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Triángulo de Amor Bizarro — Salve discordia

Lo cierto es que se trataba de una imagen desagradable. Un amasijo de sustancia amorfa, desparramada, sin un color concreto, aunque predominase un tono rojizo, sanguinolento. Dibujaba una especie de círculo irregular, sobre una pared gris clara. Carecía de estabilidad, de consistencia, e iba descendiendo lentamente, como cuando en la luna de tu coche se ha formado una fina capa de escarcha y, al calentarse, de deshace y cae sobre el capó poco a poco. Era una estampa realmente obscena y, con todo, no podía dejar de mirarla. Con los ojos inmóviles, como si no fuese posible ver otra cosa hasta llegar a la conclusión cierta de que lo que estaba observando no era otra cosa que mi propio cerebro hecho añicos. Como una película en la que alguien ha utilizado un arma para volarse la tapa de los sesos, pero sin que hubiese ningún signo de muerte violenta en los alrederores. De hecho, ni siquiera estaba muerto, porque podía observar la escena sin dificultad. Mi sesera había explotado, pero yo seguía vivo. Quizás, más vivo que nunca, aunque extenuado. Tocaba intentar recordar qué había pasado.

Salve discordia: reconstruyendo tu cerebro tras la explosión

Y no era labor fácil. Parecía que el mundo previo había dejado de existir, pero tras los primeros minutos de aturdimiento, pude empezar a hacer memoria. Ir uniendo recuerdos aparentemente inconexos, contundentes o cariñosos, rotundos o sutiles. Establecer un hilo conductor pareció una Victoria mística, aunque sin duda aquello era mejor. Era como revivir un Año Santo al menos, pero posiblemente con más colorido y detalles, más plural y ecléctico. Desde luego, un sumatorio de sensaciones vividas en circunstancias casi extraordinarias. Muy poco habituales. De ahí que describirlas no resulte fácil. Es realmente arduo intentar hacer ver las ganas de vivir que te han quedado después de que toda tu materia gris se haya convertido en minúsculos pedacitos de víscera inerte. Pero encomendémonos a la mística, caminemos por Salve discordia (Mushroom Pillow, 2016), nuestro nuevo hogar.

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Antes de todo esto recuerdo que estaba sentado enfrente del ordenador. Intentando hacer repaso mental de mi jornada laboral, organizar ideas y dejarlas por escrito. Pero fui incapaz. No conseguí concentrarme lo suficiente. Por ahí andaba Rodrigo, incitándome a la violencia, invitándome a hacer añicos los brazos a los que querían aprovecharse de aquella niña, entre ritmos reggae y ruptura violenta de guitarras y percusiones en las que Rafa estaba más contundente que nunca. Fue todo un ‘Desmadre estigio’, que impidió volver a la senda de mi vida anterior. No había marcha atrás, todo lo posterior marcaba un mundo antes desconocido. Una realidad paralela en la que gobernaba un ‘Gallo negro se levanta’, lleno de poder y atractivo fascinante. De autoridad incontestable. Entre banderas manchadas de sangre que ya pronosticaban un futuro de devastación.

…vagabundeando hasta llegar a un nuevo habitáculo lleno de color, en el que ‘Baila sumeria’ llena de desinhibición. Con los pulmones llenos de vida y luz

Había sido una ruptura con la rutina de excesiva energía. Necesitaba un poco de calma, pero no acababa de llegar. Ni siquiera la figura de Isa la dibujó. Tan solo venía para invocar a los que nos habíamos congregado allí, cada vez un número de gente mayor, a arrojar objetos a hogueras en las que todo quería desaparecer. Mientras, extenuado, observaba una ‘Barca quemada’, y sentía que me follaban las fuerzas. No podía volver, aunque no sabía si podría encontrar lo que buscaba. Ni siquiera estaba seguro, ya entre el aturdimiento, de si estaba buscando algo, o si tan solo me dejaba llevar ya. Lo que sí sabía era que no estaba solo. Había varios ‘Seguidores’ desposeídos de voluntad propia, haciéndonos los muertos sobre un mar con una elevadísima concentración de sal, en la que la deriva pop acababa de convencernos de que nos queríamos quedar a vivir entre gallos negros, desmadres y convulsiones al ritmo de lo que sabíamos que era ‘Nuestro siglo Fnord’. Vagabundeando hasta llegar a un nuevo habitáculo lleno de color, en el que ‘Baila sumeria’ llena de desinhibición. Con los pulmones llenos de vida y luz, como si la inmortalidad y la invulnerabilidad acabasen de llegar a su vida.

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Convenía entregarse al hedonismo, por mucho que en los recreativos mis monedas fuesen rechazadas, y el desamor llenase mi vida desde hacía tiempo. A mí, que habría votado a la derecha por ti. Era el momento de dejarse llevar por la locura, Carlos Hernández Nombela me contó, entre los botones y cachibaches típicos de todo productor, ‘Cómo conoció a la diosa’, para romper el hielo, justo antes de continuar enunciando ‘Qué hizo por ella cuando la encontró’. Estaba claro que todas esas nuevas sensaciones y gente desconocida, incluida a la zorra de Europa, que llegaba montada en su ‘Euromaquia’, conformaban un lugar en el que tenía decidido que quería quedarme para siempre. No resulta fácil encontrar un lugar más atractivo y delirante que Salve discordia.

9.2/10

Pero entonces llegó la ‘Luz del alba’, y creció una extraña ansiedad dentro de mí. Parecía que podía arderme por momentos el cerebro. Pero estaba bien así, por una vez no importaba nada más. Quizás el nuevo mundo no fuese más que una ilusión, un sueño, y temí que desapareciese para siempre, por lo que decidí rezar ‘O Salve Eris’, entregándome a Rodrigo, a Isa, a Rafa, a Zippo y a lo que quisieran hacer conmigo, esclavo eterno. Pero ni siquiera mi entrega absoluta fue suficiente. Salve discordia desapareció, mientras despertaba sobresaltado y miraba mis sesos esparcidos por una pared antes impoluta. Unos sesos que se recomponían lentamente y volvían a formar un cerebro de tamaño y forma bien definidos, introduciéndose en mi cráneo a través de las cuencas de mis ojos, depositados momentáneamente en la mesa, para dejarles entrar. Me senté y me rehice un poco. Volver al mundo real era lo más sensato. Volver a darle al play y aceptar que era tarde, que estaba enganchado a vivir para siempre en el mundo paralelo de Salve discordia, era la única solución real. Por insensata que resultase.

Y solo habían pasado cuarenta minutos.

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