Una batidora que suena fatal y al mismo tiempo genial: The Marlees

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Ayer, paseando por la web de Weird Canada, llegué a The Marlees. Su disco, el que escuché, es de finales del año pasado, de modo que las líneas aquí escritas no responden exactamente a la idea de actualidad. Da igual: Marlees World (2013, Rice Toys Records) es tan chulo, tiene canciones tan pequeñas, tan grabadas mal a propósito, tan melódicamente impecables, repletas de referencias que son oro, que todo lo demás está de más y no tiene importancia. The Marlees son de Montreal, de esa cantera inagotable de grupos estupendos, y en sus composiciones hay rastros de casi todo lo que nos gusta en Hipersónica: música de los sesenta, The Byrds, Nueva Zelanda, psicodelia en pequeñas píldoras.

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Marlees World son doce canciones completamente caseras. Ya sea por falta de medios o por un expreso deseo artístico, muchas de ellas están grabadas en condiciones deficientes y suenan mal. Por ejemplo, ‘Just Think About It’. ¿Qué hay de interesante debajo de todo ese ruido? Los coros, la melodía tan años cincuenta, el aire orgánico de la canción y el susurro de la vocalista. Muy parecidos atributos hacen de ‘Silly Mr Stevens’ la mejor pieza. Aquí, además, encontramos ese tono depresivo/noise básico para comprender el underground USA de los ochenta. En ‘Caroline’ se cuela el Folk de autor, o la Velvet Underground al completo. Y en ‘Well, boys’, la psicodelia garagera de verano.

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Son apenas cuatro canciones que se presentan de forma consecutiva y en las que se despliegan las mejores virtudes de un grupo que parece hacerlo todo sin querer, al que las joyas le salen como por arte de magia, salidas de un sótano que lleva cerrado muchos años. Polvo acumulado sobre retratos de nuestros grupos favoritos, eso son The Marlees. Sabemos poco de ellas porque no tienen siquiera página en Facebook. En Weird Canada hablan de Marc Bolan y K a la vez, con Stephen Pastel produciendo. Lo cierto es que Marlees World es una batidora: se pasa del Jangle Pop al Garage Rock atiborrado de teclados y psicodelia en un parpadeo, lo que dura ‘Nothing But Love 4 U’.

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¿Hay algo extraordinariamente especial en ellas? Lo cierto es que no. Como siempre, sus virtudes se basan en una ejecución de ideas pasadas más que emocionante. Y en la capacidad de reinventarse en cada canción. En hacer de un disco de doce canciones que suena rematadamente mal algo tan diverso y entretenido, pese a esas canciones que parecen estar hechas a mitad, abandonadas a su suerte, como para volver a él durante toda una tarde. Se pasa en un santiamén, por cierto, porque ninguna canción supera los tres minutos. Y es delicioso, sí. Cerrado con la maravillosa ‘Bad Man’, que es muy Ray Davies, y también muy lo que quizá debería haber hecho Mac DeMarco.

Y esa portada. Ah, esa portada.