisores similares le otorgaría ventaja sobre rivales, focalizándose en un espacio menos lúdico y más crítico. Por otro lado, nos encontramos con las habituales exigencias de conexión: Tidal recomienda un mínimo de 2MB. Es fácil que la versión móvil funcione con bugs extraños o cuelgues si nos ceñimos a las tarifas de datos españolas.

Ya sean los subgraves esquizoides en Syro o los drones locos de Atticus Ross en The Social Network, esta aplicación responde con una solución parcial al oyente exigente y brinda una alternativa interesante al agotado consumidor de MP3’s indigentes.

Vía | Tidal

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