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Timber Timbre — Hot Dreams

Cuentan los libros de historia que conforme la década de los 60 iba acercándose a su final, las lujosas mansiones que abarrotan el Laurel Canyon de Los Angeles se convirtieron en hogar, casa de grabación o monasterio para artistas de todo tipo, pelaje o adicción, yendo desde los pastelosos The Mamas & The Papas hasta algunos de los ingenieros de la psicodelia como Robby Krieger o padres del cotarro como Neil Young.

Paraje de inspiración directa o de aspiración indirecta (ay las drogas), Lauren Canyon quedó como esquina recóndita desde la que algunos de los artistas más importantes de la historia alumbraron obras de relumbrón en un retiro que en realidad no lo era tanto, en una especie de oasis que daba la espalda a la vorágine y se situaba a los pies de un desierto que, hacia el noreste, se extiende más allá de donde alcanza la vista, cruzando el Valle de la Muerte como penitencia hasta la llegada a la ciudad del pecado.

El romanticismo de la idea en la mente, de la postal en la memoria adquiere en la garganta de Taylor Kirk y sus Timber Timbre una entidad casi macabra, quién sabe si con la intención de anteponer el laurel reverdecido a la decadente realidad o simplemente como homenaje hiperrealista dibujado a trazo fino sobre un lienzo que no absorbe imágenes a menos que sean susurradas con el desdén de una realidad que asfixia pero embriaga, de una realidad que sabemos miente pero ante la que asentimos al no saber resolver el acertijo.

Psicodelia, Jazz, Folk o todo a la vez usando el Country más oscuro como hilo conductor son el vehículo desde el que Kirk y sus amigos venidos de la fría Canadá recorren la edad de oro de la meca del cine desde un prisma nocturno, jugando a ser la canción del lado ensoñador de cintas como Mulholland Drive o Carretera Perdida, poniendo ambiente a las escenas de cama de L.A. Confidential o simplemente emulando la polución a sudor y whisky rancio que dejan tras su paso tipos duros como Phillip Marlowe.

Sonidos que evocan paisajes nocturnos, tormentas en las que la arena se convierte en humo, cortinas que se corren y siluetas que asoman, ambientes que se insinúan pues su realidad puede ser demasiado traumatizante, Timber Timbre juegan a dibujar entornos y sentimientos desde el sonido, con canciones cuyos acordes dicen más que discursos castristas, con baladas que son epístolas dejadas para no decir adiós mientras se vuelve la vista atrás en cada paso, con baladas de corte trágico que describen realidades en vez de perdernos en idílicas mentiras.

Taylor Kirk, Simon Trottier, Mathieu Charbonneau y Olivier Fairfield hacen cine desde el estudio de sonido, crean cine sin imágenes logrando que el resultado no genere relajación en nuestros ojos pero sí impacto en nuestra memoria, la cual se despierta por voces que reflejan colores y acordes que emplazan a escribir elegías. Timber Timbre logran en su Hot Dreams (2014, Arts & Crafts) convertir al Western en cine negro, ubicando pistoleros en duelos en los que nunca hay vencedor, convirtiendo al inicio del desierto californiano en un paraje distópico en el que los canallas que fueron alguien acaban venidos a menos, sumidos en la resaca continua del olvido y la búsqueda de la redención. Y ahí su viaje a Laurel Canyon, para tocar con conocimiento de causa.

https://www.youtube.com/watch?v=hDOiFOKCz0w

Tindersticks y Madrugada lograron en sus primeros pasos generar sentimientos parecidos aunque utilizando puntos de partida diferentes, los primeros con mayor pompa y pretenciosidad y los segundos desde una sensualidad más ruidosa aunque con el mismo impacto clásico. No es casualidad la mención (Kirk tiene momentos a lo Sivert Hoyern y a lo Stuart A. Staples) y tampoco lo es que Timber Timbre hayan logrado desmentir a la sabiduría popular.

8.8/10

Hot Dreams es mucho más que música y logra ahogar sus imperfecciones en sus impresionantes aciertos. Hot Dreams logra que cuarenta y cinco minutos de ensueño digan más que posible hora y media de imágenes. Toca darle la vuelta al refrán, yo me voy a ir poniendo la gabardina.

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