Triángulo de Amor Bizarro viven un momento dulce después del recibimiento que ha tenido su último disco, Año Santo: no sólo ha sido mejor disco nacional de 2010 en Hipersónica, sino que ha estado siempre en los puestos altos de muchas de las listas que se hacen en España, tanto online como offline. Verlos ahora en vivo, por tanto, es casi una oportunidad irrepetible: por mucho que se confíe en el grupo, parece complicado que vaya a repetirse tanta unanimidad.

Ayer, en Logroño, pudimos ver si ese momento creativo que vive el grupo se trasladaba a las tablas. Y hay poco que objetar a la propuesta de Triángulo de Amor Bizarro: siguen optando, como en los conciertos en los que presentaban su debut, por un concierto tenso y abigarrado, donde los detalles se pierden ante la urgencia y la contundencia. Funciona como antes, aunque queda claro que TAB impactan mucho más en la primera vez que en las posteriores.

Sobre ellos, nos comentaban ayer varios asistentes, planea la duda de algunos espectadores de hasta qué punto puedes creértelos. Es más un problema de quien ve que de quien toca. Cierto que un directo de Triángulo de Amor Bizarro es una inmersión profunda en los primeros 90, por lo que quien viviera algunos de los directos de grupos indies de aquella época es complicado que sienta la misma conjunción con el grupo que quien ahora es joven, sabe poco o nada de aquello y sólo juzga por lo que ve: a un grupo demoledor, capaz de crear una bola de sonido y de lanzar eslóganes enterrados entre sus mil efectos de guitarra.

Pero TAB nunca enseñan fisura alguna, ni siquiera en sus conciertos más fríos, y eso que el de ayer en Logroño tuvo algo de eso: duró lo justo y el grupo se fue a la primera para no salir de nuevo. Faltó algo, pero, curiosamente, tampoco fue demasiado importante: se pudo disfrutar igual, aunque no fuera un concierto de los que recordar de por vida.

Quizás sea que, en su mayoría, suenan más vibrantes los temas del debut que de Año Santo. Quizás, pese a lo magnífico del sonido, TAB en vivo no sean una banda contagiosa, con la que saltar o corear, sino una a la que “hay que presenciar”: ver a un batería magnífico, contemplar el racaraca sin freno de Rodrigo, observarles a todos no parar quietos con los pedales. Y claro, tener a Isa saliendo del escenario y tocando entre el público, de rodillas, en un final estupendo.

La descarga sonora del grupo fue tremenda y, más allá de eso dos pequeños peros (el de los matices, que no va a cambiar por cómo es su propuesta, y el de que les hemos visto en conciertos que nos transmitieron más) uno sólo puede estar satisfecho de verles triunfar y de entrar en su turbina.

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