Vampire Weekend — Modern Vampires of the City: cuando todo sale bien

“Vampire Weekend — Modern Vampires of the City” src=”http://img.hipersonica.com/2013/05/650_1000_Vampire-Weekend-Modern-Vampires-Of-The-City.jpg» class=”centro” />

Siempre me ha hecho gracia que uno de los recursos que con más frecuencia emplean los detractores de Vampire Weekend para desacreditarlos (y que, supongo, quizá volverá a aparecer ahora a propósito de este Modern Vampires of the City) sea tacharlos de “niños pijos”, como quien despacha con displicencia algún artefacto reciente de la Sofia Coppola más relamida. Me hace gracia porque a mí es precisamente lo que más me gusta de ellos, lo que creo que les da a su música exactamente el tono que necesita y que, de hecho, pide a gritos. Yo fui de los que los despreció en un principio (“ya verás cómo de éstos no se acuerda nadie en tres meses” y demás profecías de garrafón) ahuyentado por aquella batidora indigesta del afro-indie con la que tantos goles nos colaron y por determinados ramalazos (ver: ska) que no acababa de ver claros en ese contexto. Cuando llegó Contra sí sentí que habían afinado la puntería mucho más y ahora en este tercer trabajo los veo definitivamente cómodos, finalmente desacomplejados de sufrir con sus dilemas pequeñoburgueses: no sólo es que esto es lo que hay, sino que esto es lo que mejor le sienta a las canciones.

Vampire Weekend te llevan al huerto

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Porque la música de Vampire Weekend siempre ha tenido mucho de suspiro, de fragilidad, de estructuras delicadas que pueden quebrarse a la mínima. De castillo de naipes, vamos. ¿Y habéis intentado alguna vez levantar un castillo de naipes? Yo un par de veces, con resultados desastrosos obviamente. Porque hace falta técnica, sí, y talento (también), pero también echarle algo de morro. Saber lo que quieres hacer y simplemente hacerlo. Coged por ejemplo ‘Ya Hey’, décimo corte del disco y una de las pistas que nos han ido dejando estas últimas semanas a modo de sendero de migas de pan para llevarnos a su guarida. Pues es una balada con estribillo de voces pitufadas y ecos reggae donde Ezra le echa la bronca a Dios por sus errores y su arrogancia. Ojo al concepto, porque tiene narices la cosa. Pero joder, es que funciona, funciona hasta el punto de redondear una pieza de orfebrería pop sencillamente perfecta. Llévame por donde quieras, pero llévame. De eso se trata.

Por eso funciona tan bien este Modern Vampires of the City, por esa sensación de paso al frente, de seguridad absoluta en sí mismo que transmite un grupo que ha decidido sacrificar algunas cosas (levantar algo el pie del acelerador, por ejemplo) para ir, caiga quien caiga, a por lo que ellos quieren. Ahí está también el vídeo que han sacado para ‘Step’, el otro baladón del conjunto, que lleva el concepto del “lyric vídeo” al extremo: letras en primerísimo primer plano, para bien y para mal, y que nos acusen si quieren de autocomplacencia o de soltar una ensalada de referencias culturales en cuanto el oyente se descuida medio segundo. Eso, repetimos, es lo que hay: un peligroso juego en el filo de la navaja, siempre al borde del ridículo, pero que si te sale bien, te sale muy bien. Y Vampire Weekend arriesgan tanto que les acaba saliendo todo bien.

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Les encanta que los planes salgan bien

Les sale bien ese comienzo plácido de ‘Obvious Bicycle’, evocador pero algo pesimista. También el rollo naíf (“I know I love you / And you love the sea / Wonder if the water contains / a little drop little drop for me”) con final pseudoépico de ‘Unbelievers’, el juego de disfraces con Paul Simon de ‘Everlasting Arms’ o la pluscuamperfecta ‘Hannah Hunt’, que tiene ese comienzo casi susurrado con piano tranquilote que huele a canción de transición pero acaba estallando tímidamente en lo que iba a ser cabreo y se queda en pataleta de pura impotencia (“If I can’t trust you then damn it, Hannah, / There’s no future, there’s no answer”).

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Les sale bien incluso ‘Hudson’, el ejercicio más oscuro que se han autoimpuesto en sus tres trabajos y que sobrevive airoso a una propuesta fatalista en la que en cualquier momento crees que vas a ver a Helena Bonham-Carter en camisón y con una vela en la mano bajando a un sótano (de nuevo esa frontera de lo ridículo salvada con precisión). Y por supuesto, les sale extremadamente bien la locurita de ‘Diane Young’, esa voladura controlada de una estructura rockabilly que queda irreconocible a su paso desmadrándose lo justo y dejando con ganas de más. Y si hay que quemar coches, que sean Saabs: que se note que aquí hay nivel.

“8,50” src=”http://img.hipersonica.com/2013/05/8,50.jpg» class=”derecha” />Modern Vampires of the City es exactamente lo que deja intuir su portada: es blanco y negro y es Nueva York, por ese orden. Es un viaje tranquilo, con un melancólico punto de nostalgia que nunca acaba degenerando en melodrama, que te lleva desde la esquina de la 103 con Broadway hasta un paseo junto al río con un aire de tristeza no demasiado explicable. Desde una aparente (y muy estudiada) liviandad, deja escapar preocupaciones por la fe, por el paso del tiempo, por el futuro incierto y hasta por la muerte. Dramitas ridículos, claro, pero los suyos, y que nos cuentan como los perciben, con envoltorios juguetones e irresistibles, siguiendo una línea que quizá no sea necesariamente la más recta, pero siempre estará trazada con precisión. Un disco de ésos tan transparentemente buenos que casi te hacen desconfiar, hasta que te das cuenta de que simplemente no hay motivos para hacerlo.

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