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Torres — Torres: veneno en la piel

Hace daño. Es un pinchazo intenso. Te inmoviliza. Te cuesta hasta respirar, porque el dolor entre las costillas puede hacerse insoportable. Llevas intuitivamente la mano al esternón, como si de alguna forma estúpida eso pudiese traer algo de calma, de sosiego, un momento de descanso. Torres te ha picado. Se ha ido adueñando de todo tu cuerpo. Ha empezado por una zona imprecisa de la cavidad torácica y ha ido extendiéndose. Hombros, brazos, antebrazos, vientre, cintura. Todo se te ha ido paralizando, hasta que al bajar por las rodillas te das cuenta de que en pocos segundos pasarás a ser un cuerpo inerte a su merced. Al capricho de lo que Torres decida hacer con tu casi inexistente voluntad.

Torres te arranca el corazón

El ataque inicial es violento. De los que sobresalta, de los que asusta. Como cuando te estás quedando dormido soñando que caes por un precipicio y un súbido espasmo en tu pierna te despierta y te corta la respiración. Dicho ataque, eso sí, es frontal. No juega al despiste, no espera a que pierdas la concentración. Su arma es la sorpresa inicial, el golpe de guitarra y batería de ‘Mother Earth, Father God’. Un golpe seco. Un hachazo a la velocidad del diablo. Voz ahogada, llanto y grito de ayuda. Ella manda desde lo que parece un falso mundo de delicadeza. Mirada inocente, ojos claros, actitud de inocente niña de notas fantásticas a fin de curso. Hasta que todo se hace trizas, te hunde las uñas en el pecho, busca tu corazón y te lo arranca sin permitirse una décima de segundo de duda. Bendito veneno.

Cuando tu corazón abandona tu cuerpo la desesperación se hace dueña de tí. Lo ves bombear, le pertenece a ella pero todavía conecta contigo lo suficiente para que el veneno inyectado se vaya repartiendo por todo el cuerpo. ‘Honey’, una canción de odio enmascarado, de rabia, venganza y derrota, va haciéndote notar que las rodillas te fallan, que pronto se doblarán y te pondrás a los pies de quien manda y ordena. Y en ese trío de potencia contenida que abre Torres, ‘Jealousy and I’ viene a darte muerte. El tiro de gracia. Ese puñal cobarde que se inserta en el bulbo raquídeo del toro torturado y agonizante. Desde las rodillas caeremos a sus pies, lágrima premortem resbalando por una cara de ojos ciegos. No conocíamos a Torres hasta hacía un cuarto de hora. No sabemos qué pasará después, pero no le hemos durado ni tres asaltos.

Cuando amaina la tormenta Torres

Al saberse ganadora, el resto se lo puede tomar con calma. Bajan los decibelios, las pulsaciones de ese corazón ya pretérito. La piel, los músculos y huesos mutan en un montón de arcilla con el que Torres podrá hacer lo que le venga en gana. Moldearlo a un ritmo más pausado, tirando de un concepto más orquestado, con presencia fantástica de arreglos de cuerda. Llega así una ‘November Baby’ que nos frena algo el ímpetu inicial, y, de paso, el irrefrenable entusiasmo. Un espejismo en forma de nana que no tiene excesiva continuación. ‘When Winter’s Over’ vuelve a sonar rabiosa, malencarada, amenazante y caótica. Mientras, y ya tardaba en salir la comparación, la PJ Harvey de White Chalk asoma en la fantástica ‘Chains’.

8.1/10

Aunque lo que ha pasado es mucho, toda una dulce tortura, ‘Moon & Back’, con su sección de cuerdas, amenaza con multiplicar exponencialmente el daño recibido, las vidas cobradas. Un corte de extraordinaria factura, el más complejo, arduo, el más trabajado. Uno de los mejores. Seguramente el punto álgido de la parte final de Torres. Una fantástica banda sonora para una historia de ilusión y sufrimiento, en la que ‘Come to Terms’ y ‘Waterfall’ se funden entre lava helada, con un perenne sonido trémulo que, mucho después de habernos rendido ante él, de haber flexionado las rodillas en pura derrota, pone punto final a este fantástico trabajo. Una de las mejores noticias de los últimos meses, ya bastantes, teniendo en cuenta que el disco vio la luz a comienzos de 2013.

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