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Timbre — Sun & Moon

Hay algo que como reseñista siempre me obsesiono en destacar: dejad a las viejas glorias tranquilas. Dejad que nazcan, se desarrollen y mueran. Dejad que se reúnan en aniversarios y publiquen greatest shits abocados a los eternos saldos del Eroski y reponer la frágil memoria en generaciones posteriores. Pero, por favor, dejemos que pedir retornos inesperados, vueltas de tuerca y renacimientos colmados de gloria. Hola metaleros: Tool y Porcupine Tree molaron — y molan — ; bien. Pasad página. Hola indies de medio pelo: ni Radiohead ni Blur van a arreglar vuestro vacío existencial. Sois vosotros los que estáis vacíos. Y esto sucede por la siguiente razón: a cada rey muerto hay un puñado de alumnos aventajados que entendieron aquello que hizo grande a ciertas bandas y lo han puesto en práctica por medio del talento y el esfuerzo.

En mi búsqueda de émulos del Sigur Rós más místico y teniendo siempre presente que Internet puede ser nuestro mejor amigo y no ese cansino gilipollas que no para de quejarse por todo, encontré a Timbre. Timbre es el proyecto de una joven de pelo argénteo, de Nashville, que toca el arpa y ni masca tabaco ni esputa poemas de las hermanas Brontë, sin significar esto nada malo. Timbre es también la vía por la que, desde 2007, Timbre Cierpke explora todas y cada una de sus hábiles cavilaciones, con ayuda de Patrick Rush al chelo y Mason Self a la percusión. Arpista de orquesta y formada en las lides más académicas, Sun & Moon (Aurora Records, 2015) es en cambio un salto a la introspección folk, al chamber rock de milicia y la revisión neoclásica de sus referentes intelectuales. ¿Qué esperábais con un nombre así?

Sun & Moon es su obra central, su gran creación

Mientras acompañaba a Jack White o Ricky Skaggs y daba conciertos en catedrales por todo Ohio, Sun & Moon fue gestado durante más de cuatro años. El disco se vende como doble CD o doble LP porque dura 110 minutos. Dicho de otra forma: es la opus magnum de una vida, la obra central de Timbre, su movimiento más arriesgado dónde ha disparado hacia una dirección con pulso y convicción. El sol y la luna convergen en una historia que explora esta idea central: hay espacio para cada uno. La influencia es un piso inferior de nuestra existencia. Música clásica y popular conviven en el mismo jardín. A ello apelaba hacia el comienzo de este texto. Toda obra es en parte fanfiction y en parte autenticidad autoral.

Luz y oscuridad: dos caras de un mismo timbre sonoro

Piezas como I Am in the Garden, sin la lacrimosa pompa de Antony Hegarty o el circense ademán de Matthew Parmenter, saltan a la cara de lo que este reseñista considera una buena canción vocal. No es un álbum para todos, desde luego — bastante esquizofrenia cultural se nos impone ya — , pero se sustenta en dos elementos que confieren a su música verdad y razón: belleza individual y arrojo. Después de todo ese timbre de irish woman, de soprano danzando sobre un manto de cuerdas frotadas y oboes lánguidos, Sun & Moon no está destinado a ninguna audiencia concreta. No existe un target específico para este trabajo. Entonces, ¿por qué? Pues, evidentemente, porque es una obra emocional, un acto donde dos astros hacen el amor en vez de follar detrás de una cortina.

7,6/10

Esta no es la enésima banda folk pop canadiense de treinta miembros con barbas ampulosas y una construcción lírica que plagia descaradamente a The Kinks. Aquí hay música de cámara, salmodias sin ornamento, piezas que podrían haber ejecutado monjas benedictinas en un claustro toledano hacia 1850, hay country límpido y metafísica a la manera pastoral y no kantiana. Ya hubo otros jardines antes: el luminoso The Magic Garden de The 5th Dimension, el jipi In-A-Gadda-Da-Vida de Iron Butterfly o el progresivo In The Garden de Gypsy. De todos toma un poco y lo regurgita. De todos ignora ese engolamiento y manía por idolatrarse ante un descubrimiento y se enfoca en la comunión musical, por encima de cualquier advertencia. Caemos muchas veces en el vicio comparativo y la pulla gratuita para defenestrar sin miramiento ni un mínimo de moderación. Sun & Moon, con piezas como la cinematográfica St Cecilia, son un guantazo a toda esa tontería. Un álbum que te limpia el corazón y la cabeza.

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