Un día de furia a través de un puñado de canciones de odio y destrucción

Apenas son cinco minutos de paz: desde que abres los ojos hasta que tus dos pies se posan sobre el suelo de la habitación. Ahí debería haber alguna alfombra, pero por algún motivo en ese momento no está. Se ha esfumado. Es el principio del fin: los cinco minutos se transforman en una concatenación de horas enajenadas y diminutos, regulares y catastróficos desenlaces imprevistos. Acudes al espejo y, lejos de romperse, te devora la cruel realidad: estás ante un reflejo desdichado y eres consciente de que hoy es uno de esos días en los que nada va a salir bien. No hay escapatoria posible y sólo un decálogo de canciones para odiar y destruir se abre camino entre la oscuridad: la tabla de salvación tiene forma de furia reprimida y el único modo de canalizarla sin volverte loco son tus canciones. Tuyas y de nadie más. Si hoy tiene que ser uno de esos días, al menos que sea junto a Napalm Death y todas esas canciones que son suspiros de rabia.

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Y allá que vamos. La ruleta comienza a girar mientras el autobús se esfuma en la lejanía, desdibujado por la habitual bruma de contaminación que ya es consustancial a tu ciudad. Nadie se preocupa porque nadie puede hacer nada al respecto: el aire está tan viciado como los segundos iniciales de ‘Multinational Corporations’. Apenas un minuto y medio después llega un taxi y, como es natural, ‘Instinct Of Survival’ ha hecho de la mañana una bola gigantesca de los bajos más sucios que puedas imaginar y una violencia canalizada por la vía de la hipervelocidad Grindcore. Ah, los días de mierda. A veces la nostalgia por el caos podría apoderarse de todo. Parecían ocultos en un baúl lejano, piensas, pero nunca es mal día para recuperar el Vulgar Display of Player. ‘Fucking Hostile’. Es la definición perfecta, claro que sí, pise el acelerador caballero, llego tarde al trabajo. La casualidad, siempre tan oportuna, quiere que ‘Angel of Death’ comience a sonar cuando el taxi se para frente a una parroquia. “Corra, se lo ruego”.

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Odias el trabajo. Quién no. La máquina de sigue rota porque nadie ha tenido la deferencia de llamar al técnico. Lleva así desde el pasado viernes y las gotas de café prefabricado, asqueroso café industrial, caen de forma mecánica sobre el pequeño recipiente de plástico que alguien ha colocado para evitar que el suelo se encharque. Se trata de un golpeo incestante y oscuro, que no presagia nada positivo, tan perturbador como la necrosada guitarra de Burzum en ‘Dunkelheit’. La violencia desmedida y anfetamínica de primera hora de la mañana ha dejado paso a la depresión: una aburrida tabla de Excel repleta de números se pasa la mañana en la pantalla del ordenador mientras nadie puede extrar de tu cabeza la tranquila melodía del fin del mundo de ‘A Quick One Before the Eternal Worm Devours Connecticutt’. Que tengas una vida feliz, parece decirte Windows Vista. Se ha vuelto a colgar. Vas a por café pero, vaya, lo recuerdas y a mitad de camino decides desandar tus pasos.

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La jornada laboral conduce al abismo de la depresión oscura y, ocasionalmente, contemplativa. Quizá no haya peor remedio que las soluciones pretendidamente grises: ‘Stem/Long Stem’ es un paseo sobre diferentes emociones, todas ellas deplorables y en absoluto constructivas, que sirve de colofón a ‘Black Rose’ o cualquier otro corte aleatorio de With Love. Los tonos bajos que dominan el ambiente de cementerio (des)dibujado por Zomby invitan a la niebla, invitan a la lluvia: las gotas que antes eran de café, asqueroso café industrial, ahora son de agua y replican contra el cristal del autobús. El odio y la expresividad virulenta hacia el entorno que te rodea se ha transformado en autocomplacencia negra y destrucción interna. ‘Schizophrenia’ ayuda a olvidar pero es peor que la heroína: aferrarte a ella sólo te llevara a un pozo aún más profundo. No es tan profundo piensas, sólo es un mal día, insistes. Rebuscas en tu reproductor en busca de algo más productivo en lo que canalizar la rabia ahora ahogada en trazos de tristeza. Encuentras ‘The Accidents Of Gesture’ y, sobre todo, ‘Odessa’.

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El frigorífico está vacío y el supermercado cae demasiado lejos. Es tarde, el cansancio domina tu cuerpo y lo único que esperas es que todo pase lo suficientemente rápido como para olvidar que este día haya existido. El ordenador se sigue colgando y tu serie favorita es solo una ilusión: esta noche tampoco habrá capítulo. No habrá nada. Sólo tú y tus canciones. Llegados a este punto de la historia la resolución siempre depende de uno mismo y las opciones, generalmente y en función de la imaginación de cada uno, suelen ser dos: se puede entonar la plegaria nihilista de ‘I Just Can’t Be Happy Today’ o se puede acudir al himno espiritual ‘Lord Kill The Pain’. De Joy Division a Low. Hay quienes prefieren terminar la noche odiando hasta las últimas consecuencias gracias a ‘Then Comes Dudley’. En la música y en el relato de la vida de cada uno hay tantos desenlaces como pensamientos por minuto. Pero la furia no puede durar eternamente y al final la disyuntiva se resume a cuánto odio estás dispuesto a seguir emanando.

No sé qué significa, pero mi respuesta sería ‘Plainsong’. Al menos hoy.

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