Más allá de la obviedad de las colaboraciones creativas, H.R. Giger y Tom G Warrior vienen a representar la misma cosa para cada una de sus disciplinas, quizás no los autores más innovadores de su momento a pesar de lo potente de su mensaje, pero sí unos genios que han sido capaces de rebasar múltiples barreras utilizando un lenguaje con vocación minoritaria y transgresora.

Más allá de incomprensiones contemporáneas o residualización por lo radical del contenido (entendido radical por un carácter que aleja en vez de aglutinar), Fisher y Giger han acabado siendo reconocidos por ostentar la paternidad, o tener mucho que ver con ella, de géneros que en cada una de sus disciplinas representan lo opuesto a lo que hasta ese momento era canónico, demostrando que el arte no solo puede y debe dar forma a conceptos de índole ‘positiva’, sino que puede, perfectamente, mostrar, ejemplificar o insinuar cuestiones como el sufrimiento, la maldad o la agonía en cada una de sus formas, y sin que ello signifique en ningún momento que tal demostración deba dejar de ser catalogada como arte.

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Evidentemente la obra de H.R. Giger ha acabado teniendo un mayor impacto en la cultura global que la de su amigo Tom Fisher, pero en cualquier caso, nadie debería poder cometer la temeridad de minusvalorar la obra del guitarrista en su época en Celtic Frost, rematando el trabajo de otros a la hora de dar forma al Metal Extremo o en la actual en Triptykon, demostrando que domina mejor que nadie un lenguaje que él mismo acabó de dar forma hace unos 30 años, por mucho que el paso del tiempo o algún traspiés haya podido generar inquietudes o disconformidades en más de uno.

La fidelidad a víscera, la visceralidad del sufrimiento

El caso es que finalmente ni tropezones como Cold Lake o largos periodos de silencio creativo han podido restar voz a la obra de Tom Gabriel Fisher, jugando un papel fundamental en esta labor el impresionante Monotheist y el debut de Triptykon, discos uno consecuencia del otro aunque apareciesen bajo firmas distintas y que marcan y definen la frontera de lo que es éste Melana Chasmata, una nueva representación de esto que decía al respecto de Fisher y Giger: el arte no debe ocuparse en exclusiva de representar la belleza, sino que debe contar con espacio para representar lo oscuro y lo abyecto, pues oscura y abyecta es a veces la propia naturaleza humana.

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Exactamente como sucedía en el caso del pintor, fotógrafo, diseñador o escultor H.R. Giger, la vida, la forma de metabolizar lo sucedido jugó y juega un papel fundamental en el proceso de creativo para Tom G Warrior, teniendo esto un último episodio en la composición y proceso de producción y distribución de Melana Chasmata, dándose retrasos, desencuentros con la compañía discográfica de turno y alguna que otra disputa, todo ello motivado por el inestable estado emocional que el guitarrista suizo ha venido arrastrando en la última década, una inestabilidad que ha estado cerca de dejarlo a los pies del suicidio.

Y el análisis a posteriori nos devuelve, precisamente, que el estado de ánimo de Fisher es lo que marca la mayor de las diferencias existentes entre Eparistera Daimones y Melana Chasmata, destacando el primer álbum por mostrar a un Tom Gabriel Fisher inconteniblemente fiero haciendo uso de una mala baba sin parangón, y el segundo por mostrar un corte un tanto más melancólico y existencialista, aunque sin dejar de lado la misantropía que siempre ha caracterizado a la obra del guitarrista ya desde tiempos de Celtic Frost, el cual tiene un importante impacto en lo que se dice, en cómo se dice y por qué elementos viene acompañado.

Así es como Melana Chasmata, aún sin salirse del Doom, Death o Thrash que definen al álbum anterior, se desarrolla de forma más contemplativa, más lenta aunque igual de contundente. La guitarra de Fisher sigue dando lecciones de cómo construir la banda sonora de la barbarie mientras que la base rítmica de la banda continúa atronando como lo hace una tormenta manizaleña, eso sí, el sentimiento general es que las revoluciones han bajado, el sabor agrio de la bilis se ha reducido y ha acabado sustituído por el amargor de la derrota o la mueca de la naúsea.

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Probablemente Melana Chasmata sea un disco de digestión más lenta que su predecesor a pesar de resultar en apariencia menos agresivo. Menos atractivo a simple vista, ‘Boleskine House’ me cortó el rollo en las primeras escuchas, el segundo álbum de Triptykon acaba dando la talla en la carrera de fondo, en el momento en el que aceptamos las diferencias y entramos en el juego que Tom G Warrior nos plantea.

8.4/10

Ahora mismo me resulta complicado colocar a este nuevo disco a la misma altura de Eparistera Daimones, pero viendo como mi relación con él ha venido mejorando conforme he ido aceptándolo, no es descabellado reconocer que esta rutina pueda acabar convirtiéndose en el evidente elogio merecido por uno de los mejores discos de Metal Extremo de este 2014. De hecho sé que va a ser así.

Triptykon en Hipersónica

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